2Re 25,1-12 / Sal 136,1-2.3.4-5.6 (R.: 6a) / Mt 8,1-14
PRIMERA LECTURA
Marchó Judá al destierro.
Lectura del segundo libro de los Reyes 25,1-12
El año noveno del reinado de Sedecías, el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén con todo su ejército, acampó frente a ella y construyó torres de asalto alrededor.
La ciudad quedó sitiada hasta el año once del reinado de Sedecías, el día noveno del mes cuarto.
El hambre apretó en la ciudad, y no había pan para la población.
Se abrió brecha en la ciudad, y los soldados huyeron de noche por la puerta entre las dos murallas, junto a los jardines reales, mientras los caldeos rodeaban la ciudad, y se marcharon por el camino de la estepa.
El ejército caldeo persiguió el rey; lo alcanzaron en la estepa de Jericó, mientras sus tropas se dispersaban abandonándolo.
Apresaron el rey y se lo llevaron al rey de Babilonia, que estaba en Ribla, y lo procesó.
A los hijos de Sedecías los hizo ajusticiar ante su visita; a Sedecías lo cegó, le echó cadenas de bronce y lo llevó a Babilonia.
El día primero del quinto mes, que corresponde al año diecinueve del reinado de Nabucodonosor en Babilonia, llegó a Jerusalén Nabusardán, jefe de la guardia, funcionario del rey de Babilonia.
Incendió el templo, el palacio real y las casas de Jerusalén, y puso fuego a todos los palacios.
El ejército caldeo, a las órdenes del jefe de la guardia, derribó las murallas que rodeaban a Jerusalén.
Nabusardán, jefe de la guardia, se llevó cautivos al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, a los que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la plebe.
De la clase baja dejó algunos como viñadores y hortelanos.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 136,1-2.3.4-5.6 (R.: 6a)
R/. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.
Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. R/.
Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión». R/.
¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R/.
Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. R/.
EVANGELIO
Si quieres, puedes limpiarme.
+Lectura del santo evangelio según san Mateo 8,1-4
En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo:
—«Señor, si quieres, puedes limpiarme.»
Extendió la mano y lo tocó, diciendo:
—«Quiero, queda limpio.»
Y en seguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo:
—«No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.»
Palabra del Señor.
«Señor, si quieres, puedes purificarme»
+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Oración inicial
Gracias, Señor, por darme la oportunidad de tener este momento de oración. Te pido que me ayudes a ser reverente ante tu Palabra, y a que escuchándola con atención, la haga vida en mí.
Acto penitencial
Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día.
Te pido perdón, Señor, porque sé que Tú me has amado hasta el extremo, pero aún así muchas veces desconfío de Ti. Descubro que mi fe es débil y por eso me desvío del camino. Pero tengo la certeza de que siempre me perdonas, porque tu misericordia es infinita. Ayúdame a ponerme de pie cada vez que tropiece.
Lectura Bíblica: Lc 5,12-16
Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante él y le rogó: «Señor, si quieres, puedes purificarme». Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». Y al instante la lepra desapareció. El le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio». Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades. Pero él se retiraba a lugares desiertos para orar.
Lectura espiritual breve
El P. Alberto Hadad nos comparte la siguiente reflexión:
El Evangelio de hoy nos presenta dos modelos de oración que nos pueden servir mucho para nuestra propia vida: uno es el leproso que se acerca para ser curado y el otro es Jesús mismo.
El leproso se acerca a Jesús con una necesidad muy grande: seguramente lleva un tiempo considerable apartado de la sociedad dada su condición física. Y a pesar de esa condición que podría generar mucha amargura y la idea de tener derecho a ser curado se presenta ante Jesús y se echa rostro en tierra. Su actitud es de total confianza en la misericordia de Dios. Él no exige ser curado sino que con mucha humildad le suplica al Maestro: “si quieres puedes curarme”. Al ver esta actitud del hombre enfermo puedo preguntarme en este momento: ¿Soy de los que le exige al Señor por medio de la oración lo que considero que debo recibir? ¿O tengo una actitud similar a la del leproso?
El segundo modelo de oración es el Señor Jesús. Llama profundamente la atención el cuidado con el que Evangelista Lucas describe la actitud constante de Jesús quien se retiraba a lugares solitarios donde oraba. Esta afirmación lleva a pensar que la oración era una constante en la vida de Jesús. Su relación con el Padre se daba en el silencio que se esforzaba por encontrar en medio de la acción cotidiana. Viendo este segundo modelo de oración me puedo preguntar: ¿Soy como Jesús? ¿encuentro espacios de silencio para comunicarme con Dios en medio de mi jornada cotidiana?
Breve meditación personal
Haz silencio en tu interior y pregúntate:
1.- ¿Soy humilde en mi forma de orar? ¿Le exijo a Dios o me acerco con la actitud del leproso?
2.- ¿Soy constante en mi oración?
3.- ¿Qué puedo hacer para ser más constante en mi oración personal?
Acción de gracias y peticiones personales
Gracias Jesús por hacerte hombre para traerme la salvación. Gracias Señor por cada una de las cosas que haces por mí. Te pido que me ayudes, colaborando con tu gracia, a responder a tu infinito amor redentor.
Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones.
Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…
Consagración a María
Encomendémonos a nuestra Madre rezando:
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén
+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.