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La ruptura que signa a la persona humana en sus relaciones fundamentales lleva,
en no pocas ocasiones, a la desconfianza y al temor. Así, ella asume, de manera
no siempre consiente, una actitud de recelo y lejanía de las demás personas e
incluso de Dios. Esta desconfianza se manifiesta en el temor, la mezquindad, la
mentira, el individualismo. No faltan los que ponen su confianza en falsos
fundamentos, en espejismos inconsistentes que sólo acarrean decepciones y una
creciente frustración.
En los orígenes de nuestra historia podemos ver algo
de esa realidad de desconfianza que surge como consecuencia de la ruptura con
Dios. Después de cometer el pecado original, Dios llama a Adán y "Éste
contestó: Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso
me escondí" (Gén 3, 10). Parece ser que la desconfianza en Dios se relaciona
íntimamente con la ruptura persona y el no aceptar la propia fragilidad.
EL ENCUENTRO CON UNO MISMO
Al encontrarnos con nosotros mismos descubrimos una
doble realidad aparentemente contradictoria. Por un lado constatamos nuestra
naturaleza es frágil y limitada, que somos contingentes y débiles, que las
contradicciones signan nuestro caminar. Esto ya nos abre a la necesidad humana
de confiar y de no limitar nuestras expectativas a las propias capacidades.
Pero eso no es todo, pues además, experimentamos un anhelo profundo de plenitud
y realización. Se trata del hambre de Dios que habita en nuestros corazones y
que nos abre a la entrega confiada en Aquel que nos ha creado para la plenitud
del encuentro. De esta manera descubrimos que nuestra naturaleza más profunda
responde a este dinamismo de entrega confiada en las manos del Señor.
LA CONFIANZA EN DIOS
Se trata de una opción vital y consciente por
ponernos en las manos del Señor. Como tal es un medio indispensable en nuestro
esfuerzo por alcanzar la santidad. Esta confianza no es una mera actitud de
abandono o inactividad, sino que exige una respuesta dinámica y positiva. No se
debe confundir la confianza en Dios con un pasivismo ingenuo, como si el Plan
de Dios no exigiese la cooperación humana. Mirar a la Madre nos ilumina en ese
sentido pues desde la Anunciación-Encarnación (Lc 1, 26ss) y durante toda su
vida supo vivir esta virtud de manera ejemplar. Ella es consciente de su
condición humilde de sierva y se acerca con una visión de fe a los
acontecimientos que le son anunciados. La confianza en Dios, lejos de
inmovilizar a María, la impulsan a responder con un fiat generoso y efectivo en
toda su existencia. Así, con el corazón puesto en las manos del Señor se lanza
en un esfuerzo al máximo de sus capacidades y posibilidades por cumplir el
divino Plan. Vemos, de esta manera, cómo la confianza en Dios ilumina la acción
humana y la salvaguarda, tanto del pesimismo como de un optimismo ingenuo.
La confianza en Dios se complementa con una sana
desconfianza en uno mismo al guardar una manera recta conciencia de la propia
fragilidad y limitaciones. La humildad, en cuanto es andar en verdad, nos ayuda
a tener una percepción equilibrada y objetiva de nosotros mismos en la vivencia
de esta virtud. No se debe confundir la sana desconfianza con una desconfianza
exagerada o enfermiza, con una visión pesimista de uno mismo, como si la
persona fuese incapaz de hacer nada de valor. En este sentido a la pregunta de
María al ángel nos educa en esa actitud "¿Y cómo será esto, puesto que no
conozco varon?" (Lc 1, 34). Su pregunta no habla de desconfianza en el poder de
Dios, sino de una conciencia clara de sus propias limitaciones, pues de hecho
entiende que la respuesta no puede venir de Ella misma sino de lo alto. Es
claro de qué manera aquí la sana desconfianza en uno mismo nos abre a una
dimensión trascendente, más allá de las propias capacidades.
Por otro lado, es una pregunta que, lejos de
reflejar duda o desconfianza, pide instrucciones para actuar, pregunta cómo
será esto para saber la manera de responder correctamente. Así vemos como la
recta desconfianza en uno mismo no lleva a la inactividad o la timidez, sino
que nos impulsa a la acción generosa y eficaz.
PARA DIOS NO HAY IMPOSIBLES
Ante la pregunta de María ¿Y cómo será esto...? el
ángel responde que concebirá por obra del Espíritu Santo y como un signo de
esto le advierte que su pariente Isabel está en el sexto mes de su embarazo
"porque ninguna cosa es imposible para Dios" (Lc 1, 37). Con esto, el mensajero
de Dios no sólo afirma la omnipotencia de Dios, sino también su fidelidad. Es
decir, Dios no sólo puede, sino que quiere ser fiel a su palabra. Esto
constituye un pilar fundamental para nuestra confianza en Dios pues descubrimos
que Dios nos ha amado primero (1Jn 4, 19) y su máximo testimonio es haberse
encarnado y muerto en la Cruz por nosotros. En última instancia la confianza en
Dios se nutre del inmenso amor que Él tiene por nosotros.
Con las expresivas palabras de Isabel a María se nos
señala otra dimensión de la confianza en Dios: "¡Feliz la que ha creído que se
cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Senor!" (Lc 1, 45). La
confianza, nacida de la fe en el Señor, se nos muestra como un camino auténtico
de realización y felicidad. Recordemos que Isabel misma es testimonio de la
fidelidad de Dios a sus promesas, pues "aquella que llamaban esteril" (Lc 1,
36) se encuentra ahora en estado de buena esperanza. Esto nos cuestiona en lo
más profundo pues muchas veces, ante cosas menos significativas, nos
desesperanzamos y perdemos la confianza en el Señor, olvidamos que para Dios
ninguna cosa es imposible y que su amor por nosotros no tiene límites.
PARA VIVIR LA CONFIANZA
Navegando en medio de la noche y zarandeados por el
viento y las olas los discípulos se asustan pues no reconocen a Jesús que se
les acerca caminando sobre las aguas. Se ponen a gritar creyendo que era un
fantasma. Jesús los tranquiliza y Pedro le dice: "Senor, si eres Tú, mándame ir
donde ti sobre las aguas" (Mt 14, 24ss). Lo que Pedro le pide al Señor es algo
realmente insólito, pero hay en sus palabras como una certeza íntima de que
nada es imposible para el Maestro. Descubrimos en Pedro una actitud confiada
que desborda la lógica humana, una convicción profunda de que si el Señor se lo
pide nada impedirá que realice prodigios, incluso, caminar sobre el agua. El
apóstol se baja de la barca y sorprendentemente empieza a caminar, pero de
pronto, asustado por la violencia del viento se comienza a hundir.
También nosotros, de alguna manera, caminamos sobre
las aguas siguiendo la voz del Señor Jesús, asumiendo retos que realmente nos
desbordan y cuya explicación va más allá de nuestras propias capacidades. Pero
no pocas veces, asustados o distraídos por la ventisca perdemos de vista al
Maestro y nos hundimos en el caos del trajín cotidiano, en la dispersión del
activismo. En esto dejamos de apoyar nuestra confianza en el Señor y pronto nos
aferramos a falsas seguridades.
Para vivir de esta confianza en Dios podemos poner
algunos medios. Demás está decir que debemos considerar y meditar en nuestro
hambre de Dios, puesto que nuestro anhelo de transcendencia no puede colmarse
con nada contingente. También debemos considerar nuestras propias
insuficiencias. Mantener la memoria en pasajes de la Escritura que nos
confirmen en la fidelidad de Dios a sus promesas y a su amor. Cuando caemos en
alguna falta considerar la propia debilidad y la misericordia de Dios que
siempre nos perdona. En situaciones de particular tensión o cuando nos
abrumamos, considerar también nuestras insuficiencias. Recordar nuestra
naturaleza herida y su inclinación al pecado por lo que debemos tener un
especial cuidado con las ilusiones de nuestro subjetivismo. Mirar a María,
ejemplo paradigmático de una confianza dinámica y efectiva en Dios.
Por último, si vemos que nos hundimos en medio de la
tormenta, debemos ser capaces de volver la mirada al dulce Señor de Nazaret y
aunar nuestra voz a la de Pedro para gritar "¡Señor sálvame!" (Mt 14, 30) con
la profunda convicción de que al punto Él extenderá su brazo fraterno y nos
cobijará en su corazón.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Confiar en Dios en tiempos de prueba: Eclo 2, 1-6.
-
Abandono en la providencia: 1Jn 5, 14; Jer 17,
5ss.
-
Confiar en las promesas de Dios: Lc 1, 45.
-
Sana desconfianza en uno mismo: Prov 3, 5.
-
Para Dios no hay imposibles: Lc 1, 36-37.
-
Confiar en Dios en nuestro apostolado: Jn 16, 33;
2Cor 3, 4.
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Trabajo de Interiorización
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