Hch 6,1-7 / Sal 32,1-2.4-5.18-19 (R.: 22) / 1Pe 2,4-9 / Jn 14,1-12
PRIMERA LECTURA
Eligieron a siete hombres llenos de espíritu.
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 1-7
En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:
-«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocupar
nos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.»
La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.
La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el y número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 (R.: 22)
R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en Tu honor el arpa de diez cuerdas. R.
Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R.
SEGUNDA LECTURA
Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 4-9
Queridos hermanos:
Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.
Dice la Escritura:
«Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.»
Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino.
Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.
Palabra de Dios.
Aleluya Jn 14, 6
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida -dice el Señor-; nadie va al Padre, sino por mí.
EVANGELIO
Yo soy el camino, y la verdad, y, la vida.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14,1-12
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice:
-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde:
-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice:
-«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Jesús le replica:
-«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»
Palabra de Dios.
APUNTES
El Evangelio comienza con unas palabras de profundo aliento que Señor dirige a sus consternados apóstoles y discípulos la noche de la última Cena: «No se angustien; crean en Dios y crean también en mí». El Señor sabe del estado de turbación en el que se encuentran sus discípulos, y por ello sus palabras buscan tranquilizar y fortalecer a quienes se ven afectados por la angustia o turbación interior.
¿Cuál es la razón de esta angustia que experimentan? ¿La produce acaso el hecho de la tensión que vivían debido a que las autoridades judías andaban buscando al Señor para matarlo? Los discípulos habían advertido el peligro que corría el Señor al decidir volver a Jerusalén a pesar de la fuerte hostilidad experimentada hacía poco en la ciudad santa: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?» (Jn 11,8). Temían no sólo por la vida del Señor, sino también por sus propias vidas: «Vayamos también nosotros a morir con Él» (Jn 11,16).
Otro motivo de turbación profunda podría ser el anuncio que durante la Cena había hecho el Señor: «En verdad, en verdad les digo que uno de ustedes me entregará» (Jn 13,21). La consternación ante tal anuncio había sido general. ¿Quién sería capaz de algo semejante? ¿«Seré yo acaso»?, le preguntaban uno tras otro los confundidos discípulos. Otros, consternados por el anuncio, querían saber de quién se trataba. Se lo preguntaron. La respuesta y el gesto no fueron lo suficientemente evidentes para dejar en claro de quién se trataba. El Señor, si bien develó la próxima traición, no quiso develar abiertamente al traidor.
Una vez que Judas salió del Cenáculo, otro anuncio debió perturbarlos más aún: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con ustedes. Ustedes me buscarán, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, ustedes no podrán venir, les digo también ahora a ustedes» (Jn 13,33). El Señor se refiere a su Pascua, a su partida de este mundo, a su muerte en Cruz.
En ese contexto, también a Pedro el Señor le anuncia que lo negará, no una sino tres veces.
Por todo ello podemos pensar que los discípulos se encontraban en una situación de consternación, de profunda turbación o agitación del corazón.
Para afrontar este estado de ansiedad el Señor los alienta a creer y confiar no sólo en Dios, su Padre, sino también en Él: «crean en Dios y crean también en mí». Aunque de momento no comprendan nada de lo que está sucediendo, aunque no entiendan tampoco el alcance y profundidad de lo que Él les dice, aunque se avecinen momentos turbulentos y Él sea arrebatado de su lado, deben tener puesta su confianza en Dios y también en Él. Deben confiar que si Él “los deja” para ir a un lugar al que de momento no pueden acceder, es para prepararles un lugar en la casa del Padre. Es decir, por medio de su Pascua el Señor reconciliará al hombre con Dios de modo que pueda entrar nuevamente al “lugar” de la presencia y profunda comunión de vida con Dios. Hecho esto, dice el Señor, volverá por ellos para cumplir su promesa: «los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes». En esta promesa se sustenta la esperanza de todo creyente que peregrina en esta tierra.
Luego afirma el Señor: «adonde yo voy, ya saben el camino» (Jn 14,4). Es lógica la respuesta de Tomás: si «no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). ¿Cuál es la ruta que lleva a ese lugar misterioso del que habla el Señor? El Señor Jesús responde con una declaración tremenda: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). ¿Cómo puede alguien afirmar que para llegar a Dios no hay más camino que Él mismo? Los signos y milagros que ha realizado el Señor, y sobre todo el hecho de su propia resurrección, confirman que no se trata de un embustero o un desquiciado, sino que se trata de quien verdaderamente es quien dice ser: el Hijo de Dios hecho hombre, uno con Dios-Padre, Señor de la Vida. Por tanto, Él verdaderamente es capaz de dar lo que promete: quien crea en Él, tiene la vida eterna (ver Jn 3,16; 20,30-31).
¿Qué significa que Él sea “el Camino”? Por camino los judíos entendían la norma de conducta codificada en la Ley. Hasta entonces el camino para alcanzar la vida era la Ley dada por Dios a su pueblo por medio de Moisés. Alcanzaba la salvación quien fielmente guardaba los preceptos divinos (ver Sal 119,25-33; Is 30,21). El Señor Jesús no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a plenitud (ver Mt 5,17). Al decir Yo soy el Camino afirma que guardando sus mandamientos el creyente alcanza la salvación, pues por Él entra en una profunda comunión de amor con Él y con el Padre: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama… Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,21.23). De aquí se desprende que cuando Cristo dice Yo soy el Camino no se refiere sólo a sus mandamientos, sino también a su propia Persona. En este sentido es fundamental comprender la identidad del Señor Jesús: Jesucristo no es un profeta más, un maestro superior a todos los anteriores, es mucho más que eso. Si Jesucristo puede decir con verdad que Él es el Camino, es porque Él es Dios mismo que se ha hecho hombre para que todo ser humano, entrando y permaneciendo en comunión con Él, pueda llegar a participar plenamente de la naturaleza divina (ver 2Pe 1,4).
De allí que diga también de sí mismo: Yo soy la Verdad, es decir, Él es el único capaz de hablar verazmente de Dios porque «a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn1,18). Él es el único que viniendo de Dios conoce a Dios y puede dar testimonio de Él. En cuanto que es el único que posee la verdad sobre Dios es también el único que posee la verdad completa sobre el ser humano: su origen, su identidad, el sentido de su existencia, su destino último. Él, que es la Verdad y ha venido a dar testimonio de la verdad (ver Jn 18,37), revela al hombre el propio hombre y le muestra la sublimidad de su altísima vocación.
Finalmente, el Señor afirma: “Yo soy la Vida”, es decir, en cuanto Señor de la Vida Él es para el ser humano la fuente de su propia existencia y el fundamento de una vida que luego de la muerte y resurrección se prolongará por toda la eternidad en la comunión con Dios.
LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA
El Evangelio comienza con unas palabras de profundo aliento que Señor dirige a sus consternados apóstoles y discípulos la noche de la última Cena: «No se angustien; crean en Dios y crean también en mí». El Señor sabe del estado de turbación en el que se encuentran sus discípulos, y por ello sus palabras buscan tranquilizar y fortalecer a quienes se ven afectados por la angustia o turbación interior.
¿Cuál es la razón de esta angustia que experimentan? ¿La produce acaso el hecho de la tensión que vivían debido a que las autoridades judías andaban buscando al Señor para matarlo? Los discípulos habían advertido el peligro que corría el Señor al decidir volver a Jerusalén a pesar de la fuerte hostilidad experimentada hacía poco en la ciudad santa: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?» (Jn 11,8). Temían no sólo por la vida del Señor, sino también por sus propias vidas: «Vayamos también nosotros a morir con Él» (Jn 11,16).
Otro motivo de turbación profunda podría ser el anuncio que durante la Cena había hecho el Señor: «En verdad, en verdad les digo que uno de ustedes me entregará» (Jn 13,21). La consternación ante tal anuncio había sido general. ¿Quién sería capaz de algo semejante? ¿«Seré yo acaso»?, le preguntaban uno tras otro los confundidos discípulos. Otros, consternados por el anuncio, querían saber de quién se trataba. Se lo preguntaron. La respuesta y el gesto no fueron lo suficientemente evidentes para dejar en claro de quién se trataba. El Señor, si bien develó la próxima traición, no quiso develar abiertamente al traidor.
Una vez que Judas salió del Cenáculo, otro anuncio debió perturbarlos más aún: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con ustedes. Ustedes me buscarán, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, ustedes no podrán venir, les digo también ahora a ustedes» (Jn 13,33). El Señor se refiere a su Pascua, a su partida de este mundo, a su muerte en Cruz.
En ese contexto, también a Pedro el Señor le anuncia que lo negará, no una sino tres veces.
Por todo ello podemos pensar que los discípulos se encontraban en una situación de consternación, de profunda turbación o agitación del corazón.
Para afrontar este estado de ansiedad el Señor los alienta a creer y confiar no sólo en Dios, su Padre, sino también en Él: «crean en Dios y crean también en mí». Aunque de momento no comprendan nada de lo que está sucediendo, aunque no entiendan tampoco el alcance y profundidad de lo que Él les dice, aunque se avecinen momentos turbulentos y Él sea arrebatado de su lado, deben tener puesta su confianza en Dios y también en Él. Deben confiar que si Él “los deja” para ir a un lugar al que de momento no pueden acceder, es para prepararles un lugar en la casa del Padre. Es decir, por medio de su Pascua el Señor reconciliará al hombre con Dios de modo que pueda entrar nuevamente al “lugar” de la presencia y profunda comunión de vida con Dios. Hecho esto, dice el Señor, volverá por ellos para cumplir su promesa: «los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes». En esta promesa se sustenta la esperanza de todo creyente que peregrina en esta tierra.
Luego afirma el Señor: «adonde yo voy, ya saben el camino» (Jn 14,4). Es lógica la respuesta de Tomás: si «no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). ¿Cuál es la ruta que lleva a ese lugar misterioso del que habla el Señor? El Señor Jesús responde con una declaración tremenda: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). ¿Cómo puede alguien afirmar que para llegar a Dios no hay más camino que Él mismo? Los signos y milagros que ha realizado el Señor, y sobre todo el hecho de su propia resurrección, confirman que no se trata de un embustero o un desquiciado, sino que se trata de quien verdaderamente es quien dice ser: el Hijo de Dios hecho hombre, uno con Dios-Padre, Señor de la Vida. Por tanto, Él verdaderamente es capaz de dar lo que promete: quien crea en Él, tiene la vida eterna (ver Jn 3,16; 20,30-31).
¿Qué significa que Él sea “el Camino”? Por camino los judíos entendían la norma de conducta codificada en la Ley. Hasta entonces el camino para alcanzar la vida era la Ley dada por Dios a su pueblo por medio de Moisés. Alcanzaba la salvación quien fielmente guardaba los preceptos divinos (ver Sal 119,25-33; Is 30,21). El Señor Jesús no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a plenitud (ver Mt 5,17). Al decir Yo soy el Camino afirma que guardando sus mandamientos el creyente alcanza la salvación, pues por Él entra en una profunda comunión de amor con Él y con el Padre: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama… Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,21.23). De aquí se desprende que cuando Cristo dice Yo soy el Camino no se refiere sólo a sus mandamientos, sino también a su propia Persona. En este sentido es fundamental comprender la identidad del Señor Jesús: Jesucristo no es un profeta más, un maestro superior a todos los anteriores, es mucho más que eso. Si Jesucristo puede decir con verdad que Él es el Camino, es porque Él es Dios mismo que se ha hecho hombre para que todo ser humano, entrando y permaneciendo en comunión con Él, pueda llegar a participar plenamente de la naturaleza divina (ver 2Pe 1,4).
De allí que diga también de sí mismo: Yo soy la Verdad, es decir, Él es el único capaz de hablar verazmente de Dios porque «a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn1,18). Él es el único que viniendo de Dios conoce a Dios y puede dar testimonio de Él. En cuanto que es el único que posee la verdad sobre Dios es también el único que posee la verdad completa sobre el ser humano: su origen, su identidad, el sentido de su existencia, su destino último. Él, que es la Verdad y ha venido a dar testimonio de la verdad (ver Jn 18,37), revela al hombre el propio hombre y le muestra la sublimidad de su altísima vocación.
Finalmente, el Señor afirma: “Yo soy la Vida”, es decir, en cuanto Señor de la Vida Él es para el ser humano la fuente de su propia existencia y el fundamento de una vida que luego de la muerte y resurrección se prolongará por toda la eternidad en la comunión con Dios.
PADRES DE LA IGLESIA
«“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Con estas palabras Cristo parece decirnos: “¿Por dónde quieres tú pasar? Yo soy el Camino. ¿Dónde quieres llegar? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres residir? Yo soy la Vida.” Caminemos, pues, con toda seguridad sobre el Camino; fuera del Camino, temamos las trampas, porque en el Camino el enemigo no se atreve atacar el Camino, es Cristo pero fuera del Camino levanta sus trampas». San Agustín
«Muchos son los caminos del Señor, aunque Él en persona es el Camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de Camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí. Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos ca¬minos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único Camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos». San Hilario
CATECISMO
La vida del hombre: conocer y amar a Dios
«PADRE, ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17, 3). «Dios, nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 3-4). «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4, 12), sino el nombre de JESUS.
Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En El y por El, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.
Se hizo hombre… para hacerse Camino que conduce al Padre
457: El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).» El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo» (1 Jn 4, 14). «El se manifestó para quitar los pecados» (1 Jn 3, 5).
458: El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).
459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn14, 6).
460: El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4): «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo). «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacemos Dios» (S. Atanasio).
679: Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. «Adquirió» este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado «todo juicio al Hijo» (Jn5, 22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (ver Jn3, 17) y para dar la vida que hay en él (ver Jn5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (ver Jn3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (ver 1 Cor 3, 12-15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (ver Mt12, 32; Heb6, 4-6; 10, 26-31).