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EL MOVIMIENTO, ESCUELA DE FE Y VIDA CRISTIANA
 

Las siguientes reflexiones son tomadas de una Comunicación en el Seminario de Estudio para los Obispos, realizada en Roma el 16 de mayo de 2008. En estas líneas nuestro Fundador señala algunas características del proceso formativo de los movimientos eclesiales. Presentan varias luces importantes que estamos invitados a acoger y vivir como Movimiento.

Encuentro personal con el Señor Jesús

«Quizá como primer punto en el itinerario de encuentro y formación general habría que señalar que, por la gracia del Espíritu, estas personas concretas descubren o redescubren al Señor Jesús. Uno de los problemas apostólicos más serios de hoy es que para muchos se ha perdido la novedad vital del Anuncio evangélico. Muchos creen conocer a Jesús, pero en verdad no lo conocen (…). La rutina o algunos de los muchos factores que componen esa cultura de muerte en la que todos estamos inmersos y cuyos efectos en mayor o menor medida sufrimos han oscurecido la aproximación a Jesús, el Señor, y el camino de verdad y vida que presenta ante el ser humano»[1].

«En el eje de la experiencia de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades se produce, pues, un proceso de adhesión personal y ardorosa que brota del encuentro con Jesús. Encuentro que se manifiesta como acontecimiento decisivo en la vida de la persona concreta. Jesús invita al discipulado, y lo hace desde su misión y la fascinación que su misterio produce (…). Tal encuentro con Jesús mueve tanto a la adhesión afectiva como a la de la verdad que su persona revela»[2].

Dinámica bautismal

«En medio de la rica diversidad de características de los movimientos se encuentra otro denominador común: la conciencia del significado del Bautismo como el maravilloso acontecimiento por el que la persona se incorpora a Cristo y se integra en su Iglesia, y es llamada a vivir como discípulo del Señor y a participar activamente en la misión de la Iglesia, desde su propia condición, comprometiéndose en el apostolado que plasma el mandato misional de Jesús de ir a todos evangelizando, anunciándoles quién es el Redentor, y haciéndolos discípulos suyos[3]»[4].

Vida comunitaria, espacio privilegiado de formación

«La dinámica de las pequeñas comunidades o agrupaciones en las que se suelen organizar los movimientos eclesiales porta también una perspectiva formativa. Ella invita a desarrollar una serie de capacidades y hábitos virtuosos que van llevando a la superación de las diversas fracturas que aquejan al ser humano y a crecer y madurar humanamente al tiempo de hacer partícipes de su donación solidaria y fraterna a los demás, creciendo en un sentido de corresponsabilidad. La constitución en agrupaciones o células no es algo sencillo, exige una voluntad firme, esfuerzo, disciplina y constancia»[5].

Formación que busca superar falsas antinomias

«Ante el individualismo y la fragmentación que aparecen en muchos ámbitos del mundo, las escuelas de formación en la fe que son los movimientos ofrecen también la superación de falsas antinomias tan presentes en el mundo de hoy. Así, por ejemplo, la que opone oración, vida espiritual y participación litúrgica al compromiso por un mundo más justo, pacífico y reconciliado donde la dignidad humana sea respetada y los derechos que de ella brotan reconocidos. O aquella en la que se opone la vivencia personal de la fe a la expresión pública y cultural de dicha fe en la sociedad. Esta dinámica de síntesis que caracteriza el proceso formativo permite avanzar por el sendero de la “cuádruple reconciliación”[6] traída por Jesucristo hacia la superación de las diversas rupturas que aquejan al ser humano.

Amor a la Iglesia y adhesión al Santo Padre

Otro elemento común importante de destacar es el amor a la Iglesia que se experimenta entre los miembros de los movimientos. Tal amor, además de sus valores intrínsecos, es también una dimensión formativa del creyente que lo ayuda a participar más activa y vitalmente de la vida y misión de la Iglesia. Una característica que se desprende de este amor eclesial es la adhesión afectiva y efectiva a Pedro. Junto a ello está la comunión con los obispos locales y la participación desde el propio carisma en la pastoral de la Iglesia local en cuyo seno el integrante de cada movimiento vive y celebra su fe. Las características propias del movimiento o comunidad o experiencia asociativa deben siempre dejarse impulsar a la coherencia de vida eclesial a la que todo carisma apunta, en lo que también se puede apreciar otro valioso elemento formativo»[7].

Amor a la liturgia y la vida de oración

«La vida litúrgica en los movimientos pone una centralidad particular en la participación en la Eucaristía[8], fuente de donde brota la comunión. Aparece muy notoria la educación en la explícita conciencia de la presencia real y sustancial, lo que lleva en muchos al ejercicio de la Adoración al Santísimo. La lección y meditación de la Sagrada Escritura, ya individual ya en grupo, ocupa un lugar de gran relevancia en el proceso de vida y formativo. El rezo del Rosario forma parte de los ejercicios piadosos que manifiestan el amor a la Virgen así como una dimensión formativa. La oración, en general y en sus momentos fuertes, así como en prácticas tales como el ejercicio de la presencia de Dios, la purificación de intenciones y el orientar la vida toda a glorificar a Dios, favorecen la vida de fe, conducen a superar una visión secularizante de la existencia, y a educar en la apertura y docilidad a la gracia. En este campo de la vida espiritual destaca la notoria valoración del llamado universal a la santidad.

La piedad filial mariana, sendero pedagógico

La devoción y afecto filial a la Inmaculada Virgen María[9], modelo del creyente y la perfecta discípula y evangelizadora se plasma en las características de los movimientos. El acercarse a Ella como Madre no sólo inflama el corazón de amor filial sino que efectivamente introduce al discípulo de hoy en una dinámica formativa que lo lleva a ser forjado en una actitud que, fundada en la fe, brota de las palabras del Señor desde lo alto del Gólgota en un proceso de amorización donde la fe conocida va cobrando calor e intensidad cada vez mayores, al impulso de los latidos del Corazón de María que son ecos del de Jesús, ahondando en una adhesión vital al pensar, sentir, amar y obrar como Jesús.

Formación para evangelizar la cultura

La fe vivida como don y novedad auténtica lleva a que se plasme en cultura. Esto ocurre dentro de la realidad formativa de los movimientos, haciendo que en ellos se viva la evangelización de la cultura con incidencias de fecundidad creativa»[10].

«El sentido vibrante y festivo de la experiencia comunitaria de fe se plasma, por ejemplo, en la cuidadosa atención a los símbolos de la liturgia, en nuevas composiciones musicales y en el canto, en obras de arte, e incluso nuevas escuelas de pensamiento que expresan la fe dirigiéndose al mundo de hoy»[11].

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Encuentro personal con el Señor Jesús: Ap 3,20; Jn 1,41.45; Flp 1,21.
  • Vivir la dinámica bautismal: Col 3,3-4; Rom 13,12-14; Ef 4,22-24.
  • El don de la vida comunitaria: Jn 15,9-13; Col 3,12-15.
  • Conciencia de la misión de la Iglesia: 1Cor 12,4-11; Jn 20,21.
  • Vida espiritual consistente: Rom 12,1-2.
  • Compromiso en la misión apostólica: Mt 5,13-16; 2Cor 5,20.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Quién es el Señor Jesús para ti? ¿Ocupa un lugar central en tu vida? ¿Por qué?
  2. ¿Descubres en tu corazón el anhelo de ser santo? ¿Pones los medios necesarios para alcanzar esta meta a la que estás invitado desde el momento de tu bautismo?
  3. ¿Cómo te ha ayudado el Movimiento a crecer en tu fe?
  4. ¿Valoras los espacios comunitarios en la asociación a la que perteneces? ¿Te esfuerzas por vivir la caridad a ejemplo de la primera comunidad cristiana?
  5. ¿Por qué podemos decir que el MVC es escuela de fe y vida cristiana?

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[1]Luis Fernando Figari, Formación y misión, p.140-141.

[2]Luis Fernando Figari, Formación y misión, p.141.

[3]Ver Mt 28,19-20; Mc 16,15; Jn 20,21.

[4]Luis Fernando Figari, Formación y misión, p.143-144.

[5]Luis Fernando Figari, Formación y misión, p.144-145.

[6]S.S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 8.

[7]Luis Fernando Figari, Formación y misión, p.146-147.

[8]Ver Sacrosanctum Concilium, 6.

[9]Ver Lumen gentium, 53.

[10]Luis Fernando Figari, Formación y misión, p.149-151

[11]Luis Fernando Figari, Formación y misión, p.151.