|
El lema escogido para la III Asamblea Plenaria que celebramos este año son las palabras del Señor Jesús a sus apóstoles: «Yo os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto»[1]. Con ellas queremos sintetizar el espíritu de lo que anhelamos vivir como miembros del Movimiento de Vida Cristiana (MVC), pequeña porción de la Iglesia peregrina.
Reconocernos llamados por Dios a la vida cristiana, apellido que llevamos como Movimiento[2], es mirar nuestra vida como una constante búsqueda por conformarnos al Señor Jesús, para decir como san Pablo «ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»[3]. Es un llamado y un don de Dios que está íntimamente unido a la misión evangelizadora, a la vocación al apostolado, al anuncio en primera persona del Señor Jesús.
Dios nos ha convocado a ser parte de su Iglesia y nos ha bendecido con una espiritualidad particular, dentro de la comunión eclesial. Ello no es motivo de vanagloria, sino de conciencia de estar llamados a servir a los hombres y mujeres en este mundo. Esa es la razón por la cual hemos recibido este don: ¡poder compartirlo con los demás!
¿De qué sirve tener grandes tesoros si los prefiero ocultar? Aquí nos vienen a la mente muchas parábolas que Jesús enseñaba: la alegría del que encuentra a su oveja perdida[4], el gozo de la que encuentra su moneda[5] y va a contarle a sus amigas, el rey que invita a la fiesta a los que andan por las calles[6], entre otras.
El apostolado es la razón de ser de nuestro Movimiento
Vivimos en un mundo que muere por falta de amor, por estar inmerso en mentiras de muchos tipos, asfixiado por diversas tendencias como el consumismo, el relativismo moral, la búsqueda incesante de placer, poder y tener, que afectan a miles y miles de personas. ¡Hay muchas falsas respuestas! ¿Acaso nosotros mismos no hemos estado buscando respuestas sin descanso, queriendo saciarnos con medias verdades, con ilusiones que finalmente nos dejaban vacíos?
Somos conscientes de que muchas personas quieren ser verdaderamente felices, y quienes por gracia de Dios ya hemos encontrado la respuesta, la verdadera y única respuesta, el Señor Jesús, Camino, Verdad y Vida, queremos anunciarlo. El apostolado es, por tanto, una experiencia de gran alegría por compartir el tesoro más valioso que tenemos. En ningún caso es una obligación dura o un fardo pesado al que estamos condenados.
Al pertenecer al MVC y buscar vivir la espiritualidad sodálite, nos comprometemos a una vida de intenso apostolado, característica esencial de nuestra experiencia. El apostolado es la razón de ser de nuestro Movimiento y como parte de la Iglesia, asumimos la misión que el Señor Jesús encargó a sus discípulos en muchas ocasiones, y particularmente antes de partir: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”[7], frase que nos acompañó en la reflexión de la II Asamblea Plenaria. Quien vive en comunión con el Señor y en fidelidad al divino Plan se siente movido a testimoniar y anunciar la fe en el Señor Jesús.
Dar los frutos que Dios quiere
El querido Papa Juan Pablo II, en el Jubileo de los Jóvenes en Roma, les dirigió unas palabras llenas de entusiasmo, heroísmo y firmeza, tomadas de una gran santa, Catalina de Siena. Dijo: «Si sois lo que tenéis que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero!».
En esta sucinta frase descubrimos la importancia de ser fieles a nuestra identidad, al sello indeleble que recibimos en el Bautismo, y que nos hace «ser de Cristo», ya que «en él vivimos, nos movemos y existimos»[8].
Dios quiere que demos frutos, y en abundancia. Ese «prender fuego al mundo entero» nos habla de la urgencia de anunciar al Señor Jesús, de la radicalidad de nuestra decisión, y también del frío y muerte que reinan en muchos lugares del mundo y en los corazones humanos.
Anunciarlo en primera persona, es testimoniar mi encuentro personal, configurante y convencido con el Señor Jesús. No se trata de comunicar una idea, una teoría o menos convincente aún, una hipótesis. Se trata de contarle a los demás lo más importante que tengo en mi vida, lo más decisivo, que es el hecho de ser cristiano, de estar en camino a la santidad buscando ser como Cristo.
La fidelidad a mi vocación, al llamado universal a la santidad, y a la vocación concreta a la que Dios me invita a recorrer ese camino de conformación con el Señor Jesús, es el requisito indispensable para dar verdaderos frutos en mi vida.
A veces trabajamos, estudiamos, hacemos muchas cosas a la espera de ver los frutos. Así como el labrador siembra, trabaja la tierra, la riega, y espera, hasta poder ver los frutos, es una experiencia muy humana el querer palpar, constatar que nuestros esfuerzos, en cualquiera y todos los ámbitos de nuestra vida, tienen sentido, y la búsqueda de sentido la «comprobamos» a través de los éxitos, resultados, premios, logros obtenidos.
En la lógica cristiana, estamos invitados a pensar, sentir y vivir de forma distinta. Podemos hablar de renuncia a los frutos, pero no significa el no querer los frutos del trabajo y el apostolado, sino el no vivir apegados a ellos, como si fueran nuestros, como si la medida de nuestra felicidad se midiese a través de cifras, felicitaciones o tareas cumplidas.
Dar frutos no es otra cosa que ser fieles. No buscamos vivir con una actitud escéptica o indiferente ante la realidad. Sin embargo, no podemos poner nuestra valoración personal en los logros alcanzados humanamente. Aquí se trata de encontrar un sano equilibrio, en el que nos alegramos por los frutos de nuestra oración, apostolado y servicio, pero a la vez, no creernos los dueños ni los principales autores de ellos.
Ser enviados por el Señor
La frase del Señor Jesús en el sentido de «ir y dar fruto» nos habla de lo fundamental del ser apóstol y que la expresión griega apostoloV del cual viene el término, lo señala muy bien: «ser enviado».
Ser apóstoles no nos viene ni por nuestra iniciativa, ni por nuestro mérito. Tampoco nos bastamos a nosotros mismos, y menos nos anunciamos a nosotros. El corazón del apóstol es reconocerse amado, llamado y enviado por Dios, para una misión que Dios nos da, para realizarla como instrumento suyo.
Ir y dar fruto es la invitación que recibimos de Dios, y que libremente queremos acoger, sabiendo que «llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros»[9].
Nuestro Fundador en innumerables ocasiones nos ha recordado e invitado al encuentro personal con el Señor, y a ser sus apóstoles, como en la I Asamblea del MVC: «Nadie da lo que no tiene. Se trata de anunciar a Cristo en primera persona, esto es, desde la experiencia personal, a la persona del Señor Jesús. Se trata de dar testimonio del Señor, lo que comporta conocerlo»[10].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
El horizonte de la misión apostólica: Mc 16,15; 1Cor 9,16.
Anuncio mi encuentro con el Señor: Gál 2,20.
Sólo con el Señor podemos dar fruto abundante: Jn 15,4; Jn 15,5;; Jn 15,9.
El Señor nos llama a ser apóstoles Lc 10,8-9; Flp 2,12-15.
Llevamos este tesoro en vasijas de barro: 2Cor 4,7.
El Señor nos invita a dar fruto: Jn 15,16, Jn 15,4-5;
Vivir el desapego a los frutos en la misión apostólica Mt 21,33-40; Sant 5,7.
El Señor Jesús reconoce que el fruto de su apostolado pertenece al Padre: Jn 17,9.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
¿Soy consciente del llamado que el Señor nos hace como MVC a participar activamente de la misión apostólica?
¿Cómo estoy respondiendo a esta invitación?
¿Soy consciente del tesoro que tengo entre mis manos al haberme encontrado con el Señor Jesús, Camino, Verdad y Vida?
¿Me esfuerzo en mi vida cotidiana por permanecer en el Señor para dar fruto?
¿Qué hago para permanecer en el Señor? ¿Qué medios puedo poner para permanecer más en el Señor?
¿Cuáles son los frutos de conversión y santidad en mi propia vida?
¿Estoy entregando los dones y talentos que Dios me ha dado en la misión apostólica? ¿Me descubro dando frutos?
¿Cómo vivo el desapego a los frutos?
¿Qué medios concretos voy a poner para dar los frutos que el Señor espera de mí?
[2] Ver Luis Fernando Figari, Catequesis en San Juan de Letrán.
[10] Luis Fernando Figari, Discurso en la Primera Asamblea Plenaria del MVC, Roma, 1999.
|