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ARTESANOS DE RECONCILIACIÓN
 

Con el don que hemos recibido, don que nos hace creaturas nuevas, hemos de trabajar por ser artesanos de reconciliación: artesano de mi propia reconciliación y artesano de reconciliación en el mundo entero.

Los emevecistas hemos de acoger de corazón y poner por obra la invitación que nos hizo el Santo Padre cuando en Roma, el centro de la catolicidad, delegados de diversas naciones de América y Europa se reunieron para celebrar la Primera Asamblea Plenaria del MVC. Aquél memorable 6 de diciembre de 1999, el Papa nos dirigió unas palabras que son programáticas para este tiempo de nueva evangelización que ya se ha iniciado: «os aliento -nos dijo Juan Pablo II- a preparar vuestros corazones para recibir la misericordia de Dios y favorecer un espíritu de vida cristiana coherente y profunda en vuestros ambientes y actividades apostólicas. Haced que en la formación de la juventud el espíritu de iniciativa se aúne con la fidelidad al Evangelio, que la cultura se abra al sentido de la trascendencia y la pobreza, en todas sus manifestaciones, reciba de la caridad y solidaridad efectiva un rayo de esperanza. De este modo seréis verdaderos artesanos de reconciliación en el mundo actual».

EL PECADO, ORIGEN DE TODA RUPTURA

Al mirar el mundo en el que vivimos surge una inevitable pregunta: ¿De dónde procede tanto mal?

La respuesta es una sola: el pecado, esto es, la desobediencia y el rechazo con que la creatura humana desde su libertad responde a Dios y a sus amorosos designios, es la fuente de toda ruptura, y no sólo ello, sino es fuerza de ruptura y de anti-amor que «obstaculizará permanentemente el crecimiento en el amor y la comunión, tanto desde el corazón de los hombres, como desde las diversas estructuras por ellos creadas, en las cuales el pecado de sus autores ha impreso su huella destructora»[1].

El Santo Padre enseña que «puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado»[2]. El pecado es la raíz de los males que aquejan la vida del hombre.

NOSTALGIA DE RECONCILIACIÓN

Ante la realidad de ruptura que vemos y experimentamos por doquier, también en nosotros mismos, la reconciliación se presenta no sólo como una aspiración, sino como una aguda necesidad que el hombre de hoy experimenta y desea vivamente. En efecto, una mirada a los corazones de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, «si es suficientemente aguda, capta en lo más vivo de la división un inconfundible deseo (.) de recomponer las fracturas, de cicatrizar las heridas, de instaurar a todos los niveles una unidad esencial. Tal deseo comporta en muchos una verdadera nostalgia de reconciliación, aun cuando no usen esta palabra»[3].

El Señor Jesús es el único que puede responder a esa necesidad y nostalgia de reconciliación que palpita fuerte en el corazón de cada hombre y mujer. Él nos ha traído la reconciliación del Padre y se hace nuestra reconciliación. Él es quien -enviado por el Padre- ha venido a recomponer las fracturas y cicatrizar las heridas de los corazones humanos, ha venido a que se manifieste en todo su esplendor,  nuestra dignidad de hijos.

RECONCILIADORES PERMANENTEMENTE RECONCILIADOS

La dinámica en que hacemos propia la reconciliación en el Señor Jesús y colaboramos a que se su eficacia transforme un mundo en rupturas, es la de reconciliadores permanentemente reconciliados. Al tiempo que buscamos abrirnos a ella en nuestra vida personal, buscamos colaborar también con la gracia para que llegue a las personas que nos rodean y al mundo mismo.  Así se vive del dinamismo por el que la conversión personal, cuando es auténtica, lleva necesariamente al anuncio, y el apostolado requiere un proceso de conversión al tiempo que lo refuerza y vitaliza.

a) Llamados a ser artesanos de reconciliación

Es en este mundo sumido en rupturas, pero que a la vez manifiesta una profunda nostalgia de la reconciliación, que el Santo Padre nos ha invitado a ser, junto con él, artesanos de reconciliación. Por ello, vuelven hoy a resonar con fuerza en nuestras mentes y corazones aquellas palabras inspiradas de lo Alto, aquél grito que haciendo eco de la voz del Señor el Santo Padre lanzó hace algunos años a los cuatro vientos, aquella fuerte voz que invita a todos los hijos de la Iglesia a remar juntos en la dirección que él señala, a remar con Pedro mar adentro: «Poniéndome a la escucha del grito del hombre y viendo cómo manifiesta en las circunstancias de la vida una nostalgia de unidad con Dios, consigo mismo y con el prójimo, he pensado, por gracia e inspiración del Señor, proponer con fuerza ese don original de la Iglesia que es la reconciliación»[4]. ¡La reconciliación «se ha convertido en el tema central de la Iglesia»!

Ahora bien, en términos generales el artesano es aquél que trabaja una realidad informe con sus propias manos para transformarla en algo hermoso, valioso, útil. La obra de sus manos estará cargada de un sello particular[5]. El artesano de reconciliación será aquél que en colaboración con el don y la gracia recibidos, y desde su propio corazón en cierto proceso de reconciliación, pone todos sus dones y talentos, todo su esfuerzo y empeño, por transformar el mundo de salvaje en humano, de humano en divino, según el corazón de Dios. Es artesano de reconciliación quien trabaja sin desmayo por lograr una sociedad más justa, fraterna y reconciliada. El fin de sus desvelos es aportar todos sus talentos a la construcción de la ansiada Civilización del Amor. Es él quien recibe la alabanza del Señor: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios»[6].

b) Ser artesano de mi propia reconciliación

Ser artesano de reconciliación empieza por ser artesano de mi propia reconciliación. Al buscar acoger el don de la reconciliación, he de acercarme continuamente al Señor Jesús: ¡Él es el Reconciliador y la reconciliación misma! Él es quien ilumina, nutre y dinamiza nuestra propia reconciliación interior, una reconciliación que es unificación total, armonización de todas mis energías y potencias interiores, tanto físicas, síquicas como espirituales, en la medida en que nos es dado hacerla en este peregrinar terreno. En cambio, «sin la reconciliación de Dios en Jesús y su dinamismo abierto a los hombres, el ser humano, con toda su libertad, es totalmente impotente para sanar sus propias heridas, sus rupturas. Cuando más se esfuerza en hacerlo, según sus exclusivas miras e intenciones, más estropicios se causa y causa a los demás»[7].

Por nuestro Bautismo ¡hemos sido ya reconciliados, hemos recibido el Don que nos ha transformado en creaturas nuevas! Sin embargo, el magnífico Don recibido por el agua y el Espíritu necesita de nuestra respuesta libre y conciente: nuestra continua conversión personal.

De este modo buscamos acoger en nosotros mismos el don de la reconciliación y vivirlo intensamente, ante todo por nosotros mismos, pero además porque sólo en la medida en que nos convirtamos nosotros mismos en personas reconciliadas podremos ser -como nos pide el Santo Padre- eficaces servidores y artesanos de reconciliación en el mundo de hoy.

De otro lado la misma experiencia de anuncio del Señor Jesús Reconciliador es motivo de mayor compromiso personal, aliento para la propia reconciliación y exigencia.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El pecado, fuente de toda ruptura: Gen 3,1ss.
  • Cristo es el Reconciliador, Él nos ha reconciliado: Col 1,21-22.
  • Dios nos reconcilió consigo por Cristo: 2Cor 5,18-19; Rom 5,10-11.
  • La reconciliación realiza una nueva creación: 2Cor 5,17.
  • Llamados a anunciar el Don de la reconciliación, a ser artesanos de reconciliación: 2Cor 5,20.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Qué implica ser un artesano de la reconciliación? ¿Crees que estás siendo artesano de tu propia reconciliación y colaborando con la reconciliación de las personas que entran en contacto contigo? ¿Por qué?
  2. Al pecar el hombre no sólo se aleja de Dios, también siembra gérmenes de división dentro de sí mismo y en las relaciones con sus hermanos ¿comprendes la urgencia de trabajar en la reconciliación?
  3. ¿Qué medios tienes a tu alcance que podrían ayudarte a trabajar en tu reconciliación personal?
  4. ¿Qué medios tienes a tu alcance que podrían ayudarte a trabajar en tu reconciliación con los demás?
  5. El Reconciliador abre un camino de vuelta al Padre que permite experimentar nuevamente la relación filial perdida y confiere al ser humano las fuerzas necesarias para conservar esta comunión profunda con Dios. Pero no podemos olvidar que también en la existencia redimida existe la posibilidad de volver a pecar, y eso exige una continua vigilancia, un estar siempre alerta para no caer en tentación. ¿Vives este estado de alerta, o más bien eres permisivo con tu pecado? ¿Recurres al sacramento de la reconciliación con frecuencia?

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[1] Puebla,Conclusiones, 281.

[2] S.S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 15d.

[3] S.S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 3a.

[4] S.S. Juan Pablo II, La Eucaristía, fuente de reconciliación, Téramo, 30/6/86.

[5] «Persona que ejercita un arte u oficio meramente mecánico. Modernamente se distingue con este nombre al que hace por su cuenta objetos de uso domestico imprimiéndoles un sello personal, a diferencia del obrero fabril» (DRAE).

[6] Mt 5,9.

[7] Luis Fernando Figari, Horizontes de reconciliación, VE, Lima, 1996, p.133.