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«SURGE EL MOVIMIENTO»
 

A partir de esta edición, y durante lo que resta del año, en vistas de la III Asamblea Plenaria del Movimiento de Vida Cristiana, los Camino Hacia Dios serán extractos seleccionados de dos textos de nuestro Fundador en los que estamos reflexionando en este tiempo: las «Catequesis en San Juan de Letrán» y «Formación y Misión». Empezamos este mes con el discurso que dio en Pentecostés 2006, en la Catedral del Papa.

«El Sodalitium Christianae Vitae, que había iniciado su peregrinar en 1971 y que empezaba a afirmarse en su camino hacia ser una comunidad de vida religiosa y apostólica que integrase a laicos y sacerdotes, buscaba formas de plasmar el ideal inicial. ¿Y cuál era éste? Pues nada menos que uno que se inspiraba en la comunidad primitiva»[1].

«Así, pues, desde una eclesiología de comunión, como la enseñada en el Vaticano II, veíamos que Dios nos llamaba a formar una comunidad integrada por sacerdotes, laicos consagrados y personas casadas. Leíamos el relato de la primera gran comunidad eclesial de la que hablan los Hechos de los Apóstoles, y nos preguntábamos: ¿cómo vivir esa hermosa realidad hoy. Muy pronto, hacia 1975, los canonistas que consultábamos decían que ese ideal de asociar en una comunidad a sacerdotes, laicos consagrados y laicos casados no era posible según el Derecho. Pero una llama interna nacida de lo profundo seguía ardiendo y alumbrando dentro del corazón.

Entonces nos fue dicho por la autoridad de la Iglesia en Lima: lo de sacerdotes y consagrados laicos, procede, adelante, pero definitivamente no se puede incluir a los casados. Aceptamos con humildad, pero aún el ideal seguía encendido. Estamos hablando de los tiempos de la primera aprobación escrita, canónica, en la Arquidiócesis de Lima, en 1977. Antes hubo otras, desde 1972.

En ésas seguíamos estando mientras transcurrían los primeros años de la década de los ochenta. Ya el Sodalitium Christianae Vitae estaba orientado. Voces amigas nos habían ido hablando de lo que se conversaba en la Comisión que preparaba el nuevo Código de Derecho Canónico que, eventualmente, sería promulgado en 1983. Ya con la nueva forma canónica de Sociedad de Vida Apostólica se resolvió el problema de los casados mediante la figura de los Adherentes Sodálites, lo que fue aceptado con entusiasmo por los canonistas que nos venían acompañando.

Pero junto a ese núcleo del Sodalitium y desde él brotaban obras, y personas comprometidas con nuestra espiritualidad Sodálite. Lo veía acontecer admirado de cómo Dios obra maravillas desde vasos de barro. Obviamente, así la gloria del Altísimo resplandecía y era para todos motivo de agradecimiento y de ardor por cooperar con la amorosa gracia que reclamaba la transformación de la sociedad, invitando en palabras del Papa Pío XII a rehacer todo el mundo. Decía el Papa Angélico: «Es todo un mundo el que hay que rehacer desde sus cimientos» (Pío XII, Por un mundo mejor, 4). Y no lo decía con fatalismo ni ingenuidad, sino con un tono de esperanza, de construir un mundo mejor, lo que despertaba en nosotros un entusiasmo y un ardor indescriptible. Esa frase se convirtió entre nosotros en una idea-fuerza, en una idea motora que nos impulsaba, que nos hacía soñar, que nos hacía pensar en los horizontes de aquello que debíamos hacer, de aquello que esperaba ser hecho en un mundo que sufría y que se desgarraba.

El recordado Papa Pablo VI, muy querido, ponía ante nosotros, los hijos e hijas de la Iglesia, un gran desafío: ser forjadores de la civilización del amor. Ese mundo que hay que rehacer hay que volverlo amor, humanizarlo y ayudar a que se dirija a Dios, según su divino Plan. Entre nosotros el norte que ambos Sumos Pontífices señalaban se convirtió cada vez más en un ideal de vida, concreto, apasionante, que arrastraba, que nos hacía vibrar»[2].

UN HITO DECISIVO

«Así andaban las cosas cuando ocurrió la invitación a pronunciar la Catequesis sobre el Amor en San Pablo fuera de los muros»[3].

«Al pronunciar la Catequesis sobre el Amor en San Pablo Extramuros fui testigo maravillado de la comunión eclesial de esa juventud, de los movimientos, unida y combinada con la que venía de tantas otras fuerzas y fuentes en la Iglesia. Nuestros jóvenes, los de nuestra familia espiritual, siendo pocos, fueron acogidos fraternalmente y se integraron con los demás en la escucha, en la participación, en la oración, en los cantos —¡Takillakkta tocó en San Pablo Extramuros!—, en la Eucaristía, en el Vía Crucis, en la Plaza de San Pedro, junto al Papa.

Millares de jóvenes inundaron Roma con su fe, su alegría, su entusiasmo. Y yo quedaba cada vez más sobrecogido, cada vez más impresionado. Soy un convencido de que los corazones jóvenes sienten una intensa hambre de Dios, pero, lamentablemente, muchísimos confundidos parecen no saber dónde buscar. Los sucedáneos los atraen, la cultura de muerte los golpea, el pecado los debilita, y al ver la luz que irradia el Sol de Justicia, se cubren los ojos, acostumbrados como están a andar a tientas en la oscuridad, en las tinieblas. Parecen medio queredores: dicen querer, dicen quisiera, pero ante la exigencia concreta, dudan, se echan atrás[4].

Pero hay otros jóvenes que son más audaces. De aquellos son los que invadieron Roma en 1984. Hasta me atrevería a decir que son astutos, en la concepción con la que habla Cristo en el Evangelio. Hay un sentido de aventura y de búsqueda de la verdad que está metido en el joven, un cierto espíritu que puede llegar al heroísmo, mucho más de lo que algunos se dan cuenta, y que se muestra cuando el joven ansía ser y vivir en autenticidad, cuando escucha lo hondo de su corazón. Estos jóvenes audaces lo viven»[5].

ASUNTO DE AUTENTICIDAD

«La clave, queridos hermanos y hermanas, está en que impulsados por la búsqueda de aquello que nos reclama nuestro interior, nuestra mismidad, lo busquemos sin ceder a la distracción ni a la fatiga, ni a las voces de un cierto mundo que nos quiere alejar de la verdadera felicidad. Pienso que es un asunto de autenticidad. Para llegar a Jesús hay que tener la audacia de buscarlo. Y una vez hallado, de seguirlo hasta donde Él nos pida, al costo que Él nos pida, y hacerlo sin reticencias, con prontitud y con toda constancia. ¡Siempre será ganancia para quien lo sigue!.

Es por ello que en 1984 Roma se llenó de jóvenes, porque hay jóvenes audaces que no paran mientes en lanzarse a la aventura de la autenticidad, y algo semejante ocurrió en el 2000, sólo que en mucho mayor magnitud, con ocasión del encuentro en Tor Vergata. La ciudad de Roma quedó realmente chica para albergar a la inmensa cantidad de jóvenes que llegaban a la Ciudad Eterna en búsqueda de encontrarse con la Gran Aventura de su existencia, en búsqueda del encuentro con el Señor Jesús, guiados por su Vicario, por Pedro, entonces Juan Pablo II.

Es, pues, el fenómeno del entusiasmo de los miembros de los movimientos, de la vitalidad, de la fiesta de fe del Jubileo, lo que me llevó a la convicción de que para toda esa familia que se empezaba a formar en torno al Sodalitium, sería maravilloso ver nacer un movimiento eclesial, si así lo tenía Dios en su Plan.

Al retornar a Lima, con el profundo impacto en el corazón, tuvimos un encuentro, que está vivo en mi memoria, en el auditorio de Belén. La idea que tenía era la de la comunión, la Iglesia doméstica de la que habla el Concilio, entendida como familia espiritual. Tras un proceso de oración y discernimiento que tomó unos meses, nacía en 1985 un nuevo movimiento eclesial y era bautizado como Movimiento de Vida Cristiana. Pronto fue bendecido por muchos Pastores, entusiasmados por su nacimiento»[6].

¿POR QUÉ ESE NOMBRE?

«La razón es sencilla. Junto al núcleo de vida consagrada Sodálite y desde él surgía una familia espiritual. En otros casos ha sido completamente al revés. Pero entre nosotros fue así. Del núcleo de consagrados surgió la familia espiritual.

Ese núcleo tenía un nombre: Sodalitium, Sodalicio, y un apellido: Christianae Vitae, de Vida Cristiana. Las razones para que se llamase “vida cristiana” venían desde su bautizo en 1971. Ya entonces descubría con gran pena lo que se podría llamar un “nominalismo cristiano”, es decir, personas que se proclamaban nominalmente cristianas pero que en la vida diaria se mimetizaban en el mundo pagano y vivían según ese mundo. Era un problema “Ad Intra Ecclesiae”, y con la gracia de Dios iluminando fuertemente y con la audacia de la juventud, frente a una vida descristianizada surgía el ideal juvenil por la coherencia, por una vida cristiana. La armonía entre fe y vida se alzaba frente al divorcio que reinaba ya entonces. Se trataba, pues, de vivir cristianamente, más aún, de que la vida misma tuviese como centro y fuente a Cristo»[7].

«La respuesta era entonces y es ahora aún con mayor intensidad experimentar coherentemente el apellido de familia, esto es: “la vida cristiana”. Y hacerlo en movimiento, hacerlo en acción”[8].

“Era no solamente un asunto de linaje, de espíritu familiar…Era una opción explícita por vivir la realidad de que “mi vida es Cristo” » (Ver Flp 1,21) [9].

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El MVC un don del Espíritu a l servicio de la Iglesia: 1Cor 12,4-11.
  • Aspiración a vivir como la primera comunidad cristiana: Hch 4,32-35.
  • Llevamos este inmenso tesoro en vasijas de barro: 2 Cor, 4,7.
  • Urgencia de comprometernos en la misión apostólica: Mt 5, 13-16, 1Jn 1, 3.
  • Exigencias de seguir el llamado de Dios: Lc 9,57-62.
  • La aventura de la vida cristiana: Mt 10.
  • Responder al llamado de Dios nos realiza: Jn 4, 10-14.
  • La coherencia entre fe y vida: Lc 8, 19-21; Lc 6, 46-49.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Descubro el MVC como un don suscitado por el Espíritu para el servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia?
  2. ¿Que implica en mi vida el llamado que Dios me ha hecho a pertenecer al Movimiento de Vida Cristiana?
  3. ¿Descubro la urgencia de trabajar arduamente en la construcción de la Civilización del Amor?
  4. ¿Soy consciente de la importancia de asumir mi lugar en la gesta evangelizadora?
  5. ¿Vivo con coherencia mi “vida cristiana”? ¿Soy consecuente con el apellido del movimiento al que pertenezco?
  6. Todo don exige respuesta. ¿Qué medios concretos voy a poner para responder con fidelidad al inmenso don de pertenecer al MVC?

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[1] Luis Fernando Figari, Catequesis en San Juan de Letrán, pag 8

[2] Allí mismo, pag 8-11

[3] Allí mismo, pag 12

[4] Allí mismo, pag 13-14

[5] Allí mismo, pag 15

[6] Allí mismo, pag 21-22

[7] Allí mismo, pag 23-24

[8] Allí mismo, pag 25

[9] Allí mismo, pag 26