Hch 10,34a.37-43 / Sal 117,1-2.16ab-17.22-23 (R.: 24) / Col 3,1-4 / Jn 20,1-9
PRIMERA LECTURA
Hemos comido y bebido con él después de su resurrección.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.»
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 117,1-2.16ab-17.22-23 (R.: 24)
R/. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R/.
La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R/.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R/.
SEGUNDA LECTURA
Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,1-4
Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.
Palabra de Dios.
Secuencia
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.
Versículo antes del evangelio Aleluya 1 Co 5, 7b - 8a
Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua en el Señor.
EVANGELIO
Él había de resucitar de entre los muertos.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20,1-9
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.
APUNTES
El Evangelio de este Domingo habla de dos apariciones del Señor Resucitado, en ambos casos, estando sus discípulos reunidos en un cuarto a puertas cerradas. La primera es al atardecer de «aquel día», es decir, el mismo día en que el Señor había resucitado.
Según la tradición judía el shabbat es el séptimo y último día de la semana, en el que el pueblo recordaba el día en que Dios había descansado luego de su obra creadora, el día que por mandato divino debía ser santificado por el pueblo de Israel mediante un descanso absoluto (ver Éx 20,9-11). El día que seguía al sábado iniciaba una nueva semana y era considerado por tanto “el primer día de la semana”. Ése fue el día en que Cristo resucitó, el día que por tanto remite al día en que Dios iniciaba la obra de la creación (ver Gén 1,1-5), el día en que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas. El simbolismo y paralelismo permite comprender que en «aquel día», el día primero de la semana, Dios iniciaba una nueva creación en Cristo, por su resurrección. Cristo resucitado, vencedor de la muerte, es la luz del mundo, el Sol de Justicia que disipa las tinieblas que el pecado del hombre había cernido sobre el mundo entero. Éste es el día en que Dios todo lo hace nuevo (ver Is 43,19s).
La siguiente aparición del Señor resucitado a sus discípulos, relatada por el evangelista San Juan, se producía «ocho días después» (Jn 20,26) en aquel mismo lugar en el que se encontraban reunidos (ver Jn 20,19.26). «Ocho días después» quiere decir, según la costumbre judía de incluir el día presente al hacer el conteo de los días, una semana después. Por tanto, aquel “octavo día” coincide nuevamente con “el primer día de la semana”.
Estas apariciones del Señor en medio de la “ekklesia” o “asamblea” de discípulos (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 751) se constituyeron en el origen de la tradición de reunirse los cristianos “el primer día de la semana” para celebrar la Cena del Señor, la Eucaristía, en la que el Señor, muerto y resucitado, luego de la consagración del pan y del vino, se hace realmente presente (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1374-77). Por todo esto muy pronto a este día se le denominó Día del Señor, en latín “Dies Domini” o “Dominica dies”, de donde proviene nuestra palabra “Domingo”.
«El Domingo es el día de la fe por excelencia, día en que los creyentes, contemplando el rostro del Resucitado, están llamados a repetirle como Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28), y a revivir en la Eucaristía la experiencia de los Apóstoles, cuando el Señor se presentó en el cenáculo y les comunicó su Espíritu» (S. S. Juan Pablo II).
En cuanto a la primera aparición recuerda San Juan que «estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a ustedes”» (Jn 20,19). La paz es un don divino para el ser humano que brota de la obra reconciliadora realizada por el Señor Jesús en el Altar de la Cruz (ver 2Cor 5,19) Por su Pasión, Muerte y Resurrección, Cristo ha reconciliado al ser humano con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación entera. Esta reconciliación pasa por el perdón de los pecados, causa justamente de la cuádruple ruptura que Cristo ha venido a reconciliar.
Mediante su sacrificio reconciliador el Señor Jesús ha obtenido para el ser humano el perdón de los pecados, y soplando sobre sus Apóstoles el Espíritu les transmitió el poder de perdonar los pecados en su nombre haciéndolos ministros del don de la reconciliación: «A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos» (Jn 20,23). Es así como «en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1441; ver también n. 1442). Aquí encontramos el fundamento del Sacramento de la Reconciliación, el perdón de los pecados que el penitente obtiene mediante la confesión de los pecados hecha ante un sacerdote, ministro del Señor. Ningún católico, salvo que quiera ir en contra de la voluntad de Cristo mismo, puede rechazar este sacramento argumentando que “yo me confieso directamente con Dios”.
LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA
¿Cuántos se ven afligidos día a día por experiencias de vacío, de soledad, de tristeza e infelicidad, de dolor y sufrimiento ya sea físico, psicológico o espiritual, de amarguras y resentimientos, de impaciencias, de incomprensiones y pleitos? ¿Cuántos experimentan conflictos interiores que devienen en tantas ansiedades, miedos y temores? ¿Cuántos al experimentar la falta de armonía interior anhelan intensamente la paz?
Muchos, al no saber dónde encontrar esa paz del corazón que consigo trae la alegría y el gozo profundo, no hacen sino recorrer desquiciadamente los caminos de la evasión. La diversión superficial, la alegría efímera, las borracheras, el gozo o el placer de momento, parecen hacer olvidar la a veces insoportable carga de angustia y dolor que oprime el corazón. Tales “soluciones” o salidas fáciles no traen sino una falsa paz, una efímera euforia. ¿Cuántos lloran en secreto, mientras externamente fuerzan la sonrisa y la alegría, queriendo olvidar y esconder su propia carga de sufrimiento y angustia porque no saben qué hacer con ella? El remedio que ofrece la cultura de muerte termina siendo peor que la enfermedad, y aquello que parece llenar un vacío y traer el consuelo a un corazón roto y dividido interiormente, al pasar el efecto paliativo no trae sino una mayor carga de frustración, de angustia, una mayor sensación de vacío, de soledad y sinsentido en la vida. Atrapados en esa espiral desgastante, sin saber dónde o sin querer buscar la fuente de la verdadera paz, no hacen sino consumir “dosis” cada vez más elevadas de la misma “droga”.
Otros tantos se lanzan a la búsqueda de la paz y armonía interior siguiendo llamativas y “novedosas” doctrinas, terapias, filosofías, prácticas, religiones orientales o pseudo-religiones. Cada uno es libre de tomar el camino que quiera, pero lo triste y paradójico es que muchos católicos, al escuchar a los maestros y gurús de moda, explícita o implícitamente han dejado de escuchar a Cristo —fuente última de la paz verdadera— y las enseñanzas que Él confió a Su Iglesia. ¡Qué actuales son estas palabras, dirigidas por Dios a su pueblo por medio del profeta: «Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jer 2,13)!
Para encontrar el remedio adecuado es necesario un buen diagnóstico. ¿De dónde viene la falta de armonía y paz interior que experimenta el ser humano? ¿Por qué yo mismo me experimento tantas veces roto y dividido interiormente? La revelación sale a nuestro encuentro: la falta de armonía y paz interior tiene su origen en el pecado, en la rebeldía del hombre frente a Dios y sus amorosos designios. Al romper con Dios el ser humano se quiebra interiormente y cae en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompe la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. El pecado, lejos de llevar al ser humano a su plenitud y a la gloria divina —como sinuosamente había sugerido la antigua serpiente (ver Gén 3,5)— se volvió contra él mismo, hundiéndolo en el abismo de la muerte. En efecto, al romper con la Fuente de su misma vida y amor la criatura humana se quebró interiormente ella misma, ingresando de este modo en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompiendo asimismo la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. Frutos amargos de esta cuádruple ruptura son la pérdida de la paz y armonía interior, que se expresan en la experiencia de vacío, soledad, tristeza, infelicidad, amargura, ansiedades, etc. De esa falta de paz y armonía en el corazón humano surgen todas las contiendas, rencillas, divisiones e incluso guerras entre los pueblos.
¿Cuál es el remedio? ¿Dónde encontramos la verdadera y profunda paz que anhelan nuestros inquietos corazones? En Cristo, recuerda San Pablo, «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2Cor 5,19). Porque Dios nos ama, nos ha enviado a su propio Hijo para que en Él encontremos la paz que tanto necesitamos: «¡Él es nuestra paz!» (Ef 2,14). Él, cargando sobre sí nuestros pecados, reconciliándonos con el Padre en la Cruz, nos abre el camino a una profunda reconciliación y armonía con nosotros mismos, con todos los hermanos humanos y con toda la creación.
«¡La paz contigo!», nos dice el Señor también a nosotros, invitándonos a acoger el don de la paz y reconciliación que Él nos ha obtenido por su Pasión, Muerte y Resurrección, invitándonos a acogerlo a Él mismo en nuestras vidas y convertirnos también nosotros en agentes de reconciliación en nuestra familia, en nuestros círculos de amigos y ambientes en los que trabajamos o estudiamos.
PADRES DE LA IGLESIA
«Aquí vemos dos cosas: por una parte las obras divinas y por otra, un hombre. Si las obras divinas no pueden ser realizadas sino por Dios, ¡presta atención y mira si acaso Dios se esconde en este hombre! Sí, ¡estate atento a lo que ves y cree lo que no ves! Aquel que te ha llamado a creer no te ha abandonado a tu suerte; incluso si te pide creer lo que no ves, no te ha dejado sin ver algo que te ayuda a creer lo que no ves. La misma creación ¿no es un signo débil, una manifestación débil de creador? Además, aquí lo tienes haciendo milagros. No podías ver a Dios, pero podías ver al hombre, pues Dios se hizo hombre para que sea una sola cosa aquello que tú ves y que tú crees». San Agustín
«Y [el Señor] apareció vestido de blanco, porque anunció los gozos de nuestra festividad. La blancura del vestido significa el esplendor de nuestra solemnidad. ¿De la nuestra o de la suya? Hablando con verdad, podemos decir de la suya y de la nuestra. La resurrección de nuestro Redentor fue y es nuestra fiesta, porque nos concedió la gracia de volver a la inmortalidad». San Gregorio Magno
CATECISMO
Las apariciones del Resucitado
641: María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce. Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34).
642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» (ver Hech 1,22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles (ver 1 Cor 15,4-8).
643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24,11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16,14).
644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24,41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28,17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació bajo la acción de la gracia divina de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.
El estado de la humanidad resucitada de Cristo
645: Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (ver Lc 24,39; Jn 20,27) y el compartir la comida (ver Lc 24,30.41-43; Jn 21,9.13-15). Les invita así a reconocer que Él no es un espíritu (ver Lc 24,39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (ver Lc 24,40; Jn 20,20.27). Este cuerpo auténtico y real posee, sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (ver Mt 28,9.16-17; Lc 24,15.36; Jn 20,14.19.26; 21,4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (ver Jn 20,17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (ver Jn 20,14-15) o «bajo otra figura» (Mc 16,12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (ver Jn 20,14.16; 21,4.7).