Anterior

Siguiente

MARÍA, MADRE DE LA ESPERANZA
 

Cuando María fue con prisa a visitar a su prima Isabel, llevando en su seno nuestra esperanza, permitió que San Lucas estampara esta escena[1] como un emblema para todo aquel que, de la misma manera, quiera comunicar al Señor a los demás, llevándolo en su propia vida.

Para vivir la esperanza hay que hacer como María, decirle a Dios: «Hágase en mí según tu Palabra»[2], acogiendo de esta manera al Dios mismo, nuestra esperanza. Nos decía Germán Doig: «el hombre no inventa su esperanza, la recibe de Dios»[3]. Esta virtud teologal viene en auxilio de nuestra débil e insuficiente esperanza humana; sale al encuentro de la incapacidad que tiene el hombre para darse una esperanza por sí solo, de modo que se intensifique en nosotros el anhelo de la unión definitiva con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo para toda la eternidad.

EL CORAZÓN, LUGAR DE LA ESPERANZA

Cuando la Sagrada Escritura alude al tema del corazón del hombre se está refiriendo a aquel núcleo de la actividad interior donde la persona reflexiona, decide, reacciona, siente. Además, el corazón señala la profunda identidad del hombre y, al mismo tiempo, el ámbito de su actividad interior en donde se definen las cosas más importantes para su felicidad.

De las pocas citas en las que aparece mencionada la Santísima Virgen, hay dos pasajes que resaltan su vida interior: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón»[4] y «su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón»[5]. Esto nos permite entender que una clave para vivir la esperanza está en lo que S.S. Juan Pablo II llamó la «espiritualidad de la memoria»[6]. Esta actitud mariana es muy importante para nuestro tiempo ya que los rápidos cambios culturales y el intenso ritmo en el que se realizan las cosas, se ve perturbada nuestra vida interior desde un imperativo mundano que nos fuerza a desviar la atención de lo esencial y de lo que le da sentido a nuestra vida. Por ello, en medio de tantas prisas, hay que saber hacernos el tiempo y el espacio para dirigir nuestra mirada a Cristo, a la escucha atenta de su Palabra y, atesorándola, discernir cada momento que nos toca vivir.

María alimentaba su corazón con las palabras divinas e iluminaba sus experiencias desde la fe. Los momentos más importantes no los perdía en el olvido; no reducía toda su vida al plano de lo anecdótico; por el contrario, sabía que hay experiencias que tienen un significado especial y que se necesitan entender más a fondo con oración y meditación. De esta manera, Ella buscaba ensanchar su corazón para acoger cada vez más plenamente lo que Dios le iba mostrando. Esto le exigía vivir una reverencia activa, análoga a aquella que vemos cuando el sacerdote tiene mucho cuidado de no perder ninguna de las partículas de la presencia del Señor en la Eucaristía. De modo que, para vivir la esperanza se necesita cultivar el silencio interior y, así, discernir entre lo que hay que atesorar y lo que merece perderse en el olvido.

Junto a la vida interior rica y profunda, nuestra Madre unía una acción rápida y eficaz. Su esperanza la hacía “mirar fijamente[7] a su Hijo, y actuar con la rapidez de quien ha sido iluminada por la “lámpara que arde y alumbra[8].

ALGUNOS MEDIOS PARA VIVIR LA ESPERANZA

  1. Si la esperanza requiere que tengamos una memoria viva del Señor, el lugar por excelencia para ello es el memorial de la Santa Eucaristía. Poder recibir la Sagrada Comunión es introducirnos en la dinámica de la Virgen de aceptar y acoger al Señor Jesús en el propio corazón y poder caminar con Él.
    ¿Qué sentir frente a la presencia de Jesús en nosotros? Eso nos lo puede enseñar María recordando el pasaje de la anunciación-encarnación y verla luego presurosa a compartir la alegría con su prima Isabel. Cada vez que recibamos el Cuerpo y la Sangre de Cristo hagámoslo como Ella. Cuando el sacerdote repite las palabras del Señor Jesús: «Haced esto en memoria mía»[9], celebremos el memorial de nuestra esperanza.

  2. Desde este proceso de amorización, aprendiendo de nuestra Santísima Madre, buscaremos también al Señor Jesús en la oración y la meditación de la Sagrada Escritura. Aquí también se nutre nuestra esperanza. Los salmos, conocidos como escuelas de oración, nos presentan las palabras adecuadas para educar nuestro lenguaje al dirigirnos a Dios en las diversas circunstancias de la vida, como por ejemplo, aquellas que dicen: «Mi alma espera en el Señor, espera en su Palabra; mi alma espera en el Señor más que el centinela la aurora»[10].

  3. Esta relación íntima e intensa ha de derivar en el combate espiritual ¿Cuánto esfuerzo tenemos que hacer para no dejarnos vencer por la tristeza, depresión, frustración, desaliento, desesperanza? Cuando avanzamos en nuestra lucha contra el pecado, vamos añadiendo a nuestra vida la luz de la esperanza porque Dios va estando cada vez más en nosotros: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él»[11]

  4. No hay combate espiritual efectivo y fecundo sin la gracia de Dios, cuya fuente la tenemos al alcance de la mano en los sacramentos y sacramentales que la Iglesia nos ofrece: acudir a la confesión renueva nuestra esperanza; solicitar la unción de los enfermos en los casos respectivos, nos da nuevas fuerzas; vivir según nuestra vocación desde el sacramento del matrimonio o del orden, nos capacita para desplegar esa dimensión de nuestra vida; profesar nuestra consagración a Dios, alienta nuestra esperanza y la de los demás; recibir la bendición refresca nuestra vida.

  5. Nuestra esperanza crece cuando anunciamos a Cristo a los demás. Muchas personas confundidas, desorientadas, solas, vacías están esperando que les hablemos del Señor Jesús; que les llevamos esa luz a sus vidas. Y, al hacerlo y encontrar respuesta es un aliento y una ilusión que forma parte de esa comunión que todos los hombres estamos llamados a vivir.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Hemos de lanzarnos al cumplimiento de la misión con esperanza, con la conciencia de que Él está con nosotros: Mt 28,19-20.
  • Estamos llamados a abundar en esperanza: Rom 15,13; Debemos dar razón de nuestra esperanza: 1Pe 3,15; Por la esperanza andamos gozosos: Rom 12,12; No hemos de entristecernos como quienes carecen de esperanza: 1Tes 4,13; La esperanza nos lleva a actuar con confianza: 2Cor 3,12.
  • El testimonio de María alienta nuestra esperanza: Jn 19, 25; Jn 2, 1-5; Hch 1,14.
  • María sale al encuentro de los apóstoles, su fortaleza y ardor nos enseñan a confiar y tener más esperanza, a poner la mirada en el horizonte de eternidad hacia el cual se dirigen cada uno de nuestros pasos: Hech 1,14.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Vives el ejercicio de la presencia de Dios?
  2. La esperanza se expresa en el anhelo de vivir con Dios ¿tienes esta experiencia?
  3. ¿Rezas y meditas desde la Sagrada Escritura?
  4. ¿Cuál es tu experiencia de comunión con Cristo? ¿Cuál es el momento más fuerte de tu relación con Él durante la semana?
  5. ¿Con qué frecuencia sientes tristeza, te frustras, te desalientas? ¿Cuán prolongado es? ¿Qué haces en estos casos?
  6. ¿Con qué frecuencia acudes al sacramento de la confesión?
  7. ¿Te entusiasma hacer apostolado? ¿Lo haces?

Descargar Trabajo de Interiorización
 

Versión para imprimir
 

Anterior

Siguiente



[1] Ver 1Tm 1, 1

[2] Lc 1, 38

[3] Doig, Germán. “Esperanza y Reconciliación”, Vida y Espiritualidad. Lima, 1990, p. 12.

[4] Lc 2, 19

[5] Lc 2, 51

[6] S.S. Juan Pablo II. “Carta a los sacerdotes para el jueves santo”. 2005, n. 5

[7] Ver: Heb 12,2.

[8] Ver: Jn 5,35.

[9] Ver Lc 22, 19

[10] Sal 130, 5-6a

[11] Jn 14, 23