Hch 11,1-18 / Sal 41,2-3; 42,3.4 (R.: cf. 41,3a) / Jn 10,1-10
PRIMERA LECTURA
También a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida.
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 11,1-18
En aquellos días, los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de reproche:
«Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos».
Pedro entonces comenzó a exponerles los hechos por su orden, diciendo:
«Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo que era descolgado del cielo sostenido por los cuatro extremos, hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y pájaros del cielo. Luego oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. Yo respondí:
«De ningún modo, Señor, pues nunca entró en mi boca cosa profana o impura”. Pero la voz del cielo habló de nuevo: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano”. Esto sucedió hasta tres veces, y de un tirón lo subieron todo de nuevo al cielo.
En aquel preciso momento llegaron a la casa donde estábamos tres hombres enviados desde Cesarea en busca mía. Entonces el Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin dudar. Me acompañaron estos seis hermanos, y entramos en casa de aquel hombre. Él nos contó que había visto en su casa al ángel que, en pie, le decía: “Manda recado a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro; él te dirá palabras que traerán la salvación a ti y a tu casa”.
En cuanto empecé a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo, igual que había bajado sobre nosotros al principio; entonces me acordé de lo que el Señor había dicho: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”. Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?».
Oyendo esto, se calmaron y alabaron a Dios diciendo:
«Así pues, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida».
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 41,2-3; 42,3.4 (R.: cf. 41,3a)
R/. Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo.
Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío;
mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.
Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. R/.
Me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría,
y te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R/.
Aleluya Jn 10, 14
Yo soy el buen Pastor - dice el Señor -, conozco a mis ovejas, y las mías me conocen.
EVANGELIO
Yo soy la puerta de las ovejas.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 10,1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas caminan delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Palabra del Señor.
“Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas”
+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Oración inicial
Señor bueno, Tú me invitas continuamente a ser tu amigo. Te pido que me acompañes en este momento de oración y que me concedas el don de la fe para creer en Ti y poder así realizar tu Plan en mi vida.
Acto penitencial
Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día.
Señor, reconozco mi falta de fe. Reconozco que a pesar de mi sincero deseo de seguirte, muchas veces me cuesta creer en Ti y en tus Promesas. Sana mi corazón herido y aliéntame con tu gracia.
Lectura Bíblica según el Evangelio del día
“Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas” Jn 10, 11-18
En aquel tiempo, dijo: «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este rebaño, también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre»
Lectura espiritual breve
Meditemos estas palabras:
Con esta figura el Señor Jesús nos revela algo muy profundo de sí mismo. Él es nuestro Pastor y da su vida por nosotros. Es tal el amor que nos tiene, que se sacrifica a sí mismo para que nosotros tengamos la vida verdadera, y esa vida en abundancia (ver Jn 10,10). A diferencia del que cuida ovejas por dinero (el asalariado), el pastor bueno no huye cuando viene el lobo. A diferencia del asalariado, el pastor verdadero conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él. Al asalariado, en cambio, no le interesan las ovejas.
¡Qué gran lección del Señor! Y nos pone una comparación que debe hacernos pensar mucho: “como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre, así conozco Yo a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí” (ver Jn 10,14-15). Palabras muy profundas que llevan a preguntarnos sobre nuestra relación personal con Jesús. Él nos conoce a profundidad. Y nosotros, ¿qué tanto le conocemos? En este sentido, San Juan Pablo II les decía en una ocasión a los jóvenes: «¡Aprended a conocer a Cristo y dejaos conocer por Él! (…) Estad seguros de que Él conoce a cada uno de vosotros más que cuanto cada uno de vosotros se conoce a sí mismo. Conoce, porque ha dado su vida (ver Jn 15, 13). Permitidle que os encuentre. A veces el hombre, el joven, se descarría en sí mismo, en el mundo que lo circunda, entre toda la maraña de las cosas humanas que lo envuelven. Permitid a Cristo que os encuentre. Que conozca todo de vosotros. ¡Que os guíe! Es verdad que para seguir a uno, hay al mismo tiempo que exigirse a sí mismo; tal es la ley de la amistad. Si queremos andar juntos tenemos que estar atentos al camino que hemos de recorrer. Si nos movemos sobre la montaña, conviene seguir las señales. Si escalamos una montaña, no podemos dejar la cuerda. Hay ante todo que conservar la unión con el Amigo divino que tiene por nombre Jesucristo. Hay que colaborar con Él»
Breve meditación personal
Haz silencio en tu interior y pregúntate:
1. ¿Qué busco cuando me acerco al Señor?
2. ¿Tengo mi mirada puesta en esa vida eterna que el Señor me ha prometido?
3. ¿Qué significa que mis actos tengan peso de eternidad?
Acción de gracias y peticiones personales
Gracias Jesús pues me invitas a creer en Ti y me prometes que así se realizará en mí la obra del Padre. Te pido que me fortalezcas con tu Espíritu para caminar siempre por tus senderos. Amén
Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones.
Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…
Consagración a María
Pidámosle a María que nos acompañe siempre:
Reina del Cielo, alégrate, aleluya,
porque el Señor, a quien llevaste en tu seno, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
ruega al Señor por nosotros, aleluya.
+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.