Jon 4,1-11 / Sal 85,3-4.5-6.9-10 (R.: 15b) / Lc 11,1-4
PRIMERA LECTURA
Tú te lamentas por el ricino, y yo, ¿no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad?
Lectura de la profecía de Jonás 4,1-11
Jonás sintió un disgusto enorme y estaba irritado. Oró al Señor en estos términos: «Señor, ¿no es esto lo que me temía yo en mi tierra? Por eso me adelanté a huir a Tarsis, porque sé que eres compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, que te arrepientes de las amenazas. Ahora, Señor, quítame la vida; más vale morir que vivir.»
Respondióle el Señor: «¿Y tienes tú derecho a irritarte?»
Jonás había salido de la ciudad, y estaba sentado al oriente. Allí se había hecho una choza y se sentaba a la sombra, esperando el destino de la ciudad. Entonces hizo crecer el Señor un ricino, alzándose por encima de Jonás para darle sombra y resguardarle del ardor del sol. Jonás se alegró mucho de aquel ricino. Pero el Señor envió un gusano, cuando el sol salía al día siguiente, el cual dañó al ricino, que se secó. Y, cuando el sol apretaba, envió el Señor un viento solano bochornoso; el sol hería la cabeza de Jonás, haciéndole desfallecer.
Deseó Jonás morir, y dijo: «Más me vale morir que vivir.»
Respondió el Señor a Jonás: «¿Crees que tienes derecho a irritarte por el ricino?»
Contestó él: «Con razón siento un disgusto mortal.»
Respondióle el Señor: «Tú te lamentas por el ricino, que no cultivaste con tu trabajo, y que brota una noche y perece la otra. Y yo, ¿no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, que habitan más de ciento veinte mil hombres, que no distinguen la derecha de la izquierda, y gran cantidad de ganado?»
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 85,3-4.5-6.9-10 (R.: 15b)
R/. Tú, Señor, eres lento a la cólera, rico en piedad.
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti. R/.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R/.
Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios.» R/.
EVANGELIO
Señor, enséñanos a orar.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 11,1-4
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»
Él les dijo: «Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación."»
Palabra del Señor.
+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Oración inicial
Señor Jesús, al iniciar esta oración quiero decirte que creo en Ti, pues sé que eres un Dios lleno de amor y que, así como a los apóstoles, también me has llamado a anunciarte a todas las personas. Te pido que esta oración me ayude a nutrirme de Ti, para que pueda compartir con los demás el gozo y la alegría de ser tu amigo.
Acto penitencial
Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día.
Sin embargo Buen Jesús, reconozco también que muchas veces me alejo de Ti, no es fácil seguir tus pasos y con frecuencia veo que me desvío. Sin embargo Tú sabes que deseo con todo mi ser estar a tu lado. Estoy arrepentido de mis pecados, ayúdame a que a pesar de mis caídas, tenga la fuerza y la gracia para ponerme de pie y seguir caminando.
Lectura Bíblica según el Evangelio del día
“Señor, enséñanos a orar” Lc 11,1-4
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”. El les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”.
Lectura espiritual breve
Te compartimos esta breve reflexión del Padre Juan José Paniagua:
¡Cuántas veces nos ocurre que nos cuesta rezar! La oración no es fácil. Pero esta no es una experiencia nueva, ya desde los tiempos de Jesús sus mismos discípulos la experimentaban. Hoy se topan con Jesús rezando y cuánto los debe haber impresionado que le piden: Señor enséñanos a rezar. Nunca debemos dejar de pedírselo, porque nuestra relación con Dios debe crecer cada día, ser más profunda, de mayor amistad, de mayor confianza.
Y Jesús al enseñarnos nos dice que recemos diciendo “Padre nuestro”. Y es un atrevimiento. Cada vez que celebramos la Misa lo reconocemos: fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir. Es una osadía. En el Antiguo Testamento no se podía pronunciar el nombre de Dios. Pero ahora Jesús nos invita a rezar de una nueva manera, como hijos, con valentía. Con esa cercanía que nos lleva a confiar en Dios siempre, porque aunque nosotros no nos hayamos comportarnos como hijos, Él siempre va a ser nuestro Padre. Aunque vengamos como el hijo pródigo y le pidamos que nos trate como a uno de sus siervos, Él será siempre fiel a su identidad, y será Padre con nosotros.
Valoremos la grandeza de esta oración. Que no se convierta en rutina rezarla. Estamos rezando con las mismas palabras de Dios, porque es una oración que brota del Corazón de Jesús, de su diálogo íntimo con el Padre.
Breve meditación personal
Haz silencio en tu interior y pregúntate:
1.- ¿Rezas a Dios con confianza de hijo, le pides con insistencia? ¿O no te sientes con esa cercanía?
2.- ¿Qué puedes hacer para que la oración ocupe un lugar cada vez más importante en tu vida?
Acción de gracias y peticiones personales
Gracias Señor por este momento de oración que me has permitido tener. Gracias por enseñarme a rezar al Padre como un hijo de verdad. Ayúdame también a responder como hijo siguiendo siempre su Plan de amor para mí. Amén.
Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones.
Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…
Consagración a María
Termina esta oración rezándole a María:
Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las oraciones
que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien
líbranos de todo peligro,
¡oh Virgen gloriosa y bendita!
Amén.
+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.