247. LOS CRITERIOS EVANGÉLICOS

Si arrojamos una tela al agua veremos cómo, poco a poco, se va humedeciendo hasta quedar totalmente mojada.  Algo análogo nos va sucediendo con las ideas y criterios que el entorno nos va transmitiendo: los vamos incorporando a nuestro modo de pensar y actuar, nos van empapando.  Lamentablemente, hay que reconocerlo, muchas de estas ideas y criterios se oponen al Evangelio y nos pueden llevar por un camino equivocado. 

Se nos dice constantemente, por ejemplo, que si tenemos muchos bienes, si tenemos buen aspecto, una buena posición social, si dependemos de nosotros mismos, seremos entonces mejores y más felices.  El Señor Jesús, sin embargo, nos introduce en un mundo que tiene otros criterios, y sabemos que no siempre es fácil “despojarnos” de aquellas ideas en las que estamos “sumergidos” en lo cotidiano para revestirnos de las enseñanzas del Señor.  Es en este momento donde el conocimiento que nos da la gnosis, de la que nos habla San Pedro, viene en nuestra ayuda, particularmente a través de los “criterios evangélicos”. 

Los criterios

Coloquialmente decimos que una persona tiene “criterio” porque tiene sensatez, porque sabe sopesar las circunstancias de modo apropiado, es razonable al momento de juzgar la realidad.  Pongamos un ejemplo sencillo: Si vivo en la ciudad de São Paulo y tengo una cita importante al otro lado de la ciudad para conseguir trabajo, debo discernir con cuánta anticipación debo salir para llegar a tiempo.  Para ello necesito usar un criterio fundamental: São Paulo es una ciudad muy grande y con mucho tránsito vehicular.  Ese criterio me da una medida para juzgar que debo salir con bastante anticipación. 

Todos, de uno u otro modo, tenemos criterios con los que juzgamos, sopesamos la realidad.  Lo hacemos de modo especial cuando debemos tomar una decisión poniendo en una “balanza” lo positivo y lo negativo de las alternativas que tenemos.

En situaciones más trascendentales hacer esto no es sencillo, aunque debemos considerar que al tomar decisiones operan “medidas” que ya hemos asumido e incorporado a nuestra vida y que nos ayudan a valorar las cosas.  Por lo general esas “medidas”, o mejor dicho criterios, operan casi automáticamente.  Pero debemos considerar que podríamos estar operando bajo aproximaciones más propias del mundo que del Evangelio, que responden a un interés egoísta, a un deseo de poder, placer o tener.  Si esos fueran los criterios con los que estamos juzgando la realidad, difícilmente podremos tomar decisiones que nos ayuden a avanzar por las sendas del Plan de Dios. 

La pregunta que nos debemos hacer, entonces, es ¿bajo qué criterios “juzgamos”?, es decir, ¿qué medida utilizamos para discernir, para tomar una decisión?  No siempre vemos con facilidad estos criterios subyacentes, y es ciertamente un problema si estos están en contradicción con el Designio de Dios.  «Hay caminos —nos enseña la Sagrada Escritura— que parecen rectos, pero al cabo, son caminos de muerte»[1].

Renovar la mente

La conversión al Señor Jesús, que no es sólo un momento en nuestra vida, sino un camino continuo de crecimiento en la gracia, supone un esfuerzo continuo por llegar hasta la medida de Cristo.  En la carta a los Romanos San Pablo nos exhorta: «Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto»[2]

Las palabras del Apóstol nos invitan a no amoldarnos al mundo presente, a sus criterios y formas de pensar, para entrar en un proceso de conversión y transformación personal —literalmente una “metamorfosis”— que empieza con la renovación de la propia mente.  El discípulo de Jesús debe aspirar, como dice San Pablo en otra de sus cartas, a tener la mente de Cristo[3], es decir, debe aprender a pensar como Él (sus modos de aproximarse a la realidad, su razonamiento, su valoración de las cosas, tener sus mismos criterios, etc.) de modo que toda su actividad responda a ese “nuevo pensar”.  Ese nuevo pensar, precisamente, debe estar nutrido de los criterios del Evangelio, de las “medidas” que el Señor nos da para avanzar correctamente.

«Para hablar de conversión —explicaba San Juan Pablo II— el Nuevo Testamento utiliza la palabra metanoia, que quiere decir cambio de mentalidad.  No se trata sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios evangélicos»[4].  No se trata, por tanto, sólo de un cambio a nivel intelectual, sino también del propio modo de vida.  No siempre es fácil hacerlo, pues un modo de pensar y sentir equivocados se puede haber hecho de tal modo un patrón conductual que automáticamente actuamos de una determinada manera, así como una corriente de agua sigue un surco ya hecho.

Ser cada vez más como Jesús

¿Cuáles son, entonces, los criterios “evangélicos”?  Son todos aquellos criterios que el Señor Jesús nos ha enseñado.  Estos criterios nos ayudan a juzgar la realidad como Él y a actuar con coherencia.  ¿Dónde los encontramos?  En la vida y las palabras del Señor.  En la Sagrada Escritura, y particularmente en los Evangelios, encontramos muchísimos criterios que nos pueden iluminar en lo cotidiano.  Como afirmaba el Papa Benedicto XVI: debemos aspirar «a la santidad tratando personalmente con el Señor Jesús, amándolo con perseverancia y conformando la propia vida con los criterios evangélicos, de modo que se creen comunidades eclesiales de intensa vida cristiana»[5].

A partir de un contacto cada vez más profundo con la vida y palabras del Señor podemos preguntarnos ¿qué haría Jesús en nuestro lugar?  y ¿por qué lo haría así?  Iluminados por la gracia, iremos sumergiéndonos en un modo de aproximarnos a la realidad cada vez más sensato y acertado.

Todo “criterio” es una norma externa, que por ser externa nos libra del peligro de caer en el subjetivismo o el auto-engaño.  En este sentido también los criterios evangélicos vienen de fuera, en este caso, del Señor Jesús, que nos señala cómo ser y actuar cada vez más como Él.  Sin embargo, en la medida que vamos creciendo en la fe, esperanza y caridad, en la medida en que la gracia de Dios va transformando nuestro interior para asemejarnos cada vez más a Cristo, la norma externa quedará grabada en nuestro corazón y viviremos naturalmente como sarmientos unidos a su Vid: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos, el que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto»[6].

San Pablo, en su carta a los Romanos, compara a los cristianos con “olivos silvestres” injertados, mediante la fe, en la raíz y en la savia del Olivo santo[7].  La conversión que obra la gracia en nosotros nos lleva precisamente a nutrirnos de esa “savia” que nos da Cristo, y que nos lleva a poder exclamar como el Apóstol: «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí»[8]

¿Y de quién podemos aprender a dejarnos guiar por los criterios evangélicos?  Los santos son grandes maestros para vivir según el Evangelio.  Entre ellos, de modo especial, Santa María.  Ella, cuyo corazón late al unísono con el de su Hijo, nos educa a mirar la realidad desde el Evangelio y a discernir nutridos de la misma mirada de amor del Señor.

CITAS 

1Prov 14,12.

2Rom 12,2.

3Ver1Cor 2,16; Ef 4,24.

4San Juan Pablo II, Ecclesia in America, 26.

5Benedicto XVI, Discurso, 18/5/2009.

6Jn 15,5.

7Ver Rom 11,17.

8Gál 2,20.

 

CITAS PARA LA ORACIÓN

  • Renovar la mente: Mc 1,14; Rom 12,2; 1Pe 1,16.
  • Tener la misma mente que Cristo: 1Cor 2,16; Ef 4,24
  • Algunos criterios evangélicos: Mt 6-7.
  • Las bienaventuranzas expresan la mente de Cristo: Mt 5,1-12.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Cómo operan los criterios a la hora de discernir?
  2. ¿Soy consciente de los criterios que utilizo para discernir?
  3. ¿Qué criterios anti-evangélicos utilizo con mayor frecuencia?
  4. ¿Qué puedo hacer para dejarme iluminar por los criterios evangélicos?

 


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