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EL HOMBRE BUSCA LA ALEGRÍA
Cuando se presta atención a la experiencia común de los hombres y mujeres de todos los tiempos, se puede descubrir como una constante un deseo y una búsqueda de la alegría, y más aún de la felicidad. Este deseo ha sido fuente de reflexiones filosóficas e inspiración de innumerables obras artísticas tanto plásticas como poéticas y literarias. Es algo que también puede experimentar cada uno de nosotros en su propia vida.
Junto a esta realidad, es necesario reconocer también, como parte del patrimonio común de todos los seres humanos, el haber experimentado alguna vez, de alguna manera, algún tipo de alegría. Se trata, sin embargo, de una experiencia que resulta siempre imperfecta, frágil, quebradiza, de manera que «por una extraña paradoja, la misma conciencia de lo que constituye, más allá de todos los placeres transitorios, la verdadera felicidad, incluye también la certeza de que no hay dicha perfecta, la experiencia de finitud»[1], en fin, la constatación de que esas alegrías distan mucho del infinito eterno que el corazón anhela.
De manera pues que a partir del anhelo de una alegría ilimitada y de la experiencia de alegrías diversas pero siempre insuficientes, el hombre se encuentra con el hecho de su propia condición de limitación y finitud.
LA EXPERIENCIA DE LA TRISTEZA
Este deseo de la alegría se ve aún más contrastado cuando se examina no sólo la condición limitada del hombre, sino la realidad concreta en la que vive, que algunos han llegado a bautizar con el nombre de cultura de la acedia. Al mirar el mundo de hoy no podemos menos que «constatar que también él está dominado por los miedos, por las incertidumbres: ¿es un bien ser hombre, o no?, ¿es un bien vivir, o no?, ¿es realmente un bien existir?, ¿o tal vez todo es negativo? Y, en realidad, viven en un mundo oscuro, necesitan anestesias para poder vivir»[2].
Además, el dolor está presente de alguna u otra manera en la vida de todos, y frecuentemente se experimenta de forma opresiva y agobiante. Frente a eso muchas veces el ser humano «se encuentra sin recursos para asumir los sufrimientos y las miserias de nuestro tiempo. Éstas le abruman; tanto más cuanto que a veces no acierta a comprender el sentido de la vida; que no está seguro de sí mismo»[3] y se deja envolver por la tristeza, por la desesperanza.
Testigos de esta experiencia de sin sentido, de este contraste dramático entre la alegría que el hombre anhela y su condición limitada, y más aún, muchas veces miserable, han sido también numerosos pensadores, poetas, pintores, escultores y literatos, muchos de los cuales han llegado a formular sentenciosamente que la existencia humana es un absurdo, el absurdo de anhelar incansablemente una alegría que no se puede alcanzar.
LA FALSA ALEGRÍA
Frente al contraste mencionado más arriba, y a la aparente imposibilidad de una alegría verdadera y definitiva, los seres humanos se ven muchas veces lanzados a una búsqueda, incluso desesperada, de experiencias de alegría de cualquier tipo, sin importar lo falaces, sin sentido, superficiales y transitorias que puedan resultar. Se cae en el engaño de buscar en el poder, el tener y el placer sucedáneos de la verdadera alegría o, en el peor de los casos, anestesias para el dolor del sin sentido.
Sin embargo, «no es difícil, incluso para un observador que se mueva sólo en la línea de la psicología y la experiencia, descubrir que la degradación en el campo del placer y del amor es proporcional al vacío que dejan en el hombre las alegrías que engañan y defraudan»[4]. Y es que «la alegría que puede satisfacer el anhelo del hombre no es aquella transitoria y efímera de lo perecedero»[5]. Ninguno de estos sucedáneos, ninguna de estas experiencias fugaces e ilusorias, puede satisfacer el anhelo de auténtica alegría que permanece y resuena en el corazón humano.
LA LUZ DE LA FE
Cuando tratamos de comprender estas experiencias a la luz de la fe nos encontramos con el dato fundamental de la creación. Descubrimos no sólo que el mundo ha sido creado bueno (ver Gén 1,31), sino que el ser humano mismo ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (ver Gén 1,26) y llamado a encontrar la felicidad en la comunión de amor con Él. El hombre es «un ser hecho para la alegría, no para la tristeza»[6]. En efecto, «poniendo al hombre en medio del universo, que es obra de su poder, de su sabiduría, de su amor, Dios dispone la inteligencia y el corazón de su creatura al encuentro de la alegría y a la vez de la verdad. Hay que estar pues atento a la llamada que brota del corazón humano, desde la infancia hasta la ancianidad, como un presentimiento del misterio divino»[7]. El hombre anhela la verdadera alegría porque ha sido creado por Dios para la verdadera alegría, para la alegría que debe venir por el encuentro con la verdad.
¿De dónde viene entonces tanto dolor, tanta miseria, tanta opresión y tanta injusticia? También la fe nos ofrece una respuesta: el pecado original. Hecho para la felicidad y plenitud, llamado a la alegría en la comunión, el ser humano llevado por la tentación diabólica le dice “no” al camino de alegría verdadera que Dios le ofrecía y opta por buscar construir una alegría a su medida, lejos de la obediencia, del amor verdadero y de la comunión. Las consecuencias de esta ruptura con Dios se dejan ver en todos los niveles de relación del ser humano que ya no conoce el sentido de su vida y vocación, que ve en los otros o instrumentos o rivales peligrosos en su carrera por cosechar falsas alegrías y en todo lo creado un botín para saquear egoísta y violentamente.
Examinando este panorama y comprendiendo ya la situación actual del ser humano ¿queda espacio para otra cosa que no sea la justificada tristeza y desesperanza? ¿Hay alguna respuesta?
LA VERDADERA ALEGRÍA, LA ALEGRÍA EN EL SEÑOR
Lo que para el hombre resultaba imposible: la restauración de la falta cometida y recorrer el abismo que separa lo finito de lo infinito; es posible para Dios. El Verbo, la Segunda Persona de la Trinidad, movido por el amor de obediencia al Padre y por amor a nosotros se hace hombre eliminando el abismo que separaba nuestra condición finita del infinito que es el único que puede satisfacer nuestros anhelos; con su vida nos sirve de paradigma y modelo de vida; con su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión pagó nuestras culpas, nos libro de la muerte y nos abrió las puertas de la vida eterna.
Éste es el Evangelio, la buena noticia. Frente a las alegrías pasajeras y las falsas seguridades, en Cristo se nos ha manifestado el amor de Dios. «La fuente de la alegría cristiana es esta certeza de ser amados por Dios, amados personalmente por nuestro Creador, por Aquel que tiene en sus manos todo el universo y que nos ama a cada uno y a toda la gran familia humana con un amor apasionado y fiel»[8]. La alegría es pues consecuencia de la fe y debe acompañarla siempre. Por eso es necesario decir que «la alegría fue, es y debe ser emblemática del cristiano»[9]. Incluso al leer el Nuevo Testamento, «se puede constatar cómo la alegría está relacionada con el Señor y la vida cristiana»[10].
Se nos dice «alegraos en el Señor» (Flp 3,1) y es que «la alegría más auténtica está en la relación con Él, encontrado, seguido, conocido y amado, gracias a una continua tensión de la mente y del corazón»[11]. No se trata del «jolgorio ni la exaltación de un momento, cuya finitud reclama una constante sucesión de esos momentos de bienestar»[12], sino más bien de aquella realidad de armonía y gozo que «permanece y no es aniquilada por tribulaciones ni desventuras»[13]. La amistad con el Señor proporciona «paz profunda y serenidad incluso en los momentos oscuros y en las pruebas más arduas. Cuando la fe afronta noches oscuras, en las que no se “siente” y no se “ve” la presencia de Dios, la amistad de Jesús garantiza que, en realidad, nada puede separarnos de su amor (ver Rom 8,39)»[14] de manera que el apóstol puede afirmar «Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones» (2Cor 7,4).
COMPARTIENDO LA ALEGRÍA
Esta alegría sin par que estamos invitados a vivir en la vida cristiana debe ser compartida pues «la alegría de la fe es una alegría que se ha de compartir»[15]. De eso se trata justamente el apostolado. Este «servicio a la fe, que es testimonio de Aquel que es la Verdad total, es también un servicio a la alegría, y ésta es la alegría que Cristo quiere difundir en el mundo: es la alegría de la fe en Él, de la verdad que se comunica por medio de Él, de la salvación que viene de Él»[16].
No debemos olvidar que en esta tarea, somos cooperadores y seguidores de María quien siendo Ella misma maestra de esa vivencia de la alegría aún en medio del dolor, y del testimonio y anuncio de esa alegría a los demás[17], «desde que fue elevada al cielo distribuye alegrías en todo el mundo; se ha convertido en la gran Consoladora, en nuestra Madre, que comunica alegría, confianza, bondad, y nos invita a distribuir también nosotros la alegría»[18].
Pidámosle a la Madre que nos ayude y enseñe a vivir y compartir la alegría, recemos: Compartiendo la alegría[19]:
¡Madre mía! ¡Qué feliz estoy! Quiero hoy contigo compartir la alegría que tan intensamente vivo.
Deseo también pedirte que me ayudes a participar a otros el alborozo que me embarga, pues estoy firmemente convencido de que la alegría, así como el amor, son realidades que se difunden por el testimonio y por la comunicación.
Amén.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
En el Señor desaparece la tristeza y da la alegría: Tob 7,16; Sal 30,12; Neh 8,10; Jn 16,20.
Las falsas alegrías: Prov 14,12-13; 15,21; Is 22,13.
La alegría en el Señor: Sal 32,11; Lc 2,10-11; Jn 15,11; Jn 19,28; Flp 3,1.
La alegría que permanece: Jn 16,22; Rom 12,12; Heb 10,34.
La alegría en medio del sufrimiento y de las tribulaciones: Mt 5,6; 2Cor 7,4; 2Cor 8,2; Col 1,24; 1Pe 1,6; 1Pe 4,13.
Compartir la alegría: Lc 1,41; Jn 15,11; 1Cor 12,26; 3Jn 3.
La alegría de María: Lc 1,28; Lc 1,41; Lc 1,47.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
¿Qué significa para ti la alegría?
¿Te maravillas y llenas de gozo por saberte amado siempre por Dios?
¿Qué puedes hacer para poder detectar la tentación de esta falsa alegría y alejarte de ella?
¿Sueles caer en tristeza? ¿Por qué?
¿Vives esta amistad con el Señor?
[1]Pablo VI, Gaudete in Domino, I.
[2]Benedicto XVI, Homilía durante la misa celebrada en la parroquia romana de Nuestra Señora de la Consolación, 18/12/2005.
[3]Pablo VI, ob. cit., I.
[4]Juan Pablo II, Audiencia general, 19/6/1991, 1
[5]Luis Fernando Figari, Dolor y alegría. Reflexiones de Viernes Santo, VE, Lima 2005, p. 19.
[6]Juan Pablo II, ob. cit., 2
[7]Pablo VI, ob. cit., I.
[8]Benedicto XVI, Discurso en la asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 5/7/2006
[9]Luis Fernando Figari, ob. cit., p. 40.
[10]Allí mismo., p. 41.
[11]Benedicto XVI, Ángelus, 15/1/2006.
[12]Luis Fernando Figari, ob. cit., p. 19.
[13]Allí mismo, p. 19.
[14]Benedicto XVI, Ángelus, 15/1/2006.
[15]Benedicto XVI, Discurso en la asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 5/7/2006.
[16]Benedicto XVI, Discurso en la asamblea plenaria de la Congregación para la doctrina de la fe, 10/2/2006
[17]Como se puede ver por ejemplo en la escena de la Visitación y especialmente en el canto del Magnificat (ver Lc 1,31-47).
[18]Benedicto XVI, Homilía durante la Misa celebrada en la parroquia romana de Nuestra Señora de la Consolación, 18/12/2005.
[19]Oración tomada de Luis Fernando Figari, Con María en oración, Fe, Lima 2004, p. 75.
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