|
«¿Cómo llegar a Cristo? ¿Es suficiente la fe? Sí. pero la fe, a
su vez, comporta unas disposiciones; y éstas dependen también de nuestra libre
voluntad, de nuestra cooperación bajo el influjo de la gracia»[1].
El Concilio Vaticano II enseña que «todos en la Iglesia, ya
pertenezcan a la jerarquía, ya sean guiados por ella, están llamados a la
santidad, según expresión del Apóstol: la voluntad de Dios es vuestra
santificación[2]»[3].
Pero, ¿es esto posible? ¿No excede absolutamente a nuestras posibilidades? Sin
embargo, es lo que Cristo mismo pide a sus discípulos: «sed perfectos como
perfecto es vuestro Padre celestial»[4].
Si el Señor Jesús lo pide, ¿no es porque verdaderamente es posible? Estemos
convencidos de ello, pues Él es veraz y sólo quiere nuestro bien, como lo ha
mostrado. Así, quien aspira a la santidad convencido de que, aunque difícil, es
posible, se apresta a poner su máximo empeño para responder a tal llamado. Y lo
hace porque comprende bien que la santidad es al mismo tiempo obra de Dios y
suya: de Dios, por el don y su gracia; suya, por su fiel y constante
cooperación a la acción divina. Lo que es imposible sin Él[5],
con Él sí es posible[6].
NECESARIA COOPERACIÓN PARA NUESTRA SALVACIÓN
Supuesto el don y la gracia que nos es dada en abundancia[7],
queremos reflexionar ahora sobre lo que nos toca a cada uno de nosotros:
nuestra cooperación con la acción divina.
Saliendo al paso de cualquier quietismo o mediocridad en nuestra
respuesta a Dios, San Pedro alienta, una vez recibido el don, a poner «el mayor
empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección»[8].
Tal cooperación se da mediante el ejercicio de diversas virtudes que conducen
finalmente a la perfección de la caridad, que en eso consiste la
santidad: ser perfectos en el amor, amando como Cristo mismo, amando con
sus mismos amores.
También San Pablo exhorta a los creyentes a «trabajar con temor
y temblor por vuestra salvación»[9].
De sí mismo dice que «por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de
Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos.
Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo»[10].
El binomio gracia-cooperación es evidente.
Entre los padres de la Iglesia afirmaba San Agustín: «el que te
creó sin tu intervención, no te salvará sin tu cooperación»[11].
Y una máxima atribuida a San Ignacio de Loyola reza de este modo: «Orad como si
todo dependiese de Dios y trabajad como si todo dependiese de vosotros»[12].
Máxima confianza en Dios y máximo esfuerzo por nuestra parte. Oración y acción
están unidas en un binomio inseparable, que en nuestra vida cotidiana se
reflejan en otra máxima muy importante: La vida activa se funda en la raíz de la
oración y se despliega haciendo que la acción sea también oración.
LA "ORACIÓN DEL IDEAL"
Para alentarnos a vivir la cooperación con la gracia tenemos una
oración que es muy iluminadora: «Santa María, ayúdame a esforzarme según el
máximo de mi capacidad y el máximo de mis posibilidades para así responder al
Plan de Dios en todas las circunstancias concretas de mi vida».
Ante todo nos dirigimos a quien es Modelo y Maestra de máxima
cooperación con Dios y sus amorosos designios[13].
A Ella le pedimos humildemente, como hijos suyos que somos en el orden de la
gracia, que nos enseñe y ayude a cooperar con la gracia divina como Ella supo
hacerlo.
Con el objeto de responder al Plan de Dios en nuestras vidas, le
pedimos ayuda para algo muy específico: para poder esforzarnos al máximo de
nuestras propias capacidades y posibilidades. Supuesta la gracia, nuestra
respuesta no puede ser mediocre. Ciertamente no podemos aspirar a algo que
supere nuestras capacidades y posibilidades, lo que sería soberbia y
presunción. Pero tampoco podemos aspirar a menos. ¡No dar lo que uno dentro de
los amorosos designios divinos está llamado a dar sería una gran injusticia,
para con uno mismo y para con los demás! Por tanto, con humildad, procurando un
recto conocimiento y aceptación de sí mismo, cada cual debe aprender a conocer
sus límites pero también sus verdaderas capacidades y posibilidades.
Los falsos límites que muchas veces nos ponemos obedecen más a
miedos, temores, vanidades, flojeras (la "ley del mínimo esfuerzo"),
mezquindades y mediocridades, etc. Son esos "límites" los que irán cayendo en
la medida en que mantengamos una actitud del "máximo esfuerzo" por responder a
lo que Dios nos pide en el día a día. Lo que soy capaz de hacer, lo que es
posible que haga sostenido por la gracia, sólo lo descubriré en la medida en
que ponga lo mejor de mí mismo en cada cosa que haga, y no me preocupe tanto de
si podré o no hacerlo.
De otro lado hay que tener cuidado de no caer en un "vano
perfeccionismo", que vive siempre entristecido o tenso en exceso por no haber
realizado las metas que "debería realizar". Se hace necesaria una dosis de
humildad, que es "andar en verdad" también sobre las propias capacidades y
posibilidades, y el recurrir al consejo de personas prudentes para hacer un
recto discernimiento sobre lo que pretendemos realizar y sobre el juicio que
hemos de hacer sobre nuestros esfuerzos.
En general debemos decir que en el esfuerzo por responder al
Plan de Dios, a la gracia y a los dones recibidos, hay que aspirar a dar
siempre más, no siempre menos. Sólo así podremos crecer hasta alcanzar la
perfección en la caridad. Sólo así podremos alcanzar la misma estatura del
Señor Jesús. Sólo así podremos, por obra de la misma gracia divina, llegar a
ser lo que estamos llamados a ser: «santos e inmaculados en su presencia, en el
amor»[14].
UN MODO PRÁCTICO DE VIVIR LA ORACIÓN DEL IDEAL
Practicar la oración del ideal nos lleva por un camino
seguro a la santidad, que podemos definir también como un hacer lo ordinario de
modo extraordinario. Quien en su anhelo de responder fielmente al Plan
de Dios se esfuerza al máximo de sus capacidades y posibilidades en todo lo que
hace, procura justamente hacer las cosas ordinarias de modo extraordinario,
permitiendo así que la gracia divina obre en sí una continua transformación y
configuración con el modelo de plena humanidad: el Señor Jesús, hijo de Santa
María.
Un medio sencillo para recorrer este camino de máxima exigencia
será el realizar tus obras atendiendo de la mejor manera posible a lo que estás
haciendo en el momento presente. Así, por ejemplo, si estás rezando, ten el
mayor cuidado en no distraerte pensando en el estudio, o en el negocio, o en
tal o cual problema, persona, etc. Para eso destinarás otros momentos. ¡En ese
momento debes poner todos tus sentidos y capacidades al servicio de lo que
estás haciendo! Lo mismo podemos decir del estudio, del trabajo, del
apostolado, etc. Dedícate enteramente, con la mente, con el cuerpo y con el
alma, a lo que te toca hacer en ese momento, hazlo de la mejor manera posible,
buscando con ello dar gloria al Señor[15].
Y así en todo. Cada cosa tiene su momento, y lo que te toca hacer en ese
momento, es lo que debes hacer de la mejor manera posible, poniendo en ello tu
máxima concentración, dedicación y empeño, procurando hacerlo de modo
extraordinario. ¡Así estás cooperando concretamente con la gracia que el Señor
está derramando en ti, permitiendo que fructifique en ti poco a poco,
haciéndola fecunda, transformando todo tu ser y quehacer en un acto
ininterrumpido de oración y de alabanza a Dios.
De lo anterior se desprende también la enorme conveniencia de tener un horario
personal, mediante el cual puedas organizarte en tus actividades de la mejor
manera posible, siempre teniendo como horizonte y criterio de discernimiento el
Plan de Dios para ti. Así, en el tiempo destinado para ello, podrás hacer las
cosas que debes hacer de la mejor manera posible.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Dios derrama en nosotros su gracia abundante: 2Cor 9,8.14; Rom
5,20; 2 Tim 1,9.
-
La activa cooperación con la gracia es necesaria: 1Cor 15,10;
2Cor 6,1.
-
Llamados a ser santos: Lev 19,2; Mt 5,48; 1Tes 4,3; Ef 1,4; La
obra de nuestra santificación es en parte de Dios y en parte nuestra: Lev
20,7-8; debemos trabajar seriamente en la tarea de nuestra propia
santificación: Flp 2,12; en esta tarea hemos de poner nuestro mayor empeño: 2Pe
1,5.10.
-
Sin el Señor nada podemos: Jn 15,5; mas lo que es imposible
para nosotros, Él lo hace posible: Lc 18,27; en Él encontramos la fuerza: Flp
4,13; Rom 8,26.
-
No basta decir "yo creo", es necesario cooperar: Mt 7,21; Stgo
2,14-22.
-
De una activa cooperación con los dones recibidos depende
nuestro destino eterno: Mt 25,15-16.26-28.
-
Santa María coopera: Lc 1,38; y nos invita a la cooperación:
Jn 2,5.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Soy consciente del llamado que Dios me hace a ser santo?
¿Cómo estoy respondiendo a este llamado?
-
¿Suelo confiar en la acción de la gracia de Dios en mi vida?
¿Qué importancia tiene la gracia de Dios en mi camino hacia la santidad?
-
¿Por qué mi propia cooperación con la gracia es importante?
¿Cómo evalúo mi propia cooperación?
-
¿Qué le pides a Santa María al rezar la "Oración del ideal"?
¿Estoy esforzándome al máximo de mi capacidad y mis posibilidades en el
cumplimiento del Plan de Dios?
-
¿Qué cosas concretas voy hacer para cooperar con la gracia que
Dios me da?
[1] S.S.
Pablo VI, Catequesis, 16 de febrero de 1972.
[7] Ver
Rom 5,5; 2Cor9, 8.14.
[12]
Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2834.
[13]
Ver Lc1, 38; Jn 2,5.
[15]
Ver 1Cor 10,31; Col 3,23.
|