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ESTAR EN EL MUNDO SIN SER DEL MUNDO
 

«Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad; como Tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo»[1].

La vida de todo cristiano, al igual que la vida de los discípulos del Señor, transcurre en un «estar en el mundo sin ser del mundo». Entendemos «mundo», en este contexto, como aquella realidad antagónica a Dios, en patente oposición al designio amoroso del Señor para con el hombre y su creación.

Ciertamente sabemos que el mundo fue creado bueno por Dios, pero también entendemos que el mal fue introducido en la tierra por nuestros primeros padres, quedando sometido a la influencia del maligno, que junto a la complicidad de los hombres sembró la iniquidad en el mundo, llevando a la criatura en contra de su Creador.

Dios Padre no optó por destruir al mundo que se había rebelado abiertamente contra Él. En cambio, envió a su Hijo amado para reconciliarlo, convirtiéndonos en una nueva creación, como dice San Pablo: «Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación»[2].

Por medio de nuestro Bautismo, como miembros de la Iglesia, hemos sido rescatados del mundo y de las garras del maligno. A la vez, somos peregrinos en este mundo, enviados por el Señor a extender el anuncio del evangelio de la Reconciliación: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo»[3].

Llamados a la santidad en la vida cotidiana

«Vivir cotidianamente en Cristo y según Él. Ese es el camino a la santidad»[4].

Toda vida cristiana debe tener como horizonte la santidad. Sabemos que la santidad es un llamado universal, una vocación que compartimos todos los bautizados muy por encima del contexto o circunstancias que personalmente nos haya tocado vivir. ¿Cómo ser santos en medio del mundo? ¿A qué lugares asistir? ¿Qué películas ver? ¿Qué música escuchar? ¿Cuál debe ser nuestro estilo de vida? Son preguntas que como cristianos debemos ir respondiéndonos, teniendo en cuenta siempre que viviendo en Cristo, caminando iluminados por el Espíritu Santo, sabremos discernir con reverencia y atención al Plan de Dios la mejor manera de buscar la santidad en cada situación concreta, buscando también el consejo de personas prudentes que puedan acompañarnos en este peregrinar.

Debemos ser fieles a este llamado que debe de sellar de tal forma nuestra identidad que no busquemos sino decir junto con San Pablo: «Para mí la vida es Cristo»[5].

Y si vemos que nuestro corazón se fascina con las seducciones del mundo, habremos de preguntarnos: «¿A quién sirvo? ¿A Dios, que me invita a la vida verdadera, o al mundo, que muere en la mentira, el frío y la soledad? ¿Soy de Cristo o soy del mundo?»[6].

Busquemos que nuestras acciones ordinarias de la vida cotidiana sean actos que den gloria a Dios. Busquemos vivir una espiritualidad de la acción. Esto nos lleva a superar el divorcio que en muchos existe entre la fe y la vida cotidiana.

Superar el divorcio entre la fe y la vida del día a día

Nos decía el Papa Juan Pablo II: «Muchos bautizados viven como si Cristo no existiera: se repiten los gestos y los signos de la fe, especialmente en las prácticas de culto, pero no se corresponden con una acogida real del contenido de la fe y una adhesión a la persona de Jesús»[7].

En verdad vemos que muchas veces no cooperamos para que la fe irrumpa e ilumine toda nuestra vida cotidiana. Con frecuencia se relega nuestro “tener fe” a la misa dominical, a ciertos espacios concretos en la semana, o a una actividad específica.

Pero la fe es dinámica, viva, que pide comunicarse no solo a los demás, sino también que ha de crecer en nuestra propia existencia, buscando hacer que cada día más vivamos en Cristo.

Además, nuestra fe es integral: en la mente, en el corazón y en la acción. Superar la división entre fe y vida también implica hacer que toda nuestra vida, es decir, nuestros pensamientos, ideas y memorias, así como nuestros sentimientos, afectos y emociones, y nuestro obras, entre otras características nuestras, vivan en armonía con la fe, con las enseñanzas y vida del Señor Jesús.

Debemos ser consientes de nuestra identidad de cristianos, y cumplir con responsabilidad nuestra misión en la Iglesia, debemos dejar que la fe que arde en nuestros corazones se irradie en nuestras acciones, ya que solo así será posible construir la anhelada Civilización del Amor.

Si reconocemos el horizonte de nuestra llamada a la santidad, seremos capaces de superar toda ocasión de divorcio entre la fe que profesamos y el compromiso que nos toca asumir en la sociedad.

Horizonte apostólico para el cristiano inmerso en el mundo

Desde nuestra identidad apostólica, y el llamado que nos hace el Señor de salir al mundo y a anunciar la Buena Nueva, pensemos en la amplia gama de oportunidades apostólicas que se presentan ante cada uno de nosotros, empezando por nosotros mismos, y siguiendo con nuestra familia, en nuestro trabajo y en nuestro entorno social. Todas ellas son realidades frente a las cuales somos responsables ante Dios.

Para cada una de estas circunstancias, el Señor tiene una respuesta, y nos ha escogido como testigos y apóstoles suyos.

El MVC es un don para cada uno de nosotros, un ámbito particular para vivir la vida cristiana a la que Dios nos llamó: «Gratis lo recibisteis, dando gratis»[8]. Todos nuestros espacios de formación en la fe, de crecimiento en la vida espiritual y de amistad no han de ser de ningún modo espacios para apartarnos o huir del mundo, tratando que nuestra vida transcurra en una falsa paz; sino -y esto es lo que quiere el Señor- el encuentro con el Señor y la vida cristiana han de ser fuente y soporte para que nosotros nos lancemos con ardor y convicción a cumplir la gran tarea a la cual cada uno ha sido llamado por Dios de anunciarlo a los demás seres humanos, que tanto lo necesitan.

María, nuestro modelo

Miremos a María, ella es «una síntesis vital de cómo la evangelización, el servicio a los seres humanos y la trasformación de las realidad de la humanidad deben ser vividos»[9]. Pidámosle a ella que nos enseña a vivir la coherencia que nutrida de una fe que irradie toda nuestra vida, la unifique y disponga para responder a nuestra vocación.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Estamos en el mundo: Jn 13,1; 17,10.
  • Sin embargo no somos del mundo, como tampoco Cristo es del mundo: Jn 15,19; 17,14.16.
  • El mundo como enemigo del Plan de Dios: Gén 6, 5.12; Gén 4, 3-15; Mt 13, 22; Rom 1, 18-32.
  • No se trata de "salir del mundo": Jn 17,15; 1Cor 5,9-10.
  • Como el Padre envió al Hijo, así Él nos envía: Jn 17,18; para dar testimonio de la verdad: Jn 18,37; 1Jn 5,20.
  • No debemos acomodarnos al mundo presente, sino transformarnos mediante la conversión: Rom 12,2; Ef 4,22-24.
  • El Señor ha vencido al mundo, y nos anima a no desfallecer: Jn 16,33; 1Jn 4,4; 5,4-5.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Qué tanto dejo que mi fe ilumine todas las circunstancias de mi vida? ¿Es Jesús el centro de mi vida?
  2. ¿Descubro las seducciones y contrabando del mundo en mi forma de pensar o de aproximarme a la realidad?
  3. ¿Hago apostolado en los ámbitos en los que me desenvuelvo, a tiempo y a destiempo?

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