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LOS TALENTOS Y EL DESPLIEGUE
 

«El hombre tiene -por así decir- una conciencia connatural de lo que a lo largo de su vida ha de "realizarse" de algún modo. Esa es la profunda estructura de la personalidad humana. El hombre vive para realizarse, en cierto sentido para una autorrealización. A esta conciencia alude la parábola de los talentos»[1].

Todo ser humano esta constituido desde su concepción con unas características y unos rasgos determinados que configuran en él una forma de ser particular. Esta forma de ser -que incluye diversas riquezas y talentos- abre al hombre un espectro de diversos caminos y posibilidades a través de los cuales puede ir -según las circunstancias en que se desenvuelve y sus propias opciones libres- actualizando sus potencialidades de maneras que pueden ser muy diversas o incluso contradictorias entre sí. Así por ejemplo quien ha recibido el don de ser muy acogedor puede vivirlo constituyendo una familia numerosa o sirviendo como asistente social o voluntario de una obra de solidaridad social o de otra manera. Quien tiene el talento de ser un buen organizador puede desarrollarlo como gerente de una pequeña empresa o de una grande o como administrador de un sistema de evangelización. Quien tiene el don de una inteligencia clara puede dedicarse a la ciencia pura o al consejo espiritual o la ayuda psicológica.

El camino elegido, sin embargo, no es indiferente para que el hombre pueda llegar a su plena realización personal. En efecto, para realizarse plenamente no le basta al hombre con examinary conocer sus propias potencialidades y capacidades -ya que éstas pueden actualizarse en direcciones distintas- sino que tiene que ir más a fondo para descubrir la misión específica a la cual es llamado por Dios. Es así justamente que el Plan de Dios se convierte en la clave fundamental de discernimiento para el recto uso de esos dones y talentos que están orientados al servicio de los demás, al servicio de la Iglesia[2]. Así encontraremos nuestro auténtico despliegue y nuestra auténtica realización personal en el uso de nuestros dones y talentos en el cumplimiento de nuestra misión específica.

¡ANHELO SER FELIZ!

Todos queremos ser felices. es más, podríamos decir que casi experimentamos la necesidad de ser felices. Dios ha grabado ese deseo en el corazón humano. Ese anhelo nos mueve a buscar continuamente, consciente o inconscientemente, la fuente de esa felicidad, que no es otra sino Dios mismo[3]. Esto se explica por la naturaleza del hombre mismo que es una «unidad trascendente, en tendencia hacia Dios»[4]. Es así pues que «el determinante más propio del ser humano está en su dimensión teologal, en su ontológica apertura a la realidad que llamamos Dios»[5] y por eso podemos afirmar que no hay verdadera realización humana ni verdadera felicidad sin la respuesta que dé cada ser humano desde su propia situación a esta ineludible tendencia hacia Dios.

Ese es el proyecto de Dios para el hombre: que alcance su plenitud en la plena comunión con Él. Sólo seré feliz en la medida en que realice en mí el proyecto divino, ser verdaderamente persona humana, y como tal, partícipe de Dios mismo, de su vida, de su plenitud y felicidad, de la comunión de Amor que Él es y vive en sí mismo. Se trata, pues, de algo que supera, sin punto de comparación, a los demás ideales parciales que se pueden tener en la vida como la realización profesional, la estabilidad, el "éxito" o el reconocimiento.

Este proyecto universal por el que Dios nos llama a responder a ese profundo anhelo que tenemos de estar en comunión con él se realiza en cada uno con diferentes particularidades según el libre designio de Dios que llama a cada uno por su nombre y por un camino específico. El responder hasta llegar a ser aquello que estoy llamado a ser supone el esfuerzo de cooperar con la gracia para hacer fructificar aquellos dones y talentos que Dios me ha dado en orden a responder a ese llamado específico en un proceso en el que me voy desplegando; es decir, me voy plenificando en cuanto hombre hasta llegar a la estatura del Señor Jesús.

NECESIDAD DEL CONOCIMIENTO PERSONAL

Para llegar a ser lo que estoy llamado a ser es fundamental, en primer lugar, conocerme, conocer mi verdadera y profunda identidad, conocer la verdad sobre el misterio que soy yo mismo. ¿Cómo "conquistar" lo que soy, si no sé quien soy? El ser humano sólo puede avanzar hacia su plena realización si ve claro el horizonte hacia el cual tiene que caminar, si el objetivo está claro.

No debemos dudar en afirmar que el pleno conocimiento del misterio que es el ser humano, en cuanto es creatura de Dios, solamente es posible en el Señor Jesús, Dios y hombre verdadero, hombre perfecto que «manifiesta el hombre al propio hombre»[6]. Es Él quien me revela mi identidad más profunda. Es en Él, en las luces y enseñazas que me ofrece, que puedo iluminar mi propia realidad, conocerme y comprenderme. Es en Él en quien veo claro el horizonte y descubro por dónde debo caminar para ser verdaderamente yo mismo. ¡El Señor Jesús es la clave del propio conocimiento! Y en ese conocer a la luz de Cristo mi propia identidad, mi origen, mi vocación y misión en el mundo, así como mi destino glorioso, voy conociendo también mis dones y talentos y las virtudes del Señor de las que debo revestirme, así como también mis defectos y vicios de los que debo despojarme.

MI DESPLIEGUE Y EL PLAN DE DIOS

Dado que hay una correlación entre mi identidad y el proyecto de Dios para realizarme según ella, en el esfuerzo por saber verdaderamente quién soy, quién estoy llamado a ser, necesito conocer el amoroso Plan que Dios tiene previsto para mí. En la realización de este Plan con máxima fidelidad está mi verdadera felicidad y mi verdadera y plena respuesta según mi identidad.

Dios no sólo no es enemigo de nuestra felicidad sino que es imposible ser feliz sin Dios. En ese sentido, todo proyecto de vida que no es contrastado con el Plan de Dios no es más que un espejismo que se nos puede presentar no pocas veces como lleno de entusiasmo y con la apariencia de realizarme como persona, pero que al no responder verdaderamente a la verdad de nuestro ser y de nuestro llamado -constituidos por Dios y presentes en nuestra estructura personal- no nos llevarán en definitiva a nuestra auténtica realización. Como un padre para con sus hijos, Dios quiere lo mejor para mí. El plan que Él tiene para mí brota de su amor y sabiduría, es el mejor de los caminos que puedo recorrer desde mi libertad para desplegar aquello que soy, para realizarme como persona humana. El Plan de Dios mirami pleno despliegue y realización,mi total felicidad.

No hay pues separación posible entre el Plan de Dios (universal y particular), mi adhesión y obediencia a este Plan, y mi realización personal. Justamente en esto consiste el despliegue bien entendido. Es muy importante entender que este desplieguey esta realización personal no deben ser confundidos con un "sentirme bien", de modo que cuando las cosas no me salen bien, cuando el apostolado que hago no produce el fruto esperado, cuando experimento que "no me hallo" en lo que hago, etc., pueda llegar a afirmar que "no me estoy desplegando", y busque entonces justificar un cambio de rumbo cuando en un momento de claridad había visto el Plan de Dios para mí.

La clave de discernimiento está pues en el cumplimiento del Plan de Dios. Esta es la actitud acertada, el criterio objetivo que nos enseña el Señor Jesús cuando dice a sus discípulos: «mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra »[7].

MIS TALENTOS Y MI DESPLIEGUE

Dios da a cada uno ciertos dones y talentos. Estos dones y talentos tienen una dimensión personal, pues ayudan a nuestro desarrollo y despliegue, pero tienen al mismo tiempo una dimensión social: se orientan también a la mutua edificación. Así, al poner los propios dones a disposición de los demás, éstos se convierten en una riqueza para todos. En este sentido, «todos tenemos necesidad unos de otros: el bien espiritual que yo no tengo y no poseo, lo recibo de los demás»[8].

En el horizonte de nuestra reflexión aparece la parábola de los talentos: el Señor reparte uno, dos o cinco talentos, para que cada cual los administre y multiplique. Cada uno tiene la responsabilidad de conocer y aceptar con humildad y de verdad los dones y talentos que ha recibido. Nuestra propia respuesta ha de asemejarse lo más posible a la de los dos siervos fieles: actuar con prontitud, con generosidad, con iniciativa para "multiplicar" nuestros talentos, superando toda actitud de temor, inseguridad, mezquindad, pereza o egoísmo.

Finalmente hemos de reiterar que el discípulo de Cristo encuentra en el Plan de Dios un criterio superior y objetivo para desarrollar sus propios dones y talentos y ponerlos al servicio de los demás. Quien esto procura, alcanza su verdadero despliegue, que no es otro sino el despliegue en el amor, la perfección de la caridad.

EL SEÑOR JESÚS, NUESTRO MODELO

Miremos siempre al Señor Jesús, nuestro Modelo y Maestro: Él no se "sintió bien" en Getsemaní. Menos aún en la cruz. La muerte de Cristo, desde una perspectiva meramente horizontal, aparece como un fracaso radical, como un "desperdicio" de todos sus extraordinarios dones y talentos... Sin embargo, Él nos enseña a mirar todo desde la perspectiva divina, desde una visión de eternidad, y nos invita así a comprender que paradójicamente es allí en la Cruz, en medio del dolor y sufrimiento extremo, donde Él se está desplegando al máximo, porque es allí justamente donde está llevando su amor al Padre y a los hombres hasta el extremo.

En la Cruz la vida de Cristo se despliega totalmente en el amor. De la misma manera podemos decir no sólo que el despliegue no exime de la cruz ni se opone a ella sino -incluso más- que de la misma manera de que no hay verdadero cristianismo sin cruz no hay un verdadero despliegue sin pasar por la exigencia de entrega y amor que supone la cruz.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El Espíritu Santo da a los fieles dones peculiares: 1Cor 12,7; distribuyéndolos a cada uno según su voluntad: 1Cor 12,11.
  • Debo procurar la multiplicación de los talentos recibidos del Señor: Mt 25,14-30.
  • Todos, según la gracia recibida, hemos de ser buenos administradores de los dones recibidos de Dios: 1Pe 4,10-11; 1Cor 4,1; se nos pide ser administradores fieles: 1Cor 4,2.
  • Sirvamos al Señor con los talentos que nos ha dado: Col 3,23-24.
  • Desplegarse es amar como Cristo, hasta el extremo: Jn 13,1; Jn 15,12-13; el mayor amor esta no solo en dar, poner los talentos al servicio de los demás, sino en darse a sí mismo como don supremo: Jn 15,13; así encontraremos la plenitud del gozo: Jn 15,11.

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[1] S.S. Juan Pablo II, Homilía del 22/11/87, nn. 3-4.

[2] Ver 1Cor 12,12-13.

[3] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 27.

[4] S.S. Pío XII, Discurso al V Congreso Internacional de Psicoterapia y Psicología Clínica, 15/4/1953: AAS 45 [1953], p. 284.

[5] Luis Fernando Figari, Nostalgia de Infinito, Fondo Editorial, Lima 2002, p.10.

[6] Gaudium et spes, 22.

[7] Jn 4,34.

[8] San Bernardo.