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CATEQUESIS SOBRE EL AMOR
 

Durante el jubileo de los jóvenes en 1984, Luis Fernando pronunció la “Catequesis sobre el Amor” en la Basílica San Pablo Extramuros. En esta oportunidad reflexionaremos sobre la importancia vital de acoger el don de la reconciliación para poder transmitirlo a las demás personas en la misión apostólica a la que el Señor Jesús nos convoca.

Rupturas de ayer y de hoy

«Y ante esta realidad dramática del mundo y de los hombres de hoy, ¿cómo no preguntarse el porqué? Y para ensayar una respuesta debemos remontarnos hasta los orígenes.

Creados por amor, invitados a vivir y expresar el amor, los primeros padres libremente rechazaron la invitación de Dios. Esto es una verdad inconmovible que hoy, no entiendo por qué, a algunos les resulta incómoda. El hombre pecó. El hombre rechazó el amor de Dios. Ésa es la cruda realidad.

El ser humano optó por construir un mundo hecho a la medida de su egoísmo. El ser humano se negó a vivir en la dinámica del amor, que es una dinámica exigente que implica renuncia, que implica entrega. Y hoy como ayer, el mundo sigue pecando. Los hombres, nosotros, seguimos acumulando pecados a esa primera negación de nuestros padres. Se sigue viviendo en la dinámica de la mentira existencial, en el imperio del anti–amor. El hombre sigue viviendo en el espejismo, fuera de la realidad, fuera del amor. Ya hemos hablado de un mundo que se encuentra sumergido en concreciones de anti–amor. Esto es un hecho que nadie puede negar. Lo vemos por doquier. Y lo que es tristemente trágico, si somos sinceros, lo comprobamos también dentro de nosotros mismos. ¡Y ya no lo queremos ver más! Por eso anhelamos vernos conformados al Señor. Por eso anhelamos ver su señorío restaurado sobre todos los hombres y todos los pueblos. ¡Por eso clamamos hoy por el advenimiento de la Civilización del Amor![1]»

«Por el pecado, y dentro de la dinámica del pecado, se producen cuatro graves rupturas. La primera, de la que surgen las demás, es la ruptura del hombre con Dios.

La ruptura del hombre consigo mismo, que introduce el error y la confusión en la identidad del ser humano. Confusión que produce que una y otra vez el egoísmo, el anti–amor, sea confundido con el amor auténtico.

La ruptura frente a los hermanos humanos, que edifica las relaciones sociales sobre el egoísmo olvidándose de la solidaridad de todos los hombres, plasmando en la injusticia, en el abuso, en la opresión y en la ventaja, categorías de “buen vivir”.

Y la ruptura frente al mundo, como quiebra de la conciencia y el sentido de lo que significaba el señorío sobre las cosas con que fue creado el hombre»[2].

Adherirse al Plan de Dios

«Pero dirá alguno: ¿Es que acaso Cristo no nos ha redimido? ¿Es que acaso su Reino no está entre nosotros?

Y con las preguntas nos damos de lleno con el campo del misterio de la Historia Salvífica. No que el misterio sea la oscuridad absoluta. No son así las cosas. El misterio es un horizonte de profundidad que se dilata permanentemente. Él doblega el afán de Occidente de querer agarrarlo todo, capturarlo todo, y nos devuelve a la dimensión profunda de la reverencia. Se entiende lo necesario para comprender que su dimensión no puede ser agotada por la razón. Que va más allá de la razón. ¡Es tan educativo el misterio!

Y con esto en la mente hay que decir enfáticamente: ¡Claro que Cristo nos ha redimido de una vez para siempre! ¡Claro que el Reino de Dios está entre nosotros![3]»

«La venida del Señor ha iniciado un dinamismo en el que las realidades humanas son transformadas; las insuficiencias y contradicciones del ser humano, la conflictualidad que genera su camino alejado de Dios, tiene la virtud de transformarse por la eficacia de la Encarnación, Muerte y Resurrección de Jesús. Tiene la virtud de transformarse por la eficacia del Amor.

En el ámbito personal, la clave es que la salvación, la liberación no opera si el hombre no colabora. Dios respeta tanto al ser humano que no quiere salvarlo si él no quiere. El obstáculo a la expansión del Reino está, pues, en cada uno de nosotros, en el corazón. Es ahí donde se produce la tensión entre Dios que toca a la puerta, entre Dios que llama[4], y el hombre que duda, y el hombre que se hace el desentendido.

Y, queridos hermanos, no digamos: “Esto no me atañe”; no digamos, farisaicamente: “El problema es de los otros, el problema es del que está al lado”. ¡Mirémonos a nosotros mismos, miremos nuestro corazón! Tampoco miremos farisaicamente a los que están fuera de la Iglesia, mirémonos entre nosotros, bendecidos, como estamos, con la filiación bautismal, con la vida, y negadores en nuestros actos, una y otra vez, de la misión a la que Dios nos convoca. Es un hecho que la semilla del amor de Dios, acogida plenamente en el Bautismo, tiende a su crecimiento progresivo en el corazón del hombre, pero sólo crece en la medida en que se da una mayor adhesión al Señor, en la medida en que se acepta el Plan de Dios.

El don de Dios se infunde en nuestra respuesta, pero la exige, la reclama. Justamente ahí está el problema. No en los otros, sino en nosotros mismos. En nuestra propia e intransferible realidad. ¡Nunca hay que dejar de recordarlo! ¡Los hombres somos tan fáciles para el olvido de las cosas importantes![5]»

Por el camino de la reconciliación

«Cada uno de nosotros tiene una misión fundamental. Para ello ha sido elegido. Para ello ha sido convocado a la Iglesia, y por el Bautismo ha quedado incorporado a la misión de la Iglesia, a hacer presente la Buena Nueva ante los hombres, a irradiar luz, a irradiar calor ante un mundo que en la oscuridad se muere de frío. A prolongar en el hoy de nuestras realidades la misión de Jesús. A ser testigo del amor, a participar en la prolongación histórica de la dinámica del amor.

El Santo Padre recordaba no hace mucho que Cristo «nos ha convocado en su Iglesia para que contribuyamos en la fase de la peregrinación a la reconciliación universal realizada por Él en la Cruz»[6].

Estamos llamados, pues, a ser trabajadores de la reconciliación. Artífices de la Civilización del Amor. Trabajadores por la reconciliación con Dios, por reconciliarnos con nosotros mismos, por reconciliarnos con nuestros hermanos, e incluso con el mundo mismo. Reconciliación radical que tiene que nacer de un corazón comprometido. Reconciliación totalizante que abarca todas las realidades humanas.

En esa misma ocasión el Papa presentaba todo un programa para nuestra respuesta: «Contribuiréis “como desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo” y “a hacer visible a Cristo ante los demás”, principalmente con el testimonio de la vida y con el fulgor de la fe, de la esperanza y de la caridad[7]»[8]. Y es una invitación concreta, a todos nosotros que estamos aquí y que somos Iglesia. Una invitación para acoger en el corazón a Cristo Redentor, para asumirlo en la vida, en todos los momentos de la vida real de todos los días. Para vivir con ritmos de amor todos los segundos de nuestra existencia.[9]»

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • La causa del mal en el mundo son nuestros pecados personales: Rom 6, 20-21; Rom 7, 14-17
  • El don de la Reconciliación: Lc 15, 11-32; Rom 5, 1-11
  • Aceptar que yo necesito ser reconciliado Lc 18, 9-14
  • Vivir la dinámica bautismal: Rom 6, 1-11
  • El don de Dios exige mi respuesta: 1Cor 15,10
  • Llamados a ser apóstoles de la reconciliación 2Cor 5, 17-21

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Soy consciente del drama del pecado y sus funestas consecuencias en mi propia vida y en la de los demás?
  2. ¿Cómo se manifiesta en mi vida la ruptura con Dios, conmigo mismo, con los hermanos humanos, y con lo creado?
  3. ¿Qué implica en mi vida que Dios me haya regalado el don de la reconciliación?
  4. ¿Por qué es vital aceptar que necesito ser reconciliado?
  5. ¿Estoy cooperando activamente para acoger el don de la reconciliación en mi propia vida?
  6. ¿Cómo estoy viviendo el dinamismo bautismal?
  7. ¿Qué medios concretos voy a poner para acoger el dinamismo de la reconciliación en mi propia vida?
  8. ¿Estoy respondiendo al llamado de Dios que me convoca a ser apóstol de la reconciliación?

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[1] Luis Fernando Figari, Formación y misión, p.25-26.

[2] Formación y misión, p.27.

[3] Formación y misión, p.28.

[4] Ver Ap 3,20.

[5] Formación y misión, p.29-30.

[6] S.S. Juan Pablo II, Discurso al Congreso de la Federación de Universitarios Católicos Italianos y al Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural, 3/12/1983, 6.

[7] Ver Lumen gentium, 31.

[8] S.S. Juan Pablo II, Discurso al Congreso de la Federación de Universitarios Católicos Italianos y al Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural, 3/12/1983, 6.

[9] Formación y misión, p.30-32.