Anterior

Siguiente

LA COMUNIDAD APOSTÓLICA
 

VIVIR LA FE EN COMUNIDAD

Al acercarnos con reverencia, abiertos los ojos del corazón, al testimonio de la vida, palabras y obras del Señor Jesús en los Evangelios, descubrimos cuánto valoraba la vida en comunidad. Sus seguidores, y entre ellos sus más cercanos colaboradores, los Apóstoles, no eran educados cada uno por su lado, no se iniciaban en la fe de modo aislado. La enseñanza de Jesús no se realizaba por medio de diálogos ocultos o secretos, de un modo individual y quizá hablando de manera complicada. Más bien la prédica del Señor era dirigida a todos, en el Templo de Jerusalén, en calles y plazas, de modo abierto a todos, en un lenguaje sencillo que tomaba sus ejemplos de las cosas simples de la vida cotidiana. Su misma vida es muestra de una existencia vivida en el compartir, el salir al encuentro, creando un clima de familia.

El estilo del Señor siempre se orientó a formar una comunidad, una reunión de todos aquellos que creían en Él y querían seguir sus pasos y vivir el apostolado, unida por estrechos lazos. Y así lo entendió la Iglesia desde los primeros siglos. Es así que la predicación de los inicios de la vida eclesial se fue traduciendo en la fundación de cada vez más numerosas comunidades cristianas: luego de la de Jerusalén, Damasco, Antioquía de Siria, Galicia, Tesalónica, Corinto, entre otras muchas... Y desde entonces hasta nuestro tiempo tal conciencia y tarea ha sido una convicción fundamental del Pueblo de Dios que ha venido peregrinando a través de los siglos, certeza que ha orientado su presencia y acción.

Hoy en día los signos de los tiempos no dejan de ser elocuentes y reclaman la vivencia profunda e intensa de la fe en su dimensión comunitaria. Se resalta con mayor claridad la dimensión comunitaria de la fe. Es en esa experiencia del amor fraterno, de amistad en el Hijo de María, que a partir de diversas expresiones de comunión nos educamos en el misterio del Amor.

LA COMUNIDAD CRISTIANA

Pero, ¿por qué es tan importante este vivir en comunidad? Parte de la respuesta está ya dicha, y el Concilio Vaticano II lo ha expresado de manera muy bella: "Ha querido Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y sin ninguna relación entre ellos, sino construyendo con ellos un pueblo que lo reconociese en la verdad y lo sirva santamente" (Lumen gentium, 9).

Y es que la dimensión comunitaria de la vida de la fe claramente presente en el Plan de Dios hunde sus raíces en la misma realidad humana. El ser humano ha sido creado por Dios, por sobreabundancia de Amor, para la comunión. El se experimenta abierto, orientado más allá de sí mismo, hacia el encuentro. Se trata de un hambre de comunión muy hondo, que radica en lo más profundo de sí, y que lo abre a la relación con Dios, en primer lugar, y con los hermanos humanos.

Pero... ¿qué se quiere decir con comunión? Se trata de una noción muy rica. Quiere expresar una relación interpersonal que se fundamenta en un compartir lo profundo de nuestro ser, lo esencial, lo que de verdad importa. Se trata de una comunicación honda. No es otra cosa que una puesta en común, una entrega y una acogida del propio ser, de los propios bienes, que sólo puede ser llevada a cabo en el amor. Todo ello realizado en el ámbito del encuentro. Y es el encuentro con Dios Amor la cita fundamental, encuentro en el que hallo el sentido de mi vida y misión. Y es ese encuentro con Dios Amor que me remite hacia el hermano, mi prójimo, hacia todos los seres humanos.

Es así que se entiende mejor por qué se dice que la persona humana es un ser social por naturaleza. Y la vida de la fe mostrando cómo alienta siempre a la persona hacia un camino de realización asume ese dinamismo humano y lo abre a una dimensión superior: a la comunión con los hermanos vivida como expresión de la comunión con Dios, que la nutre y vivifica.

De esta manera descubrimos cómo la experiencia recibida en el seno de una comunidad eclesial nos conduce por la senda clara y rica del amor, amor que nos desborda y nos lleva a compartirlo con otras personas. Y es que el amor es realmente difusivo y transformador, es una fuerza más poderosa que el pecado y la muerte, que impulsa intensamente al apostolado, al anuncio y al servicio de la Buena Nueva.

LA COMUNIDAD DE FE Y EL APOSTOLADO

La vivencia del amor fraterno, como experiencia de una comunidad de la fe, signa nuestra acción apostólica. La comunidad centrada en el Señor Jesús fundamenta el apostolado y en él se expresa. La vivencia de una comunidad de fe ya se un grupo, una asociación o una familia debe constituirse una verdadera escuela de amor en la que se aprende a vivir para el anuncio y testimonio de Aquel que es el amor mismo.

Vale la pena señalar algunos rasgos o elementos que pueden ayudarnos a comprender el valor de la fraternidad de amor en vistas a la misión apostólica.

Lo primero que habría que señalar es que la vivencia en comunidad es una verdadera escuela de amor en la que nos preparamos para perdonar, comprender, comunicar, aceptar, consolar y entregar. Todo esto como camino que nos dispone para el amor en el apostolado, pues no olvidemos que la acción evangelizadora es ante todo un acto de amor generoso. En este proceso de conformación con el Señor Jesús o amorización el aprendizaje y ejercicio de la libertad es un presupuesto irrenunciable.

La comunidad de fe, en sus múltiples manifestaciones, celebra la fe y la testimonia de diversas maneras. Ya sea en la oración en común, en la liturgia o los sacramentos, testimonia un ofrecimiento permanente de todo cuanto se hace en favor de la misión apostólica, a ejemplo del Señor Jesús.

Nadie da lo que no tiene. Este lema se hace patente en el apostolado, por ello la comunidad de fe es un espacio privilegiado para una formación permanente, para aprender y asimilar los valores y criterios evangélicos, adherirnos a ellos y actuar en coherencia con ellos mismos.

La comunión de la fe permite, además, un mutuo enriquecimiento en la diversidad de dones con que el Señor bendice a cada persona. Y es que la heterogeneidad de rasgos y cualidades, cuando se comparten al calor de la fe, lejos de ser un obstáculo se convierte en tesoro inapreciable y en fuente de fecundidad evangelizadora. Esto se hace especialmente valioso por la naturaleza de nuestra misión, ya que nada de lo humano nos es ajeno y el espectro de nuestra acción evangelizadora no conoce fronteras.

Así como en Pentecostés, la comunidad de apóstoles se reúne en torno a Santa María para experimentar la vitalidad de su presencia orante, la calidez de la familia que genera en torno a Ella, el fuego del Espíritu que desciende sobre nuestras cabezas, iluminando las mentes y encendiendo los corazones.

Hoy en día, en un mundo signado por una crisis de amor, por el individualismo y el egocentrismo, la vivencia del amor fraterno es un verdadero signo de contradicción y anuncio de la presencia viva y eficaz del Señor Jesús en medio de los hombres. Al igual que los primeros apóstoles, estamos llamados a cumplir con una misión desbordante, pero que encuentra un medio valiosísimo en la comunión fraterna, ámbito privilegiado para vivir el amor y aprender a compartirlo. Y no olvidemos que es el mismo Señor Jesús quien nos dice que "en esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos por los otros" (Jn 13,55).

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El Amor es el signo de nuestro llamado: Jn 13,34ss.
  • La Comunidad es escuela de caridad: Col 3,12-15.
  • La riqueza en la diversidad: 1Cor 12,4-11.
  • María acompaña siempre la Comunidad: Hch 1,12-14.

Descargar Trabajo de Interiorización
 

Versión para imprimir
 

Anterior

Siguiente