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SER FUERTES EN EL SEÑOR
 

Entre los miembros del Movimiento no es infrecuente que nos recordemos la frase siguiente: "cada bendición de Dios trae consigo una responsabilidad para quien la recibe". Esto cobra aún más actualidad cuando recordamos lo que el Papa Benedicto XVI constataba en la homilía de la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia, en el 2005, que «en los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad». Y añadió el Santo Padre que: «la espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles»[1].

MEMORIA ACTIVA

Buscando acoger con humildad esta orientación del Papa, guiados por la sencillez de María Inmaculada, queremos atesorar los dones que Dios nos da y buscar responder a ellos con coherencia. Entre ellos podemos hacer memoria viva de un acontecimiento singular para el MVC como lo fue la Peregrinación de Pentecostés 98 a Roma. Más aún en este tiempo de preparación para una celebración similar en Pentecostés 2006.

Todavía permanece vivo entre nosotros el recuerdo de aquella fiesta de fe en la Solemnidad de Pentecostés de 1998. Fue un momento de grandes bendiciones experimentadas como Movimiento. Se debe mencionar, ante todo, los encuentros con el Santo Padre Juan Pablo II, convocado ya a la Casa del Padre, y también aquellos Pastores de la Iglesia que nos ofrecieron su apoyo, aliento y consejo. Todo ello reflejó entonces lo que viene siendo una característica clave de nuestra espiritualidad: la eclesialidad.

¿Y dónde sucedió todo esto? En Roma, la ciudad de Pedro, la ciudad de los Papas, sede del Pastor Universal de la Iglesia, ciudad además de mártires y santos testigos de la fe. Por todo ello nuestro Fundador nos exhortó entonces a vivir un dinamismo pedagógico muy singular denominado: "aprendiendo Roma". En aquella ocasión nos dijo: «Roma nos invita con la elocuencia de su fuerza espiritual a desplegarnos como personas y vivir cotidianamente la fe y anunciar, sin miedos ni temores, a anunciar con la voz alta de la coherencia de nuestras vidas y de nuestra palabra que el Señor Jesús es quien nos redime y reconcilia»[2].

NUESTRA FUERZA ES EL CRUCIFICADO

El anterior ejercicio de "memoria activa" nos pone, pues, ante la necesidad de cultivar una respuesta valiente y generosa, sostenida por la gracia y una intensa colaboración de nuestra libertad. Se trata de una respuesta "fuerte".

En relación a ello hemos de tener presente, ante todo, que el Verbo de Dios se hizo carne asumiendo la debilidad humana. Por ello es que «no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado»[3]. El Señor Jesús, nuestro hermano, en un acto supremo de fortaleza, entregó su vida obedientemente al Padre en la cruz para nuestra reconciliación. Precisamente «nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios»[4]. En ese sentido enseña el Papa Benedicto XVI: «El Dios que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores»[5].

¡Se trata de una paradoja! Y es que no todo acabó con la muerte de Cristo en la cruz, pues el amor del Padre de la Vida, más fuerte que el pecado y la muerte[6], se manifestó omnipotente «conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos»[7]. Como cristianos estamos llamados a acoger la fuerza de la resurrección en nuestras vidas, dispuestos a morir a todo lo que es muerte para nacer a la verdadera vida.

FORTALEZA EN LA DEBILIDAD...

Nos explica con claridad el Catecismo de la Iglesia Católica que «la fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien». Y describiendo un poco más esta virtud cardinal continúa: «reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. "Mi fuerza y mi cántico es el Señor"[8]. "En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo"[9]»[10]. Podemos concluir que esta virtud lleva a defender y alcanzar el bien arduo con una profunda alegría, que trasciende la experiencia del dolor, siendo capaces de exclamar con el Apóstol: «Todo lo puedo en Aquel que me hace fuerte»[11].

Una de las paradojas del ser cristiano consiste precisamente en reconocernos frágiles para poder ser fuertes, según el testimonio del Apóstol de gentes que narra cómo pedía a Cristo ser librado de sus debilidades: «Pero Él me dijo: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"». En base a esa respuesta del Señor, San Pablo dice lo siguiente: «Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte»[12]. ¡Qué hermoso ejemplo para nuestra vida cristiana! La virtud de la fortaleza pasa también por la humildad de reconocer nuestras propias debilidades y la conciencia de la necesidad de cooperar activamente con la gracia que el Señor nos da. «En efecto, es Él (Cristo) quien, con la fuerza de su gracia, da a seres frágiles la valentía de testimoniarlo ante el mundo»[13].

...EN UN MUNDO DE "OPCIONES DÉBILES"

Una de las características más saltantes del tiempo en que vivimos es la del "pensamiento débil" y de las "adhesiones débiles". Muchos hombres y mujeres de hoy, engañados por la confusión en sus mentes y corazones huyen del compromiso como si fuese el gran obstáculo a su libertad.

Este problema nos afecta incluso a los cristianos, llamados a "estar en el mundo sin ser del mundo". Por ello denunciaba nuestro Fundador que tal esquema de pensamiento y acción tiende a «amedrentar a aquellos hijos de la Iglesia que se dejan amedrentar. Tiene el efecto de modificar la conducta de quienes deberían ser consecuentes anunciadores de la verdad, evangelizadores que tras las huellas del Señor Jesús anuncien la Buena Nueva y no arranquen páginas o palabras incómodas del Evangelio(...) para no ser censurados»[14].

¿Qué hacer ante esta realidad? «Ante ello quizá sería bueno recordar el mandamiento del Señor: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes"(...) y, respondiendo a la fuerza de la gracia, cooperar con el Plan de Dios, haciendo memoria de aquella otra sentencia del Reconciliador, y llevándola en el corazón: "Lo imposible para los hombres es posible para Dios"»[15].

TESTIGOS FUERTES DEL AMOR

Hemos sido convocados a "permanecer firmes en el Señor", a ser -con humildad, pero en respuesta al llamado de Dios- "testigos fuertes del Amor de Dios" en medio de las dificultades de un mundo que ha optado por caminos de muerte. Precisamente sobre esto enseña San Agustín que la fortaleza es un «testigo incontestable»[16] de la existencia del mal.

Entre los medios concretos para avanzar por este camino podemos recordar aquellos que nos propone el Papa Benedicto XVI para crecer en ser fuertes y valientes de corazón: «Procurad alimentaros espiritualmente con la oración y con una intensa vida sacramental; profundizad en el conocimiento personal de Cristo y tended con todas las fuerzas a la santidad, el "alto grado de la vida cristiana", como solía decir el querido Juan Pablo II»[17]. Ejemplares testigos de este amor son los santos, que han sacado de la Eucaristía el alimento de una caridad activa y, a menudo, heroica. En el amor y entrega total al Plan de Dios encontraban la fuerza para el apostolado. «Precisamente las cosas invisibles son las más profundas e importantes. Por eso, vayamos al encuentro de este Señor invisible, pero fuerte, que nos ayuda a vivir bien»[18].

Preparémonos así también para la gran celebración eclesial de la Solemnidad de Pentecostés 2006.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Correr con fortaleza la carrera de la vida cristiana: Heb 12, 1-2
  • Llamados a permanecer fuertes en la gracia de Cristo: 2Tim 2,1-2; Ef 6,10-11.
  • Llamados a dar testimonio fuerte del Señor: 2Tim 1,8.
  • Ser fuertes en medio del sufrimiento: Col 1,11-12.
  • La gracia de Dios se muestra perfecta en la flaqueza: 2Cor 12,9-10.
  • Nuestra fuerza proviene de Dios, no de nosotros: 2Cor 4,7.
  • Llamados a ser fuertes y a hacerlo todo con amor: 1Cor 16,13-14.
  • Predicamos a Cristo crucificado, fuerza de Dios: 1Cor 1,18.23-24.
  • Rebosaremos de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo: Rom 15,13; Hch 1,8.
  • El Evangelio es fuerza de salvación: Rom 1,16.
  • Permanecer vigilantes para tener fuerza: Lc 21,36.
  • El Señor es nuestra fuerza: Hab 3,19; Sal 71,3; 84,6; 105,4.
  • La esperanza anima la fortaleza: Sal 31,25.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Qué importancia tiene mi activa participación en la preparación para el encuentro de Pentecostés 2006? ¿Qué estoy haciendo?
  2. ¿Qué relación tiene la virtud de la fortaleza con tu apostolado? ¿Qué vas hacer para crecer aún más en esta virtud?
  3. ¿Por qué decimos que "nuestra fuerza es el Crucificado"? ¿Qué te enseña el Señor Jesús sobre la fortaleza?
  4. ¿Cómo está tu compromiso personal con el Señor Jesús? ¿Y tu compromiso apostólico?
  5. ¿Por qué María es modelo de fortaleza? ¿Qué cosas concretas te enseña nuestra Madre en la vivencia de esta virtud?

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[1] S.S. Benedicto XVI, Homilía, domingo 21 de agosto de 2005.

[2] Luis Fernando Figari, Aprendiendo Roma en Peregrinaje de Fe. Pentecostés '98, Fondo Editorial, Lima 1998, p. 102.

[3] Ver Heb 4,15.

[4] 1Cor 1, 23-24.

[5] S.S. Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio de su ministerio petrino, domingo 24 de abril de 2005.

[6] Ver Cant 8, 6.

[7] Ef 1, 19b-20

[8] Sal 118,14.

[9] Jn 16,33.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica, 1808.

[11] Flp 4,13.

[12] 2Cor 12,9-10.

[13] S.S. Benedicto XVI, Discurso, jueves 18 de agosto de 2005.

[14] Luis Fernando Figari, Lenguaje, homogeneización y globalización en Revista VE, año 14, No. 39, enero-abril de 1998, p. 98.

[15] Allí mismo, p. 101.

[16] San Agustín, La ciudad de Dios, 19,4.

[17] S.S. Benedicto XVI, Discurso, sábado 4 de junio de 2005.

[18] S.S. Benedicto XVI, Encuentro con los niños, sábado 15 de octubre de 2005.