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30 AÑOS DEL INICIO DE UN PEREGRINAR
 

Hemos iniciado un tiempo especial en la Familia Sodálite: celebramos los 30 años del inicio del peregrinar del Sodalitium Christianae Vitae, Sodalicio de Vida Cristiana, experiencia eclesial que ha sido como la semilla de ese árbol frondoso que es nuestra familia espiritual, la Familia Sodálite. El Movimiento de Vida Cristiana, como porción especialmente importante y muy numerosa de la Familia Sodálite, encuentra en este aniversario una ocasión de enorme alegría.

Es para nosotros un aliento en el caminar haber visto todos estos años el testimonio de respuesta al Plan de Dios del Fundador -acompañado del grupo fundacional del Sodalitium-, y de modo muy especial por nuestro querido y recordado hermano Germán Doig, quien fuera Coordinador General del Movimiento.

La espiritualidad sodálite nacida por inspiración del Espíritu Santo, según lo ha reconocido la Iglesia, se ha ido plasmando de diversas maneras en aproximaciones, acentos espirituales y prácticas concretas. Es una senda de seguimiento del Señor. Es un camino a la santidad para los miembros del Sodalitium y también para decenas de miles de personas que hoy forman parte del Movimiento. Y es vivido aún por más personas: las que participan en general de la Familia Sodálite, así como los amigos que nos acompañan en este peregrinar espiritual de alguna u otra manera.

En las circunstancias vividas al iniciar un nuevo milenio, la espiritualidad sodálite es una senda que puede ser seguida en medio de las situaciones cotidianas que experimentamos. Esta ruta presenta una pedagogía adecuada a la peculiar sensibilidad y circunstancias de los hombres y mujeres de este tiempo, buscando responder al hambre de Dios que anida en el corazón de cada persona humana. Se proyecta en la conformación de pequeñas comunidades de vida cristiana y se traduce en un compromiso apostólico intenso.

Al formar parte de la espiritualidad de la Iglesia, sólo nos entenderemos adecuadamente dentro de ella. Al mismo tiempo, nuestra espiritualidad se ofrece como don para todo aquel que en este tiempo quiera avanzar en el proceso de configuración con el Señor Jesús y crecer así en la vivencia de la caridad que conlleva la santidad cristiana.

Un vistazo a los años transcurridos de caminar sodálite; una mirada a la madurez de las personas, las obras apostólicas y su espiritualidad; al reconocimiento pontificio del Sodalitium en 1997, nos lleva a tomar conciencia de que a través del tiempo todos hemos sido bendecidos de diferentes formas, que «el Señor ha sido grande con nosotros y estamos alegres»[1]. Una mirada así nos ayuda a reconocer que ha sido Dios quien, en definitiva, ha venido suscitando los frutos y ha completado de manera maravillosa y magnánima los esfuerzos humanos que son limitados, frágiles e insuficientes[2]. Así, contentos por las obras emprendidas y realizadas, con el corazón alegre a la vez que humilde, sabemos que somos servidores, llamados a una familia espiritual y a una misión por la misericordia divina[3].

Así pues, los dones inmerecidos de Dios en la vida del Sodalitium se han proyectado también en la vida de toda la familia espiritual, y como tales suscitan en nuestros corazones un profundo agradecimiento. Y junto con esta gratitud habrá que añadir que conllevan la responsabilidad de colaborar fielmente con tales dones, de responder en la dirección a la que esas bendiciones apuntan, para que en todo se cumpla el Plan de Dios, firmes en Él, quien jamás defraudará nuestra esperanza[4].

Cabe, pues, preguntarnos en este tiempo: ¿Soy consciente de todas estas bendiciones, y de que ellas me comprometen? ¿Cómo estoy viviendo el don de la espiritualidad sodálite, que es el camino por el que Dios me llama a la santidad y el apostolado? ¿Me doy cuenta de que los frutos se dan, contando con nuestro esfuerzo, mucho más por la acción de Dios que los suscita generosamente? ¿Soy agradecido por las muchas gracias que Dios nos viene haciendo? Hagamos que nuestra gratitud se traduzca en un esfuerzo de cooperación con la gracia por ser fieles a nuestra misión. Tomemos el ejemplo de Santa María, quien ante la magnitud de la bendición del Altísimo, canta en el Magníficat: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su sierva»[5]. Y une a este reconocimiento gozoso y humilde su respuesta activa aunque discreta, como se muy claro en el pasaje de la Visitación[6] y al pie de la Cruz[7].

AHONDANDO EN EL SIGNIFICADO DE ESTE ANIVERSARIO

Estos 30 años de inicio de la presencia de la Familia Sodálite y de su particular camino espiritual significan en la Iglesia el crecimiento en hondura y en extensión de un espacio en el que se procura plasmar las orientaciones y el impulso de la renovación de la vida eclesial que el Espíritu Santo alentara en el Concilio Vaticano II, el mismo que es «brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»[8].

Tal renovación se ha venido perfilando con mayor claridad gracias al Magisterio de los últimos Romanos Pontífices, y se ha venido reflexionando e interiorizando en los Sínodos de Obispos y en otras reuniones episcopales, como aquellas de los obispos de América Latina en Medellín, Puebla y Santo Domingo. Como Movimiento nos descubrimos llamados a seguir aportando en esa línea.

De otra parte este aniversario significa un renovar un compromiso de trabajar incansables en el mundo -en el que la cultura predominante se presenta cada vez como un ambiente menos humano, más antihumano- colaborando con la tarea evangelizadora de la Iglesia, llamando a todas las personas humanas a la luz y la vida auténtica en el Señor Jesús Reconciliador. De esta manera nuestra presencia habrá de dar lugar a espacios de vida reconciliada en un mundo necesitado de verdad y vida, a una cultura crecientemente reconciliada. «En un mundo sumergido en el agnosticismo funcional, gravado por una acedia galopante, donde el relativismo y el subjetivismo parecen invadirlo todo, el don de la fe y la respuesta que ante él brota de los corazones es como una ardiente antorcha que se alimenta de la amorosa gracia que el Espíritu derrama»[9], nos ha dicho nuestro Fundador. Se renueva así nuestro sentido de urgencia por llevar a cabo la misión apostólica.

SEGUIMIENTO DEL PLAN DE DIOS

Con el Fundador podemos decir también que «han pasado treinta años en el seguimiento del Señor, en el amor a la Iglesia, en colaborar con sus Pastores, en escuchar, difundir y cumplir las orientaciones del ministerio petrino de aquellos que en esos años han sido Vicarios de Cristo en la tierra. Es toda una historia que se ha ido recorriendo, buscando en todo cumplir el Plan de Dios, viviendo la pedagogía de la alegría-dolor que ha ido forjándonos en el seguimiento del Señor»[10].

En el marco de esa pedagogía de la alegría-dolor ha ido avanzado el Sodalitium, y con él ha aprendido la familia espiritual, por el camino del Plan de Dios. Acogiendo las bendiciones con gozo, gratitud y sentido de responsabilidad; y asumiendo las dificultades con paciencia y fortaleza, unidos al Señor Jesús en la cruz. De ese modo nos venimos esforzando por vivir intensamente la existencia humana buscando contribuir desde nuestras humildes vidas a la realización de la ansiada Civilización del Amor.

El camino recorrido es también un llamado a perseverar en nuestra respuesta personal y comunitaria. Hemos querido que ésta sea un renovado compromiso por la Nueva Evangelización, que se exprese en un intenso esfuerzo por la santidad, por vivir cada vez más intensamente la caridad en la donación servicial de nosotros mismos. Que se manifieste en el cultivo de nuestra vida interior y la formación en la fe integral. Que se traduzca en una evangelización creativa, dinámica y valiente, como la de los apóstoles[11].

Sostengamos este esfuerzo con la visión al futuro, reconociendo que aunque la misión apostólica supere nuestras fuerzas humanas, es un don de Dios y una bendición para nuestras vidas, causa de gozo. Reconozcamos por eso que, en definitiva, es del Señor de quien vienen las fuerzas para que fructifiquen nuestros esfuerzos. Y que es en Él en quien hemos puesto nuestra esperanza[12]. Al respecto nos ha dicho nuestro Fundador: «Ante los obstáculos que se puedan presentar hay que recordar bien las palabras del Apóstol Pablo: Todo lo puedo en Aquel que me conforta[13]. Alguno puede olvidar esta visión que alimenta el ardor y dejarse atenazar por el miedo, quizá disfrazado de molicie. Pero, precisamente el Santo Padre viene recordando con insistencia que hay que escuchar a Dios que nos invita a no tener miedo, a no acobardarse. Por el contrario, hay que acoger el soplo del Espíritu que impulsa a elevar muy en alto la enseña de la esperanza y confiar siempre en las promesas del Señor»[14].

Llegados a este punto podríamos detenernos a preguntarnos por nuestra vivencia de los puntos que se han destacado con negritas en el texto, más arriba. ¿En qué he avanzado? ¿Qué me falta todavía? ¿Qué talentos y cualidades personales tengo en los que me puedo apoyar para seguir adelante?

Celebremos, pues, con genuina y legítima alegría este 30o. aniversario del caminar del Sodalitium y 16o. del Movimiento. Celebremos también con nuestras propias vidas, desplegándonos como personas humanas y cristianos, dando con ello gloria a Dios. Celebremos viviendo en fidelidad al don recibido en nuestra espiritualidad y familia espiritual, que es la senda por la que Dios quiere que demos fruto en la Iglesia y en el mundo.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Acción de gracias por las bendiciones recibidas: Lc 1,46-47; 2Cor 2,14; 1Tes 5,18; 2Tes 1,3; Fil 4.
  • Esfuerzo de fidelidad: Jos 24,14; Rom 15,4; Heb 10,23; Tit 2,10.
  • Llevamos este tesoro en vasijas de barro: humildad 1Cor 1,27; 2Cor 4,7.
  • Y compromiso más intenso con el Señor: Lc 1,38; 2Tim 4,2.
  • Dando gloria a Dios: Jn 15,8; Jn 17,4.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. «El Señor ha sido grande con nosotros y estamos alegres». Esta alegría nace de sabernos bendecidos por el llamado concreto de alcanzar la santidad viviendo una espiritualidad concreta. ¿Cómo vives nuestra espiritualidad en tu vida cotidiana?
  2. Dios nos ha bendecido abundantemente, nosotros por nuestra parte debemos responder a la altura de tales bendiciones. ¿Cómo respondes a estas bendiciones? ¿Qué podrías hacer para que tu respuesta sea cada vez más digna de los dones recibidos?
  3. Vivir nuestra espiritualidad implica asumir el compromiso de cooperar con la misión de llevar a todos los hombres y mujeres a Dios. ¿Cómo haces tuya la misión apostólica? ¿Cuánto te entregas al apostolado? ¿Cuánto ardes por la misión?
  4. Un acento de nuestra espiritualidad es la vivencia comunitaria de la fe. «Ayudarnos entre nosotros para ayudar a los demás», éste fue uno de los lemas que nos animó desde el inicio. ¿Cómo vives la comunión y fraternidad en tu grupo? ¿Eres consciente que eres corresponsable de la santidad de tus hermanos (as)?
  5. Haz el firme propósito de vivir fielmente nuestra espiritualidad para así dar gloria a Dios con tu vida.

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[1] Ver Sal 126 [125], 3.

[2] Ver 2Cor 4,7

[3] Ver Lc 17,10.

[4] Ver 2Tim 1,12.

[5] Lc 1, 46s.

[6] Ver Lc 1, 39-45.

[7] Ver Jn 19, 25ss.

[8] S.S. Juan Pablo II, carta apostólica Novo millennio ineunte, 57.

[9] Luis Fernando Figari, Mensaje del Fundador al Movimiento de Vida Cristiana, 9/12/2001, 4.

[10] Allí mismo, 3.

[11] Ver por ejemplo Hech 2,14-41; 4, 1-22; 2Cor 11, 16-31.

[12] Jer 17,7.

[13] Flp 4,13.

[14] Luis Fernando Figari, ob. cit., 5.