|
El Señor Jesús, Hijo de Dios hecho Hijo de Mujer para obtenernos el don de la
Reconciliación, revela al hombre la grandeza de su vocación, la sublimidad de
su propio destino: vivir el horizonte plenificador del Amor. De ahí que optar
por el Señor Jesús es optar por el Amor, porque Él mismo es Amor (1Jn 4, 8).
Todo cristiano está llamado a vivir el Amor, como Cristo lo
vivió: Este es el mandamiento mío... El Señor quiso que la comunidad de los
creyentes que es la Iglesia fuese una "auténtica comunión de vida" (Lumen
gentium, 9), "signo de la unión íntima con Dios y de todo el género humano"
(Lumen gentium, 1). La Iglesia es, pues, misterio de comunión. Nacidos del agua
y del Espíritu, los creyentes estamos llamados a participar del amor y de la
vida misma de Dios Padre, Dios Hijo, y Dios Espíritu Santo, comunidad divina de
Amor, así como la comunión con los hermanos humanos (Christifideles laici, 8)
INVITADOS A LA COMUNIÓN Y PARTICIPACIÓN
Este misterio de comunión que es la Iglesia, no es de ninguna
manera una realidad estática, pasiva o indiferente. Quien busca participar del
amor del Señor, también busca proyectarse en un dinamismo amorizante a los
demás. El compromiso interior con Jesús que brota del encuentro personal con Él
nos mueve a salir también al encuentro de los hermanos humanos. Por eso la
comunión, por su propia naturaleza, genera comunión. Así nos lo enseña el Papa
Juan Pablo II: "Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar
en la misma vida de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el que ama,
desea darse a sí mismo" (Dives in misericordia, 7)
Dar fruto es, por tanto, una exigencia apremiante de quien
aspira a vivir la dinámica de comunión y participación en el amor con el Señor
Jesús. De ahí que todos los cristianos estamos llamados a anunciar, a dar a
conocer a todos los hombres y mujeres así como conducirlos, bajo la acción del
Espíritu, hacia la nueva comunión que en el Hijo de Dios e Hijo de Santa María
ha entrado en la historia humana: "Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos,
para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos
en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1Jn 1, 3).
URGENCIA DE LA MISIÓN
La misión apostólica nace pues, de la íntima convicción que
posee el creyente de que sólo el Señor Jesús y su Evangelio es capaz de ofrecer
una respuesta plenificadora para los anhelos más hondos del ser humano; ella
"brota de la radical novedad de vida, traída por Cristo y vivida por sus
discipulos" (Redemptoris missio, 7). Lo mismo que los primeros discípulos del
Senor, "nosotros no podemos menos que hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch
4,20), pues "las multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de
Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar con
insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y
de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad" (Evangelii nuntiandi,
55).
El cristiano no puede dejar de anunciar que Cristo es real, que
el amor es real, que salvan. No puede dejar de proclamar que Jesus "ha vencido
al pecado y a la muerte, y ha reconciliado a los hombres con Dios" (Redemptoris
missio, 11). Por eso repetimos con el Apóstol: "El amor de Cristo nos apremia"
(2Cor 5, 14).
En efecto, "¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído?
¿Cómo creerán en Aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les
predique?" (Rom 10, 14).
VOCACIÓN AL APOSTOLADO
El apostolado no es solamente fruto del dinamismo amorizante que
nace del encuentro con el Señor Jesús y de la gracia infundida en nuestros
corazones por el Espíritu Santo (Rom 5, 5). Se trata también de una vocación,
de un llamado, de una misión que Dios mismo no ha encomendado. A nosotros se
nos ha concedido la gracia de anunciar "las inescrutables riquezas de Cristo"
(Ef 3, 8); se nos ha confiado "El misterio de la reconciliación" (2Cor 5, 18).
La misión apostólica es "la misión esencial de la Iglesia... La
dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda" (Evangelii
nuntiandi, 14). No se trata, pues, de algo opcional o facultativo de un aspecto
más de nuestra vida cristiana. El apostolado es tarea y misión, deber
ineludible de todo cristiano, como claramente nos dice San Pablo: "Predicar el
Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien, un deber que me
incumbe. Y ¡Ay de mí si no predico el Evangelio! pues es una misión que se me
ha confiado" (1Cor 9, 16.17b).
El llamado del Senor "Id por todo el mundo y proclamad la Buena
Nueva a toda la creación" (Mc 16, 15) no ha dejado de perder actualidad pues el
Evangelio sigue siendo la única respuesta plenificadora para los anhelos más
hondos del ser humano. Es más, la misión apostólica hoy en día se presenta cada
vez más urgente y en nuestras manos según la capacidad y las posibilidades de
cada uno está la suerte de tantos hombres y mujeres de hoy que viven en la más
absoluta incertidumbre acerca de ellos mismos, víctimas de las rupturas y
contradicciones de la sociedad hodierna, atrapados en la vana ilusión que
ofrecen las ofertas de la cultura de muerte.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor Jesús nos exhorta a anunciar su Evangelio a pesar de las dificultades:
Mt 10, 26-27.
-
Nada debe interponerse entre nosotros y la misión: Lc 9,
57-62.
-
Somos enviados como Jesús fue enviado por el Padre: Jn 17,
14-17.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Por qué la misión apostólica es fundamental en la vida del cristiano?
-
¿Descubres en ti la profunda necesidad de hacer apostolado? ¿Por qué?
-
¿Crees que puedes permanecer indiferente a la misión apostólica? ¿Qué vas a
hacer para mejorar tu actitud?
|
Descargar Trabajo de Interiorización
|
Versión para imprimir
|
|

|

|
|