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«"Toda de Cristo y con Él, toda servidora de los hombres"[1]...
El modélico camino recorrido por la Madre nos enseña cómo conjugar el amor
configurante con el Señor Jesús y el servicio de evangélico anuncio y de
desarrollo integral y promoción humana al que estamos llamados»[2].
Dios es Amor[3],
y por sobreabundancia de amor nos ha creado, invitándonos a participar de su
misma comunión de amor, por toda la eternidad. Al crearnos por y para el
Amor, experimentamos la necesidad de amar. ¿Quién no percibe fuerte en su
corazón esa necesidad de amar y de ser amado? Tanto es así que «el hombre no
puede vivir sin amor, él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida
está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el
amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente»[4].
Quien no ama ni se experimenta amado, es profundamente infeliz. En
cambio, quien ama encuentra la felicidad. Tan sencillo como eso.
¿Quieres ser feliz? Aprende a amar, ¡responde a tu vocación al amor! Pero,
¿cómo amar? Cristo, el Señor, es el Maestro del auténtico amor, aquél amor que
plenifica y realiza al ser humano, aquél amor que llena nuestros corazones de
un gozo pleno.
¿TÚ AMAS?
¿Amo yo? Ésta es la pregunta fundamental que he de hacerme una y
otra vez, si quiero responder a mis anhelos de plenitud y felicidad.
Pero, ¿cómo amo yo? ¿Con qué amor amo? Y es que no todo es verdadero
amor. El amor que yo realmente necesito vivir, amor con el que necesito
encontrarme y que responde verdaderamente a la naturaleza humana, a mis anhelos
más profundos, es aquél que procede de Dios. Por ello, la pregunta sobre
el amor se resuelve finalmente en nuestra relación con el Señor Jesús. Es
por ello que, como a Pedro hace dos mil años, también hoy nos pregunta el
Señor: «¿Me amas?»[5].
Nuestra realización, la realización de todo hombre o mujer,
dependen, pues, del encuentro con Cristo y de la permanencia en su Amor[6]:
«Él nos enseñó a amarlo, amándonos primero hasta la muerte de cruz, e
invitándonos a amar al que nos amó primero hasta el extremo. Si nos
amaste primero fue para que pudiéramos amarte, no porque necesitaras nuestro
amor, sino porque de no amarte no podríamos llegar a ser lo que tú quisiste que
fuéramos»[7].
APRENDER DE CRISTO: SERVIR COMO ÉL
El Señor Jesús nos ha amado hasta el extremo[8].
Quien quiere aprender a amar verdaderamente, ha de acudir a Él, conocerlo,
abrirse a su amor y acogerlo en el propio corazón. Él, al tiempo que
derrama su amor en nuestros corazones, nos enseña también cómo debemos amar, de
qué modo, hasta qué límite y extremo. La medida del auténtico amor, la
del amor exigente que realiza al ser humano, es la medida que Él nos ha
mostrado: amar sin límite, pues «nadie tiene mayor amor que el que da la vida
por sus amigos»[9].
Es el amor de la total donación por el bien del otro, que a la vez es el camino
hacia la propia realización. En efecto, el hombre «no puede encontrarse
plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo»[10].
En Cristo el amor se hace servicio, es decir, don total de sí
mismo para elevar al prójimo, al amigo e incluso al enemigo. Su amor
-puede decirse- se hace concreto en un triple servicio: el servicio del anuncio
de la Buena Nueva; el servicio reconciliador, que por su propia entrega en la
Cruz nos procura el perdón y el don de la reconciliación en sus cuatro
dimensiones; el servicio solidario, por el que como el Buen Samaritano[11]
se hace cercano de todo sufrimiento humano para ofrecerle su ayuda
solidaria.
Mirando a Aquél que nos ha amado hasta el extremo,
experimentamos la invitación de amar también nosotros hasta el extremo, con un
amor que se hace donación total de sí mismo para ganarlo todo, y para ganar a
todos.
SERVICIO EVANGELIZADOR, RECONCILIADOR Y SOLIDARIO
Del Señor Jesús aprendemos a vivir el anuncio de la Buena
Noticia por medio del servicio evangelizador, procurando anunciar el mensaje
del Evangelio a tiempo y destiempo[12],
a cuantos más podamos, de formas audaces y creativas, con arrojo y sin miedo al
"qué dirán", a la oposición o rechazo que podamos experimentar, prestándole al
Señor nuestros labios e inteligencia para que sea Él quien hable a través de
nosotros, tocando y encendiendo tantos corazones anhelantes de amor, de verdad,
de felicidad.
Mirándolo a Él aprendemos a ser servidores de la reconciliación[13],
fermento de unidad, forjadores de la paz y justicia[14],
promotores del perdón, perdonando y enseñando a otros a vivir esa dimensión
exigente del amor, invitando a muchos a abrirse al don de la reconciliación con
Dios, fuente de reconciliación consigo mismos, con los hermanos humanos y con
la creación toda.
Del Señor aprendemos también a vivir el servicio solidario para
con nuestros hermanos necesitados y desvalidos. La dramática situación
por la que atraviesan tantos hermanos nuestros exige una respuesta comprometida
desde el Evangelio, que busque vivir el programa de liberación reconciliadora
que formuló Pablo VI en su encíclica Populorum progressio, en un proceso
que atiende a las realidades humanas desde los niveles de supervivencia hasta
la realización plena de los dinamismos fundamentales en su tensión de encuentro
con el Señor de la Vida y del Amor: «el desarrollo no se reduce a un simple
crecimiento económico. Para ser auténtico, el desarrollo ha de ser
integral, es decir, debe promover a todos los hombres y a todo el hombre»[15].
EL SERVICIO COMO EXPRESIÓN DEL AMOR AL SEÑOR
El servicio es fruto del amor y está íntimamente ligado a
él. Por ello recomienda el apóstol Pablo: «servíos por amor los unos a
los otros»[16].
El amor no es auténtico si no se expresa en el generoso y concreto servicio
para con los hermanos humanos. Por ello afirma el apóstol San Juan:
«Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues
quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve»[17].
Por lo mismo, la vivencia del servicio en todas sus dimensiones es condición
fundamental de la vida cristiana, y así nos lo enseña el Señor Jesús: «el que
quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor... de la
misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y
a dar su vida como rescate por muchos»[18].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Jesús nos invita a vivir el servicio: Mt 20, 20-48; Lc 22,
24-27; Jn 13, 13-16.
-
Poniendo nuestros dones al servicio de los demás: 1 Pe 4, 10.
-
Sirviéndonos mutuamente en el amor: Flp 2, 3; Gál 5, 13-14.
-
Servicio evangelizador: 1 Cor 3, 5; 1 Cor 4, 1; 2 Cor 4, 5.
-
Servicio reconciliador: 2 Cor 5, 18-20.
-
Servicio solidario: 1 Pe 1, 22; 1Pe 3, 8.
-
Amor y servicio: 1 Cor 13, 4.
-
Servir por amor, no por vanagloria: Gál 1, 10.
-
María, modelo de servicio: Lc 1, 38-45; Jn 2, 1-11.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Experimento en mi vida el Amor de Dios por mí? ¿De qué
manera?
-
¿Percibo que Dios, en su divino plan, me llama a desplegarme
en el Amor? ¿Cómo estoy viviendo este llamado?
-
¿Qué cosas concretas el Señor Jesús me enseña, desde lo alto
de la cruz, sobre el Amor? ¿Qué puedo hacer para amar como Él?
-
¿Cómo Santa María puede ayudarme a vivir el servicio como
expresión del amor?
-
¿Cómo evalúo mi servicio evangelizador, reconciliador y
solidario? ¿Qué medios concretos voy a poner para crecer más en ellos?
[2] Ver
Luis Fernando Figari, María desde Puebla, FE, Lima 1992, pp.
[4] S.S.
Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10.
[7]
Guillermo, abad, Sobre la contemplación de Dios, n. 9.
[10]
Gaudium et spes, 24.
[15]
Populorum progressio, 14.
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