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LA PARRESÍA APOSTÓLICA
 

«Y es que el fervor no tiene ataduras. Aparece cuando hay libertad...»[1]

Cuando miramos la situación actual del mundo, nos encontramos con un panorama donde la «cultura de muerte» está fuertemente enraizada en él, marcada por el secularismo y el agnosticismo funcional, la dimisión de lo humano y una crisis que afecta los fundamentos de la familia y sociedad, entre otras dolorosas manifestaciones que nos rodean[2].

Ante todo ello, no cabe la desesperanza o el miedo al fracaso, sino que debe brotar en nuestros corazones la conciencia de que «sólo los santos cambiarán el mundo» y, a partir de ello, hemos de emprender un esfuerzo más consciente y coherente por ser santos apóstoles. El apostolado que realizamos, en sus muchas maneras y expresiones, según las capacidades y posibilidades de cada uno, es un grano de arena, pero no por ello poco importante, para la construcción de la Civilización del Amor, centrada en el Señor Jesús[3].

Junto al testimonio de nuestra vida, que debe preceder toda acción apostólica debido a la coherencia de fe y vida que estamos llamados a vivir, es necesario también el anuncio explícito del Señor Jesús, mediante nuestra vida, obras y palabras.

El Señor nos llama hoy a ser apóstoles audaces, al igual que los primeros discípulos y apóstoles del Señor Jesús fueron hace dos mil años. Más bien, es en ellos donde podemos encontrar algunos ejemplos a seguir en la manera de anunciar el Evangelio, abiertos a la acción del Espíritu Santo, «el fuego del divino amor».

En los Hechos de los Apóstoles, refiriéndose a Pablo y los apóstoles, se narra que «Saulo andaba con ellos por Jerusalén, predicando valientemente en el nombre del Señor»[4]. En este pasaje aparece el vocablo parresia (traducido aquí como “predicando valientemente”) que nos recuerda que una característica esencial en la misión evangelizadora es el hablar con valentía, libertad y sin miedo.

Parresía es una palabra de origen griego, que se forma de la suma de dos términos: pas, que significa 'todo', y rhesis, que significa 'habla'. El sentido de esa palabra se refiere sobre todo para designar la libertad al hablar, con valentía y sin ambigüedades.

La persona que tiene parresia es la persona audaz, que tiene seguridad en Dios y en si misma, está llena de coraje y generosidad. Por otro lado, la parresía también se aplica a la persona que vive con transparencia y libertad de espíritu.

LIBERTAD AL HABLAR

En Jerusalén, algunos decían sobre Jesús: «¿No es ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada»[5].

La libertad de expresión es uno de los derechos que la sociedad moderna reclama para sí con gran fuerza. ¿Pero qué significa ello para el mundo de hoy? La respuesta más difundida la da una mirada relativista que se adjudica el derecho de afirmar “verdades” que realmente no lo son, pero que por el hecho de ser afirmadas por un grupo de la sociedad, deberían ser aceptadas como tal, desligando así muchas veces el contenido de lo que se proclama de la verdad misma.

No se puede separar la libertad al hablar de la verdad, ya que ésta es su condición primordial. Así, la verdadera libertad al hablar la da –fundamentalmente- el contenido del anuncio. Sólo anunciando la Verdad y hablando de realidades verdaderas es que se puede hacerlo libremente, sin ataduras, engaños o inseguridades.

Anunciando al Señor Jesús, no tenemos nada que temer porque sabemos que Dios es nuestro garante, ya que siempre es Fiel. Así, podremos vivir y testimoniar la «libertad de los hijos de Dios»[6], aquella que es fruto del conocer a Dios, de amarlo y de estar siempre con Él. En ese sentido, nos exhortaba el Papa Benedicto en las Vísperas de Pentecostés: «Los Movimientos eclesiales quieren y deben ser escuelas de libertad, de esta libertad verdadera. (…) Nosotros deseamos la libertad verdadera y grande, la de los herederos, la libertad de los hijos de Dios»[7].

VALENTÍA EN EL APOSTOLADO Y EN LA VIDA

La valentía en el apostolado se contrapone a un mal muy humano: el miedo.

El miedo no es otra cosa sino el indicador que necesitamos una seguridad que hemos perdido o que al menos no vemos por adentrarnos en algo desconocido o que creemos que nos hará daño. El miedo al que nos referimos aquí es como una parálisis que aparece por la pérdida de vista de aquello que es importante. Cuando el hombre pone la propia seguridad en sí mismo, fácilmente se olvida cuál es el fundamento real de su ser, y su necesidad de seguridad se ve sacudida.

De eso se trata, de no dudar, de no tener una confianza excesiva solo en sí mismos, sino que viviendo una sana desconfianza de uno, confiar plenamente en Aquel que no falla nunca, en el Señor Jesús.

Un ejemplo de esto lo encontramos en el episodio en que Pedro camina sobre las aguas[8]. Inicialmente confía y se lanza a seguir a Jesús, pues lo conoce y confía en Él. Pero cuando caminando comienza a sentir la violencia del viento y se detiene en su propio miedo, comienza a hundirse. La pregunta de Jesús es clara: «¿por qué dudaste?». El miedo es fruto de la duda, del olvidar en quién nos hemos fiado. Es por esto que lo que se necesita es una conciencia clara y firme de Dios y una confianza segura en Él.

En el apostolado también nos pasa que a veces nos llenamos de miedo al hablar del Señor. A veces por respetos humanos, por el qué dirán o simplemente por no estar convencidos de lo valioso que es nuestro apostolado. Por ello es importante entender que la valentía en el anuncio del Señor, la seguridad, coraje y audacia no vienen de uno mismo sino de Aquél a quien se anuncia. Es Jesús mismo quien nos envía a anunciar la Buena Nueva del Evangelio, el Camino, la Verdad y la Vida[9]. Es a partir del encuentro personal con Él donde podremos proclamar la Verdad sin ese miedo que es olvido de su Palabra, olvido de que Dios es Dios y cumple sus promesas. Por eso repetimos muchas veces que es necesario aprender a creer en Jesús y a Jesús.

HABLAR SIN AMBIGÜEDADES

La parresia implica claridad, ya que no se puede hablar libremente ni con valentía si no se es directo, si no se tiene claro aquello que se anuncia y defiende. La claridad es una característica de la simplicidad, y lo esencial no es confuso ni complicado sino simple, “de una pieza”. Jesús mismo nos dice: «Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’, que lo que pasa de aquí viene del Maligno»[10]. La claridad, además, es caridad. Como dice la sabiduría popular, «lo cortés no quita lo valiente». Decir la verdad implica que uno sepa por qué la dice, cuándo la dice, cómo la dice, a quién la dice. La caridad me lleva a decir la verdad. La caridad me conduce por el camino mejor para expresarla según la persona a quien hablo me pueda entender y escuchar. Al mismo tiempo, la parresía implica saber escuchar, estar atento al Evangelio que el otro necesita y espera de mí para ser anunciado.

Esto se contrapone al llamado «políticamente correcto», que es esa corriente donde parecen respetarse todas las posiciones, no importando si son verdaderas o falsas, como una múltiples oferta de “verdades” que deben ser aceptadas en vistas de una convivencia humana “pacífica”. Sin embargo, la única posición que no se respeta es la de la verdad. La tolerancia es intolerante con la verdad y la caridad.

Lo que viene de Dios es claro y definido. Cuando se está de su parte no hay lugar para pactar o regatear. Ante Dios y en Él la verdad es una. Esta claridad, esta falta de ambigüedad, no es sólo lógica sino que sobre todo significa coherencia. Sólo quien vive según aquello que cree, según el Evangelio, es capaz de mostrar con su vida lo que quiere anunciar. La palabra de Dios cobra así una fuerza que solo el testimonio de la vida puede dar.

Ya que muchos hacen oídos sordos al anuncio del Evangelio, mientras que otros, aún cuando dicen escucharlo, suelen recortar el mensaje, hoy se nos pide que seamos apóstoles llenos de parresía, transmitiendo al Señor Jesús con toda la fuerza que de Él irradia.

El «Hágase en mi según tu Palabra»[11] pronunciado por María, lleno de prontitud y valentía, es un modelo de libre y coherente habla, en la que pone su confianza y seguridad en Dios. Seamos como Santa María, respondiendo siempre con un Fiat generoso a nuestra vocación de apóstoles.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • La libertad en Cristo: Gal 5,1ss.
  • Cristo ha venido a darnos la verdadera libertad: Lc 4,18-19; Jn 8,36.
  • Libertad al hablar: Jn 7,25; Jn 18, 20.
  • Sólo la verdad nos hace libres: Jn 8,31-32
  • Hablar sin ambigüedades: Mc 8, 32; Jn 16, 25.
  • Ejemplo de audacia en el Anuncio del Evangelio: Hch 9, 28.
  • Un verdadero apóstol busca la libertad de los demás con actitudes concretas: 2Tim 2,24-26.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Te descubres llamado como los apóstoles a anunciar a Jesús? ¿Descubres como propia la misión evangelizadora de la Iglesia?
  2. ¿Cuáles son los principales obstáculos que descubres en el apostolado? ¿Eres libre en tu anuncio?
  3. ¿Qué miedos descubres que te impidan o dificulten al anuncio de Jesús? ¿Cómo puedes vencerlos?
  4. ¿Buscas en Dios mismo la seguridad que necesitas? ¿Encuentras en Él la certeza necesaria?
  5. ¿Buscas en Dios mismo la seguridad que necesitas? ¿Encuentras en Él la certeza necesaria?

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[1] Germán Doig K., En Búsqueda de Dios. Antología poética, VE, Lima 2007, p. 46.

[2] Ver Congreso-Seminario: Diagnóstico y perspectivas para la Nueva Evangelización en América Latina, VE, Lima 2007

[3] Ver 2 Cor 4, 17

[4] Hch 9,28.

[5] Jn 7,25.

[6] Rom 8,14.

[7] Benedicto XVI, Vigilia de Pentecostés 2006

[8] Mt 14, 28.

[9] Jn 14,6.

[10] Mt 5,37.

[11] Lc 1,38.