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«Nunca se ha de olvidar que "el primer campo de apostolado es
uno mismo". Si se olvida que la evangelización es un proceso de irradiación se
olvida algo fundamental»[1].
El apostolado que estamos llamados a realizar apunta primero a
lo esencial, esto es, a la propia conversión, y a una continua conversión.
Con el Papa, estamos convencidos de que sólo los santos transformarán el mundo.
Sólo quien en el encuentro con el Señor abre el corazón a la acción
transformante de su Espíritu y colabora con ella, permite a su vez a la palabra de
Cristo que pase por él con toda su fuerza[2],
con esa vitalidad y eficacia que le es propia[3].
¿Quién puede anunciar verdaderamente al Señor si antes no lo ha escuchado él
mismo, si en el encuentro con Él no ha experimentado encenderse su corazón?[4]
¡El apostolado es una sobreabundancia de amor! Y sabemos que el anuncio del
Evangelio ciertamente es urgente, y apremia[5],
pero no podemos olvidar que el proceso irradiativo de la Palabra se da en el
apóstol a partir de su encuentro con el Señor, así como las ondas se difunden
en un lago cuando una piedra cae en el agua.
1. «NADIE DA LO QUE NO TIENE»
¿Puedo transmitir a Cristo si yo mismo no lo llevo en mí? ¿Puedo
evangelizar si yo no estoy en proceso de ser evangelizado? ¿Puedo irradiar la
luz de Cristo si esa luz no brilla e siquiera alguna medida en mí? ¿Puedo
transmitir el don de la reconciliación si no estoy colaborando con la
reconciliación yo mismo? ¡Imposible! Nadie da lo que no tiene. No se
puede comunicar al Señor Jesús si no se le ha acogido en el propio corazón.
Si no llevo a Cristo en mi interior, si Su vida no es cada vez más mi propia
vida[6],
si no es Él quien vive en mí[7],
si no ando en ese continuo empeño por alcanzar la perfección de la caridad[8],
conformándome cada vez más con Hijo de Santa María por el proceso de
amorización, quizás creeré que lo transmito, quizás creeré que
hago apostolado, pero en realidad no estaré sino transmitiéndome a mí
mismo. Mi apostolado será infecundo, será como un címbalo que resuena
vacuamente. Para "dar" a Cristo ¡hay que llevarlo muy dentro!
2. RECTO AMOR A UNO MISMO
La caridad empieza en casa, empieza con uno mismo. La caridad,
el amor a todo prójimo necesariamente implica el recto amor para con uno mismo
como lo indica el mandamiento evangélico: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».
No puedo amar a los demás como Cristo los ama[9],
si yo mismo no me amo como Él me ama. Ahora bien, la caridad para con uno mismo
exige entre otras cosas una atención prioritaria a la propia vida espiritual.
Quizá a veces en medio de todas las cosas que hay por hacer, y entre ellas
tantas necesidades apostólicas a las que hay que responder, se puede filtrar la
tentación de que el tiempo dedicado a la vida espiritual (oración, visitas al
Santísimo, lectura bíblica, lectura espiritual, examen de conciencia, etc.) se
puede dejar en un segundo plano o incluso abandonar. ¡No! Si la vida activa del
apóstol no se funda en la raíz de la oración, se torna en un peligroso activismo.
No podemos olvidar en este sentido que «la medida de nuestro apostolado no está
en las cantidades ni en la espectacularidad de los resultados, sino en la
medida de nuestra propia santidad de vida»[10].
La vida espiritual intensa, el cultivar una relación personal
con el Señor en especial en la Eucaristía, visitándolo en el Tabernáculo donde
está realmente presente, la fervorosa oración, el despliegue cotidiano buscando
dar gloria a Dios, la formación constante, la sincera adhesión a las
orientaciones y enseñanzas de la Iglesia, nutre y alimenta el despliegue del
auténtico amor. Es en este sentido que el Señor Jesús nos ha enseñado que el
sarmiento, que somos cada uno de nosotros, se despliega y da fruto de santidad
y de apostolado sólo en la medida en que permanece adherido a la vid, que es
Él. Esta adhesión supone un nutrirse de la savia viva de su amor y de su gracia[11],
sin la cual -en el fondo- nada podemos. Nuestra primera responsabilidad y
deber de caridad, no podemos olvidarlo, es para con nosotros mismos. Esta
caridad se hace concreta en el esfuerzo por abrir el propio corazón a la acción
del Espíritu de Santo. Así acogemos el dinamismo reconciliador en la propia
vida y desde un corazón cada vez más reconciliado podremos responder al impulso
apostólico que nos lleva a ayudar reverentemente a otros a abrirse a ese don.
3. ANUNCIARLO COMO QUIEN SE HA ENCONTRADO CON ÉL
Decía el Santo Padre en su primera visita a América que hemos de
anunciar a Jesucristo como quien se ha encontrado con Él[12].
Sólo desde la propia experiencia de encuentro y de comunión con Él, desde una
fe que se nutre de ese encuentro y se expresa en las circunstancias concretas
de la vida cotidiana, se puede dar un testimonio auténtico y convincente del
Señor Jesús.
4. MARÍA, MODELO
En esto -como en tantas otras cosas- hay que mirar a la Virgen
Madre y dejarnos educar por Ella: «María da a luz al Hijo de Dios porque antes
permitió que El se encarnase en Ella. De la misma manera el primer paso para
nuestro apostolado consiste en permitir que el Señor Jesús se encarne en
nuestros corazones»[13].
Ella incesantemente nos enseña y alienta con su ejemplo a ser también nosotros
verdaderos apóstoles de su Hijo: «portadora de la Palabra, viviendo
intensamente un misterioso y único proceso configurativo, su persona toda,
gestos y palabras, son irradiación de la presencia singular acogida en su
seno»[14].
Mirándola a Ella, como hijos e hijas que somos de María,
entendemos que -como dice Luis Fernando- «el primer paso para nuestro
apostolado consiste en permitir que el Señor Jesús se encarne en nuestros
corazones»[15].
Por ello «no podemos cansarnos de repetir que el primer campo de apostolado soy
yo mismo»[16].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Solo podemos dar lo que tenemos: Hech 3,2-6; los frutos buenos
brotan de un corazón convertido: Lc 6,43-45.
-
Cristo nos enriquece: 2Cor 8,9; para que enriquecidos por Él
podamos dar y enriquecer a otros: Mt 10,1.8; 1Pe 4,10.
-
El anuncio alegre y convincente brota del encuentro con el
Señor: Jn 1,39-41; 4,28-30; Lc 24,32-33.
-
Experimenta la urgencia del apostolado (1Cor 9,16) quien lleva
a Cristo dentro: Gal 2,20; Flp 1,21.
-
Sólo quien permanece en el Señor puede dar frutos de santidad
y apostolado: Jn 15,4-5.
-
María nos enseña como para transmitir al Señor hay que
llevarlo dentro: Lc 1,39-44.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
El cristiano está llamado a proclamar la Buena Nueva a toda la
Creación, no sólo con las palabras, sino con su vida. ¿Es tu propia persona, tu
primer campo de apostolado? ¿Cuánto te abres a la acción del Espíritu en tu
vida?
-
Que el primer campo de apostolado sea uno mismo implica un
esfuerzo constante por convertirnos cada vez más: en el camino que el discípulo
está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que
abarca toda la vida. ¿Tomas en serio tu trabajo personal? ¿Acoges los consejos
de tus animadores, consejeros espirituales, de tus hermanos de grupo? ¿Te
esfuerzas realmente por cambiar?
-
La conversión no es completa si falta la conciencia de las
exigencias de la vida cristiana y no se pone esfuerzo en llevarlas a cabo. Una
de estas exigencias es la oración. El mismo Señor Jesús, evangelio del Padre,
nos advierte que sin Él no podemos hacer nada (Jn 15, 5). ¿Te esfuerzas por
llevar una vida espiritual intensa, por cultivar una relación personal con el
Señor? ¿Cuánto tiempo de tu día le dedicas al Señor?
-
¿Te esfuerzas por conocer al Señor a través de las Sagradas
Escrituras, te contrastas con El para saber qué tiene Cristo que tú no tienes y
que tienes tú que Él no tiene?
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[1] Luis
Fernando, Mensaje a las Agrupaciones Marianas con ocasión del 25
aniversario, Lima, 1 de diciembre de 2001.
[2] Ver
S.S. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 38.
[4] Ver
Jn 1,39-41; Lc 24,32.
[10]
Luis Fernando Figari, ¿Son todos los días navidad?, 25/12/1999.
[12]
Ver S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo durante la Misa
para el clero, religiosos y seminaristas, 26/1/1979; ver también Eccelsia
in America, 8-12.
[13]
Luis Fernando Figari, ¿Son todos los días navidad?, 25/12/1999.
[14]
Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, p. 45.
[15]
Luis Fernando Figari, ¿Son todos los días navidad?, 25/12/1999.
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