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Son multitud los que hoy en día exaltan la libertad. Sin
embargo, con frecuencia la fomentan de una forma viciada, como si fuera pura
licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite o que satisfaga los
propios intereses. Y es que encontramos, desde la perspectiva moral, diversas
formas de entender la libertad que están equivocadas: "hacer lo que me gusta",
"no hacer lo que no me gusta", "que no tenga límite alguno", "pensar, decir y
hacer lo que me parece", "obrar como la situación me inspire", etc. Pero, ¿es
realmente esto la libertad? Nuestra misma experiencia personal nos demuestra
que unas opciones nos conducen a la vida y otras a la muerte. Por lo tanto, la
libertad debe tener algunas referencias para ser auténtica. ¿Cuáles son?
LLAMADOS A LA LIBERTAD
Nuestra vocación es la libertad[1].
Dios nos ha creado libremente y nos ha invitado a participar de su comunión
amorosa. Esta invitación, por ser tal, puede ser rechazada por el ser humano,
aunque no sin graves consecuencias: «El Señor creó al hombre al principio y lo
entregó en poder de su albedrío. Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es
prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a
lo que quieras. Delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él
escoja»[2].
San Agustín nos hace tomar conciencia de ello al decirnos:
«Eres, al mismo tiempo, siervo y libre; siervo, porque fuiste hecho; libre,
porque eres amado de Aquel que te hizo, y también porque amas a tu Hacedor».
Pero cabe la posibilidad de perder el norte de la existencia y por ello nos
advierte: «¡No busques una liberación que te lleve lejos de la casa de tu
Libertador!»[3].
LA ESCLAVITUD DEL PECADO
¿Quién de nosotros no ha "salido de su casa" y experimentado la
esclavitud del pecado, la postración en que nos deja, el vacío desconsolador
que nos atrapa cual red que entorpece el movimiento? ¿Quién no ha quedado
fascinado por "cadenas de oro" que nos atan y que impiden volar hacia esa
libertad que ansiamos y proclamamos a grandes voces se realice en nuestra vida?
¡Y es que precisamente la esclavitud del pecado es el gran obstáculo a nuestra
libertad! Por ello el mismo Señor Jesús sentenció: «En verdad, en verdad os
digo: todo el que comete pecado es un esclavo»[4].
Escrutando en nuestro interior nos descubrimos llamados a
realizar obras grandes cooperando con la gracia, pero, ¿cuántas veces nos
conformamos mediocremente con un "vuelo alicorto" en la vida espiritual e
intelectual o en el trabajo apostólico? Los vicios arraigados por pasiones
desordenadas son cadenas interiores que nos esclavizan y nos llevan a una
actitud medio queredora. Por esto mismo nos enseña nuestro Fundador:
«Cuando flaqueamos en la búsqueda de la verdad y en el ejercicio de la voluntad
encaminada según ella, es decir cuando actuamos de espaldas a nuestra mismidad,
vamos debilitando la libertad propia... Recordemos que la auténtica libertad...
es la que iluminada por la verdad opta sin dejarse limitar por el hecho de que
tal camino no se ajusta al facilismo, a la sensualidad, al sentimentalismo, a
lo que más gusta, etc., etc. Por todo ello hay que ser muy consciente de que el
dejarse llevar por el imperio de fuerzas que dominan a la persona y la conducen
más allá del libre ejercicio de la libertad, la va hundiendo al nivel de cosa,
la despersonaliza, al menos psíquicamente»[5].
EL MISMO SEÑOR JESÚS ES LA LIBERTAD
«Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y
no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud»[6].
A pesar de tantos y tan graves obstáculos, aún ansiamos con todo nuestro ser
encontrar la auténtica libertad. ¿Dónde encontrarla? Sólo Dios puede darnos una
respuesta plena a esta pregunta. «El Señor es el Espíritu, y donde está el
Espíritu del Señor, allí está la libertad»[7].
Sólo Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida puede darnos lo que anhelamos:
«Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres»[8].
El Señor Jesús está en el inicio, en el trascurso y en el fin de la libertad:
por Él hemos sido liberados, con Él nos hacemos libres, en Él viviremos la
auténtica liberación.
El Divino Maestro manifiesta no sólo con sus palabras, sino
también con su misma vida, que la libertad sólo se realiza en el amor, es
decir, en el don de uno mismo. «La contemplación de Jesús crucificado es la vía
maestra por la que la Iglesia debe caminar cada día si quiere comprender el
pleno significado de la libertad: el don de uno mismo en el servicio a Dios y a
los hermanos»[9].
Por todo ello podemos concluir que el Señor Jesús, esplendor de la verdad, «es
la síntesis viviente y personal de la perfecta libertad en la obediencia total»
al Plan del Padre, «su carne crucificada es la plena revelación del vínculo
indisoluble entre libertad y verdad» y «su resurrección de la muerte es la
exaltación suprema de la fecundidad y de la fuerza salvífica de una libertad
vivida en la verdad»[10].
LA VERDAD NOS HACE LIBRES
«Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»[11].
Nos explica el Papa Juan Pablo II que «estas palabras encierran una exigencia
fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación
honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y
la advertencia además de que se evite cualquier libertad aparente... También
hoy... Cristo se nos presenta como Aquel que trae al hombre la libertad basada
en la verdad, como Aquel que liberta al hombre de lo que limita, disminuye y
casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su
corazón, en su conciencia»[12].
Si una persona se cierra a la verdad el momento de libre
elección será falso, sólo será tal en cuanto mero mecanismo, pero no lo
será en su sentido definitivo. «La libertad en acto será tanto más libre
cuanto más responda a un ejercicio habitual consciente, en la dirección de los
dinamismos fundamentales del ser humano; es decir cuando la libre elección, al
actuar a través del entendimiento y la voluntad, responda realmente al auténtico
crecimiento de la persona humana»[13].
Ser verdaderamente libre no significa simplemente hacer aquello
que me gusta o dejar de hacer aquello que me disgusta. Y es que la libertad
contiene en sí una disciplina de la verdad: ser libre significa usar el don del
propio albedrío para lo que es un bien verdadero, ser una persona de conciencia
recta, responsable y ante todo caritativa, porque no hay verdadera libertad
donde no existe el amor. Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es
la caridad, que se realiza en la donación y se hace concreta en el servicio.
Solamente la libertad que se entrega conduce a la persona humana a su verdadero
bien. Y el bien de la persona consiste en configurarse a la Verdad, que es el
Señor Jesús.
LA AMISTAD CON CRISTO NOS LIBERA
El Señor Jesús se nos ha revelado como amigo, nos ha mostrado su
rostro, su corazón, su amor por cada uno de nosotros. El es el Amigo fiel
y a la vez el educador de toda amistad auténtica. Él consideró amigos suyos a
sus discípulos, eligiéndolos personalmente: «No me habéis elegido vosotros a
mí, sino que yo os he elegido a vosotros»[14].
Jesús dio su vida por amor a sus amigos en cumplimiento de su palabra: «Nadie
tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos»[15].
Nos ha hecho sus amigos, y nosotros ¿cómo respondemos? La clave
para responder a esta pregunta nos la ofrece Él mismo: «Vosotros sois mis
amigos, si hacéis aquello que os mando»[16].
En Jesús podemos transformar nuestra voluntad humana en voluntad obediente al
Plan de Dios. Él nos muestra el camino de la respuesta auténtica: «Padre mío,
si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como
quieras tú»[17].
El Plan de Dios no ha de entenderse como un peso exterior que nos oprime y nos
priva de la libertad. Todo lo contrario: el Plan de Dios supone y perfecciona
nuestra libertad, la garantiza y la promueve. El designio divino, en vez de
alejarnos de nuestra propia identidad, nos permite vivir cada vez más según
ella, en la dinámica del amor que eleva a la entrega.
Sin embargo, morir al pecado en nosotros mismos duele e incluso
puede generar miedo. Por ello nos exhortó paternalmente S.S. Benedicto XVI:
«¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo -si dejamos entrar a Cristo
totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él-, miedo de que Él
pueda quitarnos algo de nuestra vida?... ¡no! quien deja entrar a Cristo no
pierde nada, -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande.
¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida... Sólo con esta
amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo
quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una
larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis
miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el
ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y
encontraréis la verdadera vida»[18].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El capítulo 5 de la Epístola a los Gálatas es un "Himno a la
libertad en Cristo".
-
Cristo ha venido a darnos la verdadera libertad: Lc 4,18-19;
Jn 8,36.
-
Sólo la verdad nos hace libres: Jn 8,31-32
-
El pecado nos conduce a la esclavitud: Jn 8,33-35.
-
Conocer la verdad implica obrar conforme a ella: Rom 1,19-32.
-
Los hijos de Dios somos libres y no esclavos del pecado: Rom
6,12-23.
-
El recto ejercicio de la libertad nos conduce a la santidad y
a la vida eterna: Rom 6,22.
-
La ley del espíritu libera del pecado y de la muerte: Rom
8,1-2.
-
La libertad consiste en servir a los demás y ganarlos para
Cristo: 1Cor 9,19-23.
-
San Pablo pide a los Efesios que rueguen para que él pueda,
aunque preso, predicar libremente: Ef 6,19-20.
-
Es a Cristo a quien servimos libremente: Col 3, 23-25.
-
Un verdadero apóstol busca la libertad de los demás con
actitudes concretas: 2Tim 2,24-26.
-
Donde está el Espíritu del Señor se encuentra la auténtica
libertad: 2Cor 3,17.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Cuáles son las perspectivas equivocadas que las personas
suelen tener sobre la libertad?
-
¿Qué es la auténtica libertad? ¿Yo la vivo?
-
¿De qué manera mi propio pecado personal es un obstáculo para
el ejercicio de una auténtica libertad? ¿Qué puedo hacer para vencer estos
obstáculos?
-
¿Por qué el mismo Señor Jesús es la Libertad? ¿Cómo Él me
puede ayudar a ser cada día más libre?
-
¿Cómo puede Santa María ayudarme a responder generosa y
libremente al Plan de Dios en mi vida cotidiana?
-
¿Qué cosas concretas voy hacer para crecer en la libertad
auténtica?
[3] San
Agustín, Comentarios sobre los salmos, 99,7.
[5] Luis
Fernando Figari, María paradigma de unidad, Vida y Espiritualidad, Lima
31992, pp. 14-15.
[9] S.S.
Juan Pablo II, Veritatis splendor, 87.
[12]
S.S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, 12.
[13]
Luis Fernando Figari, ob. cit., p. 12.
[18]
S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Imposición del Palio y entrega del anillo del
Pescador, 24/04/2005.
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