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«OS HA NACIDO UN SALVADOR»
 

«Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor»[1]. Con estas palabras el Evangelista Lucas narra la aparición del ángel a un grupo de pastores la noche misma que fue testigo del nacimiento del Reconciliador.En estos días en los que nos preparamos para celebrar una vez más la venida del Señor Jesús, el anuncio del ángel nos recuerda el horizonte de gozo y alegría que significa el nacimiento del Hijo de Dios.«No es posible hacer lugar a la tristeza, cuando celebramos el nacimiento de la vida»[2] señalaba el Papa León Magno en una homilía sobre la Navidad en el siglo V.Es una noticia que invita a toda la creación a cantar al Señor un cántico nuevo: «Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque»[3].

Es la alegría una característica de esta fiesta, una alegría profunda y un gran júbilo por el inmenso don que significa para la humanidad la Encarnación del Señor Jesús, Dios que se hace hombre para salvarnos.La Navidad nos recuerda esa verdad fundamental, que no es una realidad pasada, sino un acontecimiento que se despliega a través de la historia hasta nuestros días.Ante esta realidad, la invitación del ángel a los pastores exhortándolos a «no tener miedo» se abre para nosotros con un horizonte de esperanza, un llamado a acoger en nuestra vida cotidiana el amor inmenso de Dios por la humanidad, que se manifiesta de modo sublime en la Encarnación y a anunciarlo con el mismo gozo de los pastores.

UNA ESPERA ATENTA

Como todos los años, es una época de mucha actividad, y sabemos que ello puede ayudar a prepararnos para este misterio, si le damos el sentido que corresponde.Entonces, la actividad no nos debe impedir el prepararnos, sino por el contrario nos debe animar a tener una «actitud despierta» y reverente para profundizar en el gran misterio que celebramos.Esta actitud nos recuerda la que tuvieron precisamente los pastores.Según la tradición, ellos estaban en un villorrio distante un kilómetro y medio de Belén, turnándose en la custodia de las ovejas durante las cuatro vigilias en las que se dividía la noche.Despiertos en el silencio nocturno, mientras permanecían vigilantes, fueron testigos de un hecho milagroso.Vienen a la mente aquellas palabras con las que el Señor Jesús concluye la parábola de las vírgenes prudentes y las necias: «Así que velad vosotros, ya que no sabéis ni el día ni la hora»[4].Y también aquellas del mismo San Lucas: «Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá»[5].

Así como los pastores que velaban la noche, la celebración de la Navidad nos invita en primer lugar a una actitud «de vigilia», que se traduce en nuestra vida cotidiana en una preparación para lo que vamos a celebrar.No se trata de esperar a la noche de Navidad para celebrar y acordarnos recién entonces del significado de esta fiesta que envuelve un profundo misterio.Como sabemos por experiencia, la preparación es fundamental, e implica principalmente una dinámica de encuentro más profunda con Dios y con nosotros mismos, que se debe manifestar también en la vida cotidiana.El tiempo litúrgico del Adviento nos ofrece un marco hermoso para disponer nuestros corazones, para que la celebración de la Navidad sea ocasión de celebrar el nacimiento del Hijo de Dios también en el corazón de cada uno de nosotros.

La preparación supone reflexión y toma de conciencia.Implica además un camino, un recorrido.Los pastores estaban dispuestos a oír la palabra de Dios a través del anuncio del ángel, pero no sólo la oyeron, sino que con corazón abierto se pusieron en camino hasta el pesebre, donde encontraron al niño junto a Santa María y San José.La vigilancia de los pastores era disponibilidad, en primer lugar para escuchar, pero también para ponerse en camino al encuentro de Jesús.Similar actitud tuvieron los Reyes Magos venidos de Oriente, que atentos a las señales de los tiempos, emprendieron también un intenso camino hacia el encuentro del Niño Dios.

LUZ DEL MUNDO

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande»[6].Son palabras del profeta Isaías que la tradición de la Iglesia ha interpretado en referencia al nacimiento del Señor Jesús.Vienen a la memoria cuando San Lucas narra la aparición del ángel a los pastores.«Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor»[7].Es la irrupción de la luz de la gloria divina, que ilumina al mundo y en particular al hombre.«Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna», nos dice San Juan[8], recordando que donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz.

Sobre estas palabras el Papa Benedicto XVI destacaba que luz también significa «conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia»[9].Precisamente, a la luz del misterio de la Encarnación, hay un tipo de conocimiento que aparece como fundamental, una verdad que se expresa con todo su esplendor y que nunca debe dejar de maravillarnos.Es la verdad sobre el hombre, la verdad sobre cada uno de nosotros que se desprende de esta realidad.«Oh, cristiano, reconoce tu dignidad y, hecho partícipe de la naturaleza divina, no quieras retornar a la antigua vileza con una conducta ajena a tu estirpe»[10], decía el Papa San León Magno.En nuestros días el Concilio Vaticano II, como sabemos bien, nos ha recordado también a Cristo como clave para comprender la identidad del hombre y su dignidad.

La reflexión sobre la identidad del hombre, iluminada a la luz del misterio de la Encarnación y del Nacimiento del Señor Jesús, es ocasión para emprender con renovado esfuerzo aquel camino de conversión y de configuración con Cristo: «Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con Él, para que podamos llegar a ser semejantes a Él»[11].Vale la pena ser persona humana pues Dios se ha hecho hombre, y ello nos lleva a considerar la magnitud y el valor inalienable de cada persona, y sobre todo, nos debe llevar a vivir en coherencia con aquella dignidad, recorriendo «el camino ascensional del encuentro y felicidad plena en la Comunión Divina de Amor»[12].

A SER SANTOS

Aunque el nacimiento del Señor Jesús tuvo lugar en medio de la pobreza y la humildad, estuvo rodeado de gloria divina.Gloria, recordaba el Papa Juan Pablo II, no significa sólo esplendor externo, sino que «significa ante todo santidad»[13] .«La hora del nacimiento del Hijo de Dios en el establo de Belén es la hora en que la santidad de Dios irrumpe en la historia del mundo»[14].La noche de Navidad es la «noche santa», que señala además el inicio de la santificación del hombre por obra de quien es el único «Santo de Dios».El Emmanuel, «Dios-con-nosotros», se hace hombre entre los hombres para que en Él y por medio de Él todo ser humano se haga «hijo en el Hijo»[15].Con su nacimiento nos introduce en la dimensión de la divinidad, abriendo a quien tiene fe la posibilidad de participar en la misma vida divina.

Por eso, la celebración de la Navidad es una urgente invitación a renovarnos con ardor en nuestro compromiso con la santidad, con una coherencia de vida que nos haga partícipes de ese hermoso y grandioso don que es el llamado a la comunión divina de Amor.La celebración de la Navidad nos recuerda esa dimensión fundamental de todo bautizado, que el Señor Jesús nos alcanza a través de su Nacimiento, Muerte y Resurrección, que es la filiación, el ser hijos de Dios, y por tanto «herederos» del Reino.Es un llamado a la santidad, a vivir en nuestra vida todo el alcance y la plenitud de lo que significa para la persona la Encarnación del Verbo.

«Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor».Nos toca a nosotros hacer que la gracia de Dios no caiga en saco roto.Nos toca a nosotros aprovechar este tiempo de Navidad para reflexionar sobre el inmenso don que significa la Encarnación del Verbo, dejar iluminar nuestras vidas por aquella luz que resplandece desde el pesebre de Belén, que irradia nuevos horizontes y da calor a los corazones.Se trata de poner medios concretos para disponer nuestros corazones, para convertirnos cada vez más y llevar así «una vida digna del Evangelio de Cristo»[16].

Ello implica, de modo especial, el compromiso de anunciar al Señor Jesús, de dar testimonio de su nacimiento entre los hombres: «Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad»[17]. En la labor evangelizadora nos asociamos de modo especial a Santa María, cuya presencia debe ser fundamental en la preparación para la venida del Señor Jesús.De su mano recorramos este tiempo de preparación y espera gozosa, para que sea tiempo de abundantes frutos en nuestras vidas y en las de los que nos rodean.Frutos, en primer lugar, de santidad: «Ser santos como yo soy santo»[18], nos dice Dios, que se ha hecho uno de nosotros para mostrarnos el camino al encuentro definitivo con el Padre.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • «Os ha nacido un Salvador»: Lc 2,8-13.
  • Una espera atenta: Mt 25,13 ; Mc 13,33-37 ; Lc 12,37.
  • Luz del mundo: Is 9,1 ; Lc 2,9 ; Jn 8,12 ; 1Jn 1,5.
  • A ser santos: Lev 11,45 ; Jn 18,37 ; Rom 8,17 ; Fil 1,27 ; 1Pe 1,16.
  • Santa María y la Navidad: Lc 2,1-7 ; 2,16 ; 2,19.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Cuál es el motivo de la alegría en la Navidad? ¿Por qué es importante compartir esta alegría con los demás? ¿Qué cosas concretas puedo hacer para compartir la alegría de la Navidad con las demás personas?
  2. ¿Qué elementos del tiempo de Adviento pueden ayudarme en mi preparación para la Navidad? ¿Qué medios concretos voy a ponerme en este tiempo?
  3. ¿Qué significa decir que el Señor Jesús es la luz del mundo? ¿Qué implicancias concretas tiene para mí vida?
  4. ¿Porqué la Navidad es una ocasión especial para crecer en santidad?
  5. ¿Qué cosas concretas me enseña Santa María en la Navidad?

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[1] Lc 2,11.

[2] León Magno, Homilía primera sobre la Navidad.

[3] Sal 95,11-12.

[4] Mt 25,13.

[5] Lc 12,37.

[6] Is 9,1.

[7] Lc 2,9.

[8] 1 Jn 1,5.

[9] S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 24/12/2005.

[10] San León Magno, Homilía primera sobre la Navidad.

[11] S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 24/12/2005.

[12] Luis Fernando Figari, «Nace el Niño Manuel», Mensaje del 24 de diciembre de 2001.

[13] S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Misa de Nochebuena, 24/12/1995.

[14] Allí mismo.

[15] Cf. Rom 8,17.

[16] Fil 1,27.

[17] Jn 18,37.

[18] Cf. Lev 11, 45; 1Pe 1,16.