
Siempre que emprendemos una empresa, trivial o importante, esperamos obtener resultados favorables, independientemente de las razones objetivas que puedan apoyar su éxito. Y es que el corazón humano está sellado por la esperanza como actitud fundamental ante la existencia. Toda persona espera en alguien o en algo. Sin esa esperanza, la vida sería prácticamente insoportable.
Sin embargo, no resulta extraño constatar cómo tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo parecen ir perdiendo todo sentido de esperanza. A pesar de las “seguridades” que brinda el progreso material que vive la humanidad, el hombre actual se siente inseguro e indefenso frente a su futuro y su destino. La esperanza aparece como una tenue y pálida luz que se va extinguiendo poco a poco, sofocada por las falsas ilusiones que la cultura de muerte ofrece de manera tan atractiva y seductora, pero que son incapaces por sí mismas de acallar las necesidades más profundas del ser humano.
Frente al panorama tantas veces desolador que nos envuelve, se presenta para el creyente el camino de la esperanza. La esperanza cristiana no es un optimismo fácil e ingenuo. La esperanza del cristiano está fundada en el Señor Jesús. Las promesas divinas hechas al antiguo pueblo de Israel a lo largo de su historia alcanzan su plenitud y cumplimiento en el misterio reconciliador del Señor Jesús: «También nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros los hijos, al resucitar a Jesús»[1]. El Hijo de Santa María inaugura un camino de plenitud y realización personal que comienza aquí y ahora, pero que no se agota en este mundo, sino que se proyecta hacia la vida eterna, en el encuentro definitivo con Dios-Amor.
Esperanza encarnatoria
La esperanza no es una actitud escapista o alienante, desencarnada o desinvolucrada. Todo lo contrario. El tener los ojos puestos en el maravilloso destino al que estamos invitados, la comunión y participación con Dios-Amor, no nos mueve a desarraigarnos del mundo presente ni de las realidades temporales, sino a comprometernos con mayor profundidad en la transformación de todo aquello que se encuentra en contraste con el divino Plan.
Nuestra esperanza es pues encarnatoria, porque nace y se alimenta en el Señor Jesús, y se prolonga a través del dinamismo del misterio de su Encarnación. Buscamos adherirnos al Señor Jesús, configurarnos con Él bajo la acción de la gracia y la guía segura y maternal de Santa María. Desde ese compromiso profundo con Cristo, en quien descubrimos la grandeza de nuestro destino, el creyente busca reedificar el mundo desde sus cimientos, según el Plan de Dios. Más bien, cuando «faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas —es lo que hoy con frecuencia sucede—, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación»[2].
Esperanza en la prueba
La vida cristiana no está exenta de pruebas y dificultades. Eso lo sabemos bien. No pocas veces puede ocurrir que la tentación del desaliento, del abandono y del cansancio se alce contra nosotros. Lo que ayer nos entusiasmaba con ardor indescriptible, hoy puede no ser más que rutina. Es en esos momentos de oscuridad en que no vemos muy claro el horizonte, en que la luz del sol aparece opacada por las nubes de la duda y la incertidumbre, cuando más debemos aferrarnos a la esperanza. La esperanza es una actitud viril ante la prueba, nos hace capaces de resistir y sobrellevar los obstáculos en nuestro peregrinar. Así nos lo recuerda San Pablo: «Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros»[3].
A pesar de nuestras debilidades e inconsistencias, sabemos que «la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»[4]. La esperanza es un don de Dios, y como todo don divino requiere de nuestra acogida, de nuestro esfuerzo activo y consciente, desde nuestra libertad. Bien decía Thomas Merton: «¿De qué me sirve esperar en la gracia, si no me atrevo a hacer el acto de la voluntad que corresponda a la gracia? ¿De qué me aprovecha abandonarme pasivamente a Su voluntad, si me falta la fuerza de voluntad para obedecer sus mandamientos? Por lo tanto, si confío en la gracia de Dios, también debo mostrar confianza en las fuerzas naturales que Él me ha dado, no porque son fuerzas mías, sino porque son un don de Él».
Madre de la esperanza
María es para el creyente Madre de la esperanza. Madre de la espera gozosa, de la expectación en el momento de la Anunciación-Encarnación del Verbo, pero también de la espera confiada y silenciosa en el dolor de la Cruz, cuando todos han abandonado al Hijo. El creyente descubre en la Madre una guía segura, un aliento permanente para el peregrinar. Por eso el pueblo fiel hace tanto tiempo la invoca repitiendo: «vida, dulzura y esperanza nuestra».
Para meditar
- La esperanza se funda en el Señor Jesús: 1Cor 15,19-21; 2Tes 2,16; 1Pe 3,15.
- La esperanza está garantizada por la fe y por el conocimiento de Dios: Sal 40(39),2; Rom 15,13; Ef 1,17-18; Col 1,23; Heb 11,1-2; 1Pe 1,13.
- Esperanza cierta en medio de la prueba: 2Mac 7,20; Rom 4,18-21; Rom 5,5; 1Tes 4,13-14.
- La esperanza es un don divino que requiere de nuestra colaboración: Sal 27(26),14; Rom 5,4; Rom 8,24-25; 1Cor 9,10.
[1] Hch 13,32-33.
[2] Gaudium et spes, 21.
[3] Rom 8,18.
[4] Rom 5,5.